El lunes, por primera vez desde que soy mamá, pasamos la noche solas, mi hija y yo.

Y nos levantamos aún sin maridete/papucho.

¿Qué decir? Toda una aventura.

Yo pensé que solo iba a pesar que estoy yo sola para hacer todo.  Ayer, lo de siempre: levantada del jardín,  baño, juego, cena, juego, dormida.

Como hay algunos días en cada semana que el papucho de la criatura llega luego de que ésta se duerma, todo muy normal. Parecía que podía llegar en cualquier momento.

Pero después de dormida Maite, nada.

Es que al final hace mas de un año que no dormía sola. Me había olvidado por completo cómo era que el otro lado de la cama estuviera vacío.

Así que di vueltas en la cama, miré la tele (pedazos de programas que no llegué a entender), jugué con el perro, fumé porro, me pinté las uñas, preparé las viandas para el otro día, miré un libro de recetas para niños (pensé que algún día me tiene que salir un suflé), anoté cosas en la lista del supermercado, me bañé y agregué algunas fotos a la carpeta de fotos de Mai. Y en algún momento me dormí.

A la mañana siguiente, el desconcierto le tocó a Maite.

Por lo general se despierta 6:30-7:00 de buen humor. Nos enteramos porque conversa en la cuna, con algún muñeco o con el niño en un avión que está sobre su cuna. Alguno de los dos la va a buscar a su cuarto y pasamos unos minutos mimoseando en la cama grande. Y después arranca la mañana. Yo me voy a trabajar y mi maridete se queda con Maite hasta que la deja en el jardín.

Ayer no. Se despertó como siempre, si. Pero cuando fuimos para la cama grande éramos nosotras dos y nadie más.

Y acá la sorpresa para mi. Cuando me empecé a vestir para salir, ella empezó a decir “papá, papá” mirando la puerta con cara de angustia. Y yo que pensé que aún no se daba tanta idea (por eso todo esto me cayó como sorpresa). Y arrancó el quejido, que duró de a ratos toda la mañana hasta que la dejé en el jardín.

Pasó el día laboral. La fui a buscar al jardín como todos los días. Seguimos el día como todos los días.

Pero ya la falta de papucho se le hacía evidente. Lo manejó bastante bien hasta la hora de dormir. No quería estar a upa, no quería estar en su cama, no quería coche, no quería estar sentada, no quería nada de nada con la vida, más que estar con su papá.

FInalmente, cayó rendida, bastante más tarde de lo habitual, sola en su cama.

Y acá todas las preguntas que me surgieron cuando finalmente se durmió:

¿Le habré pasado inconscientemente todo lo que yo extrañaba? ¿Será que es sólo porque es una niña que corre mucho por la costumbre? ¿Ella encara tantísimo más de lo que yo pienso? ¿Estamos tan acostumbrados al hombre de nuestra vida que se siente tanto la falta?

Y con ésta última me salta la mujer liberada que llevo adentro y me mata.

¿Será que la maternidad me hizo mucho más dependiente de mi maridete? ¿He perdido mi norte independiente?

Y entro en pánico.

Yo tenía claro que la maternidad me había cambiado hasta en cosas que aún no me he dado cuenta. Pero, ¿esto?

* * *

Hoy a la mañana, el maridete ya estaba en casa y todo volvió a la normalidad. Para Maite.

Yo, acá quedo. Capaz que marco ocupado por un ratito. Besos.

 

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