Y pasó el primer año.

Las buenas costumbres obligan a hacer una pausa, una evaluación de situación y una autocrítica. Pero no pienso hacer nada de eso.

Este post es para alentarme a mi misma – será que me levanté de tan buen humor que puedo darme entusiasmo a pesar el cansancio y el trabajo… y la lista gigante de obligaciones que soy capaz de desconocer solo para hacer lo que tengo ganas.

Hace algunos días que vengo observando a Maite con un poco de distancia. Digo observando porque eso es lo que hago: me siento a mirarla hacer (y deshacer y balbucear y bailar y pararse agarrada a todo y comer y jugar con el perro y arrastrarse por toda la casa y dormir y arreglárselas para sortear los límites a su área de juego).

¿Para qué? Para nada. Para aprovechar la oportunidad de prestarle atención sin que estemos haciendo algo. Porque quiero ver las muecas que hace y cómo se las arregla para alcanzar lo que quiere, dado que en algún momento entendí que disfrutar de mi hija pasa porque las dos hagamos lo que queramos.

Y lo que venimos queriendo es satisfacer las necesidades básicas (alimento, cambio de pañal, sueño, mimos) y jugar. Mejor si incluimos al perro.

Y como estamos haciendo lo que queremos, estamos contentas. Hablo en plural porque estoy segura que hablo por las dos. Maite se las pasa de sonrisa y balbuceo y gorgojeo y todo joda. Y si ponés música ya se pasa todo de claroscuro y es todo baile y carcajada.

Y acá viene la parte en la que me doy para adelante y no me importa nada más: Maite anda contenta ¡vamos bien! Si… como dice ahí… VAMOS BIEN.

(Y yo, que pensé que no me iba a dar nunca la seguridad para escribir algo en ese tono.)

Es hoy, los pajaritos cantan, las hormonas se quedan quietas y no se levantan. Y yo creo que estoy de maravillas en el rol más difícil que he elegido en mi vida.

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