Todo llega.

Llegó, pues, el momento en el que debo sentarme a escribir algo porque el cuerpo me lo pide. Son mis vacaciones y hago lo que quiero.

O no.

En realidad, claro que no. Maite ha decidido enfermarse y sufrir de mamitis en el mismo momento en el que yo podría tener un poco de tiempo para mi. En mis vacaciones.

Chau tiempo al ocio, chau armada de cuadritos, chau avanzar muchísimo en el hermoso Proyecto Chocolondísima, chau operación recauchutaje y algo de chapa y pintura, chau fumarme un porro sentada al sol acariciando al perro. Todos planes y poco más que están a medias, con suerte.

No es que yo siempre haya sido capaz de hacer planes y llevarlos a cabo impecablemente. De ninguna manera. Pero ando logrando hacer algunos de estos “pequeños planes cotidianos” y pensé que las vacaciones de invierno serían el momento perfecto para tomar impulso. 

Incluso decidí sin mucha culpa (y todo el apoyo del padre de la criatura) que Maite iría al jardín aunque yo estuviera de vacaciones. No hay muchas actividades y espectáculos para una niña de 1 año en esta ciudad (o yo no supe encontrarlos). Y así quedaba con un poco de tiempo para mi. Un poco. Ni siquiera todos los días. 

Pero la pobre bebé no está cómoda en absoluto con tantos bichos, supongo. TODO es “mamá”.

Y yo tomo nota de otra cosa que ha cambiado tanto en el vida. 

Que no se entienda que no me gusta lo que me toca. Estos días recibí los mejores besos de mi vida entre tantas otras cosas. Mis vacaciones para el alma están sucediendo igual, porque no puede ser diferente teniendo tanto amor y un lugar calentito y cómodo.

Sigo necesitando las vacaciones de cabecita igual. Poder cerrar los ojos unos minutos sin querer dormir. Pausar. 

 

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