Domingo de vacaciones

AVISO: Este post es un poco catártico. Si estás buscando días rosa y mejores prácticas maternales, hoy no es el día. 

– – –

En mi trabajo uno no elije nunca los días de vacaciones. El calendario educativo impone una agenda y eso es todo (con algunos días mas o menos, puede ser, porque en lugares privados se maneja cierta flexibilidad en la relación empleador-empleado).

Se me está terminando una quincena en la que uno toma aire. 

En mi línea de trabajo, en invierno corresponden estas dos semanas de libre al alumnado. Aunque la tele no pare de repetir que esto son “vacaciones” de invierno, por lo general lo que sucede en estas dos semanas es que uno se pone un poco al día con la parte burocrática del trabajo, además de hacer cosas como tomar exámenes, hacer boletines, confeccionar pruebas y ver que hacer en la segunda mitad del año con lo que se pudo hacer hasta el momento.

Este es el primer año que no tengo responsabilidades de ese tipo en las tan preciadas dos semanas. Hice todos los cambios que pude en mi trabajo para que así fuera. 

Pero total… son mis primeras vacaciones de Julio con una hermosa bebé de 1 año. Ya se que nunca las vacaciones serán lo que eran, pero como además hemos vuelto a esto por una semana, el cansancio se siente a cualquier hora.

Igual, este post no es sobre eso. 

Me pasó lo siguiente: ayer de tarde temprano, en un momento de frustración le di una patada a un escalón, y aunque no fue fuerte, le di raro al mismo dedo (gordo del pie izquierdo) que me quebré hace un par de años.

El tema es que, terminando dos semanas de “vacaciones” desde que me pegué que no me he podido volver a poner un zapato. Me duele. Puse la pata para arriba, hielo, calmantes. Pero duele igual.  

Se que no es tan malo como la vez anterior porque el dolor no me dejaba dormir y no podía tener el pie flotando en el aire porque el peso mismo del dedo me molestaba. Además, no está tan hinchado. 

Pero no me puedo poner un zapato cerrado (¡hola invierno!) y me duele. Puedo caminar apoyando el pie de costado y no apoyando enteramente mi peso sobre esa pierna. Pero no estoy super ágil. Sobre todo porque todo el tiempo tengo miedo de volver a tocar mi dedo gordo del pie con ninguna otra cosa en el mundo.

Casi no pude dormir las horas que Maite si lo hace. Ahora, por ejemplo. 

No es que mis jefas pensaran mal de mi. De ninguna manera habría problemas. No tengo nada, nada malo que decir sobre mi trabajo en este respecto.

Pero si será que la culpa habrá calado hondo en mi crecimiento, que lo que me da es vergüenza. No se que me hice y no me animo a ir a la emergencia a hacerme una placa porque no quiero que me den ni un día con el pie para arriba porque me da vergüenza no volver al trabajo. 

Porque, además, son tan buena onda que si el médico dice que me hice algo y  me da un papel, yo no puedo ir a trabajar a media máquina, o sin moverme de acá para allá. Si me llegan a decir “pie para arriba” eso es lo que en el trabajo me dicen que debo hacer. 

No se si es el cansancio, la impotencia o qué es lo que no me está dejando pensar claramente. Sobre todo porque yo soy la que suele hacerle en voz alta a quien sea el razonamiento que va de “la salud primero”. 

Sin embargo, no me decido. 

Por otra parte, aún debo poner mi pie dentro de un zapato con éxito para descartar totalmente la idea de no ir al médico. 

Decisiones, decisiones, decisiones… 

Y así se me irá el último domingo de estas vacaciones.

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