El rigor y las cuentas pendientes indican que siendo el #DíaLactancia hoy debo publicar algo al respecto.

Como se imaginarán, a mi no me dió para hacerme ninguna historieta color de rosas. Más bien todo lo contrario.

Resulta que conozco a un montón de mujeres bien morbosas que me contaron con lujo de detalles, lo pidiera yo o no, todas sus peores y más dolorosas y sangrientas historias involucrando tetas y bebés. Así fue que, antes de siquiera meter “lactancia” en Google, ya me había quedado claro que uno podía llorar de dolor y sangrar mientras alimenta al hijo propio.

Y se me ponían los pelos de punta.

Tanto, que era el único miedo persistente y constante una vez que pasamos la mitad del embarazo. A pesar de que Unicef insistiera en mostrarme cosas como esta:

Campaña de Unicef en Uruguay 2013 para la promoción de la lactancia materna.
Campaña de Unicef en Uruguay 2013 para la promoción de la lactancia materna.

Porque además de los cuentos de terror estaba claro que no amamantar no es una opción en la sociedad en la que vivo. En el Uruguay que yo conozco, si elegís no amamantar por la razón que sea, serás una malísima madre, paria social que no sabe cuidar ni de la manada propia. Así que esto no era cuestión.

Sin contar con que le tomo la palabra a los expertos en que no hay como la leche materna, mejor si como alimentación exclusiva, por lo menos los primeros 6 meses.

Y ahí nació Maite y ahí arrancamos. ¡Que miedo!

El miedo a no poder, a fallarle a mi bebé y a todos los que miraban atentos. El terror de no poder darle leche de la teta sin saber cómo o por qué. El pánico de pensar que vas a ser una porquería como madre si “no te sale” la leche y la necesidad atragantada de explicar que si no le daba no era porque no quería. Pavor por lo desconocido.

Pero a final de cuentas, debo decir que nuestra experiencia fue bastante exitosa. Maite tomó leche materna exclusiva hasta el mes 4 y con complemento hasta el mes 6.

 

Los detalles los daré en otro post que estoy juntando coraje para armar, contando la experiencia de las primeras horas en un sistema de salud que no te permite nada y con profesionales que hay que tomarlos entre comillas.

Tuvimos idas y venidas, aprendizajes fáciles y dolorosos, amor y culpa. Todo junto. Como viene siendo esto de la maternidad para todo. Completito y tocando fibras que no esperás y que ni sabés que tenés.

Pero no esperaba otra cosa. Compartir de tu ser, de tu piel, sentir el amor tan pegadito, tiene que ser transformador. Y lo fue.

 

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