Jueves de lluvia y todo lo que quieras.

Pero hoy fue un día hermoso, porque hice algo que no hago desde hace casi una semana. Me divertí y reí a carcajadas jugando con mi hija.

Es que ha sido una semana de esas que todo lo tenés que hacer para ayer, cuando se juntan varias cosas en el trabajo y Maite que se enfermó y entonces no durmió del todo bien, justo cuando además el maridete está entre entregar artículos y tesis de doctorado y mantener su blog y sus 2 trabajos. Y los días que pasan sin que yo vea a una amiga con quien conversar.

Y me encontré en unos días en los que la paciencia se me iba un poco más rápido y todo se hace cuesta arriba. Entonces, sin darme cuenta, se ve que estuve estos últimos 4 días haciendo las cosas cotidianas maquinalmente; sin pensar y sin prestar tanta atención. Y en esa actitud encaré cosas como bañar a Maite o darle de comer.

No me di ni cuenta.

Hasta hoy de tarde. Llegué a casa de trabajar y la vi tan grande. Que por el resto de la tarde jugamos y nada más hasta la hora de la cena, y ahí la seguimos. Escondidas, carrera de gateo, carrera de obstáculos (incluyendo el triciclo, el perro y todos los chiches en la alfombra), baile a upa y practicando equilibrio cada una sobre nuestros propios pies. E hicimos un poco de gimnasia. Y cantamos a viva voz porque total, en invierno la gente mantiene sus ventanas cerradas.

Hice todo junto lo que hago un poquito todo los días y que me había olvidado por no se qué estúpido mecanismo de mi cabeza. “Pasar el día” no puede ser jamás el objetivo.

Por lo menos me di cuenta antes de terminar la semana. En este huso horario sigue siendo jueves por poco más de un cuarto de hora.

Espero que no me vuelva a pasar pronto y darme cuenta cada vez más rápido. Porque cuando disfruto lo que tengo, como hoy, me siento mucho más feliz.

 

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