Llanto

Todos asombrados con lo tranquila que era la niña.

Desde que nació, Maite dormía mucho y cuando estaba despierta observaba todo con los ojos bien redondos y se sonreía. Eran contadísimas las veces que había llorado.

Lo que sí hacía cuando tenía alguna necesidad básica insatisfecha era quejarse un poco. Un quejido constante pero con poco volumen, suave, sin lágrimas. Y nunca duraba mucho porque cualquiera fuese el motivo del descontento, se solucionaba rápidamente. Digo, que tampoco era difícil, el cachorro no hacía mucho más que comer, dormir, jugar y saturar pañales.

Como nos conocen bien, nuestros amigos hacían bromas sobre el buen humor de la niña, porque Maite hasta se despertaba de buen humor. Mi madre me decía que nosotros no sabíamos lo que era tener un bebé.

Pocos días después de los 3 meses (lo se con certeza porque tengo la foto correspondiente para el Proyecto Chocolondísima) hubo un día que nos levantamos como siempre, pero que fue totalmente distinto.

Lloró y lloró y lloró y lloró amargamente. Desde que bajamos la escalera para empezar el día, ya bien despiertas y con ella con un pañal nuevo y ropa fresquita.

Y yo, que nunca había vivido nada como aquello ¡no tenía idea de qué hacer!

No había consuelo...
No había consuelo…

Cuando arrancó el llanto empecé a probar todo lo que hasta el momento había funcionado: probé darle teta, volver a cambiar el pañal (¿habría quedado mal puesto?), mostrarle chiches, intenté jugar con ella, dormirla en brazos, dormirla en el coche. Quise dejarla en la silla vibradora (muchas veces ella pedía ser dejada en paz, basta de besos y upas). Pero nada. Nada de nada.

Lloraba y lloraba y lloraba. Y yo me empecé a desesperar. Porque lo de siempre no funcionaba y no conocía muchas más cosas que hacer. Así que empecé a innovar.

No me fue bien. La criatura lloraba y lloraba y lloraba.

Llamé a mi esposo. No se nos ocurrió nada que yo ya no hubiera hecho. Cuando ya estábamos cayendo en el pozo “será que llora porque lo que quiere es llorar” él me dijo: “¿te animás a bañarla sola? Capaz que con un poco de agua se le pasa”.

Hasta ese momento lo habíamos hecho siempre los dos juntos. Además del placer que nos daba disfrutar de ese momento juntos, aprovechábamos para mirarle bien todo el cuerpo por si había algo nuevo a lo que prestar atención. Y nos daba para conversar.

Así que, con más de 3 meses, me decidí a bañar yo sola a nuestra bebé.

Pero antes de llegar a tanto, ocurrió la magia. Le saqué una camperita de abrigo que le había puesto y que nunca le había puesto antes y ta. Paró. Un segundo estaba llorando a grito pelado y al siguiente me miraba fijo, con la cara bien seria y los ojos rojos y vidriosos por las lágrimas derramadas.

Yo dudé. Le volví a poner la camperita a ver qué pasaba. Llanto desconsolado. Fuera la camperita, seriedad y silencio. Camperita, llanto. No camperita, no llanto. Camperita, llanto. No camperita, no llanto.

Así que me tuve que conformar con esa explicación. La camperita no le quedaba cómoda, no era de su gusto; le molestaba tanto que lloraba al tenerla puesta.

Al final ese día no la bañé sola (cosa que ocurrió por primera vez cuando Maite ya estaba llegando a los 9 meses). Todo se solucionó cambiando la camperita por otro abrigo.

Eso si, aprendí algo que por ahora me dura: cuando mi hija llora o está molesta, es que algo pasa. Y otra cosa: hay que probar cosas insospechadas.

Porque la maternidad es bien de eso, bien de hacerte probar cosas que no se te habían ocurrido, todo sorpresa.

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2 comentarios sobre “Llanto”

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