La señora del ómnibus

Jueves de marzo un poco antes de las 4 de la tarde. Ómnibus de Ciudad Vieja a Buceo. Lo que es decir 40 minutos por calles de Montevideo con mucho calor y cargada hasta las patas, más la niña a upa.

Voy con Maite desde el maternal hasta casa después de un día de trabajo de esos en los que solo con lo que hiciste en medio día te merecés todo tu salario y un abrazo. En el casi final de una semana que es una de las de más trabajo de todo el año en mi rubro laboral.

A pocos días de que Maite comenzara la escuela. Ni un poquito adaptados a nada, ni Maite, ni nosotros y ni el mismísimo Timbó.

Nos subimos al ómnibus y, aprovechando que está vacío, nos sentamos en los primeros asientos mirando de frente. Esto nos deja con fácil acceso para bajar, pero lo suficientemente lejos de la puerta como para zafar de los golpes con toda clase de mochilas, carteras y maletines al subir.

En el ómnibus
La gente en el ómnibus va sentada y aburrida. Ideal para molestar al prójimo.

Maite se acomoda sentada a upa. Llevo la cartera al costado y la mochila de la bebé -que en ese momento tenía nada más que 10 meses- entre los pies. No estoy en una posición de contorsionista, pero tampoco tan cómoda como para relajar ni medio músculo. Las dos vamos mirando por la ventana.

Delante nuestro, se sienta una señora de mucha edad. Gira la cabeza para hablar con nosotras, encantada con la niña, “que es tan rubia y tan tranquila y tan buena y que ¿aún toma pecho? porque parece pequeña y se está quedando dormida ¿será que está cansada? aunque los bebés no hacen nada salvo dormir, comer y estropear pañales, aunque parece que se está quedando dormida ¿vienen de la escuela? ¿tan chiquita y ya la mandás a la escuela? ¡que disparate! ¡pobrecita ella!”

Y no paraba más de hablar. Y criticar y preguntar y opinar.

Yo, con muy mal ánimo, agotada, aburrida de tener que ser sociable por usar el transporte público, le ladré: “cada uno hace lo que quiere y puede; me alegro mucho que usted haya hecho con sus hijos lo que usted quiera”.

Y la señora, muy tranquila ella, me responde: “yo no tengo hijos”.

Y ahí me cayó la ficha. La gente opina y critica PORQUE SI. Esta señora, igual que las miles que me crucé en el supermercado, en la cuadra de casa y en la placita, hacen mal porque pueden y nada más. No importa la experiencia. No hay relación con sus propias opciones con sus propios hijos.

En ese mismo momento me juré responder siempre como le respondo a la gente que habla por hablar o que te miente en la cara: con una sonrisa bien grande y muda.

Ahora le dedico mi energía solo a lo que vale la pena.

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5 comentarios sobre “La señora del ómnibus”

  1. Yo también tengo esa impresión: los comentaristas amargamadres que más cátedra sientan son los que no tienen hijos, o sea, los que no tienen ni puñetera idea de lo que están hablando. En fin… me parece la mejor solución: “ajá, ajá” y sonrisa… y por un oído me entra y por el otro me sale.

  2. Si, la verdad es que todo el mundo se cree con derecho de decirte qué debes hacer con tus hijos y criticar es lo que más les gusta! Yo al principio les argumentaba por qué no tenían razón pero al final lo di por imposible y opté por la misma opción: sí, sí, y oídos sordos….. No vale la pena ni molestarse!

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