Ya no me importa el tiempo como antes. 

Esto es algo que yo tenía muy claro teóricamente. Más que nada, por escuchar lo mismo cientos de veces de la mano de todo tipo de personas y personajes: después de tener un hijo, nada es como antes. Y mucho menos el tiempo. 

Porque el tiempo, además de todo, es escaso. Es un bien intangible que siempre falta y del que siempre se quiere más. Dura poco, se pasa sin remedio ni capacidad de volver atrás. Incluso en el universo del blogueo, hay metros de 1010101 dedicados a cómo usar mejor el tiempo y qué horrible que es tener tan poco. 

Ta, clarito. ¿Pero qué quiere decir?

Que quisiera tener doble vida. O un clon. O todo el tiempo del mundo. 

Si, yo, que siempre tuve de sobra e hice con él lo que se me cantó. 

* * * 

Hoy, cuando de desperté, nuestra hija estaba en nuestra cama. Lo sé porque yo la puse ahí ayer de noche. 

Abrí los ojos, giré la cabeza y en lugar de ver el perfil de nariz basca de mi esposo (que es lo que veo siempre, recortándose contra la luz que se cuela por los postigos del balcón) me encontré con la cara de mi hija, pegada a la mía. Respiraba despacito. 

Alejé mi cara un poco, para ganar visión, para verle la cara entera. Se veía tranquila, linda. Justo largó un pequeño suspiro… y yo uno con ella. Siguió durmiendo, tranquila, como quien está soñando con el unicornio más lindo y esponjoso del planeta. Y yo me quedé mirando. 

Y me quedé. Y me quedé… Y la respiración del padre de fondo, constante, tranquila. Y la de ella, suave. 

Cuando me quise acordar, había pasado más de un cuarto de hora y ya se me hacía tarde para salir para el trabajo. Pero a mi solo me interesaba quedarme ahí, mirando fijo, disfrutando el aire calentito. Y lo hice. Aunque no pude entrecerrar los ojos, ni siquiera, porque quería aprovechar cada segundo. O que ese momento durara para siempre. 

Pero me tuve que levantar volando. Y vestirme y salir. 

Entre tanto se despertaron los dos y el perro, que subió a saludar. Conversamos, nos hicimos mimos, estiramos todo lo posible el momento. 

Eventualmente, tarde, me fui a trabajar. 

* * * 

Mi trabajo me gusta mucho. Lo disfruto, paso bien, me interesa. Desde que empecé en este trabajo siento que me acerqué más a lo que me motiva a salir a trabajar. 

Pero hacerlo ponerse cabeza a cabeza con las situaciones como las de hoy de mañana solo hace que quiera que se duplique el tiempo. Porque no es que no quiero salir, no es que no quiero trabajar, no es que no quiero hacer lo que tengo que hacer. Pero quiero estar con mi hija (o jugando, o durmiendo, o alimentando o paseando con… todo sirve). 

Y si tengo que elegir, ahora prefiero pasar el tiempo lejos del trabajo. 

Ahora me doy cuenta, si, qué quiere decir que no me importa el tiempo como antes. 

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