Palabras más, palabras menos

De a poco, la vida me ha ido convenciendo que la forma en que uno plantea las cosas es muy importante. Por “forma” quiero decir, las palabras que uno elige para nombrar las cosas. Y no les voy a mentir, por “la vida” quiero decir mi esposo y Lacan desde su tumba.

¿Ven? Tengo el reflejo de usar palabras que no son precisamente lo que quiero decir todo el tiempo. A veces no se nota, otras, pasa totalmente inadvertido. Pero están esas veces que por ahí pasa todo. Y me tengo que corregir. Me pasa que no, no da para corregir; pero también que si, que hay que corregir urgente porque las palabras valen, tienen consecuencias, surten efectos.

Y eso es algo tan de la vida misma que mi maternidad es obvio que sufre de lo mismo. Aunque yo intento cuidar mucho lo que digo. No, intento cuidar mucho con qué palabras represento lo que quiero decir.

Porque está eso de la sensación de estar haciendo algo desde cero y no querer estropearlo. Entonces es el tema en el que más me cuido. ¡Error! Soy ejemplo constante y permanente de mi hija.

Pero empiezo por la mater/paternidad que me toca vivir.

1 – Ponerle coto al “baby talk”

Esto si que es innegablemente amoroso, tierno y lindo. Decirle “mema” a la mamadera de leche con tono de nena chica, “guau guau” al perro, “papa” a la comida y todo así. Es lindo, la bebé te mira y algo repite. Pero no es el nombre de verdad de las cosas y en las primeras etapas del desarrollo, esto resulta contraproducente y todo. Salvo que queramos ser las únicas que le entendamos a nuestros hijos, en esa especie de código personal que uno desarrolla conjuntamente.

2 – Eliminar las puteadas reaccionarias

Digo “puteadas” porque es lo que me sale; todas las malas palabras que existen en el universo se me vienen a la mente cada vez que me quemo con agua hirviendo o se me cae un libro y me da con un vértice en el dedo gordo del pie. Digo “reaccionarias” porque son eso: una reacción. Algo que sale de mi boca sin que yo lo piense, una expresión repentina de enojo y frustración. Que no puede pasar porque no quiero que mi hija haga lo mismo. O tengo que mecanizar en mi cabeza algunas otras expresiones más aceptadas socialmente.

3 – No a los términos bélicos.

Capaz que les parece muy básico porque a veces es divertido y fácil plantear las cosas como batallas y guerras. Pero (además de que esas son palabras que me caen muy mal desde el arranque) dejan implícito que uno está frente a un enemigo. Y mi cabecita no me permite pensar en mi hija como un enemigo. O en dar de comer a mi hija como una guerra. O dormir una noche como una batalla. Entre otras cosas, porque desconfío de mi capacidad para entrar en personaje y creo que cuando me quiera acordar, voy a estar pensando en estas cosas con esos términos. Y me doy un chucho por la espalda a mi misma.

Y creo que para arrancar, la dejo por acá. Porque ya me va a llevar un lindo trabajo ponerme a esto y que se torne parte de mi vida cotidiana.

¿Valdrá la pena o estaré ocupada en tanta cosa sin importancia?

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