El día que nació Maite, el padre y yo estábamos maravillados, enamorados de nuestra hija, de nosotros y de todo el mundo.

Lo compartimos todo. El padre la vio salir, cortó el cordón, la acurrucó con él desde que nació hasta que estuvimos los 3 juntos en la habitación. Le cambió todos y cada uno de los pañales en el hospital y ella se durmió sobre su pecho todo el tiempo que pudo. Y todo así de ahí en adelante.

Durante la estadía allí todo el equipo médico, en general, se dirigía a mi. “Bueno” pensaba yo, “al final nosotras 2 somos pacientes”. Así que, si bien me llamaba la atención, no me extrañaba que médicos y enfermeras dijeran sólo “madre” y casi nunca “padre”.

Una vez en casa, está estipulado por ley que debía visitarnos una neonatóloga con conocimientos sobre lactancia. Esa persona tiene varios objetivos: releva datos del lugar en el que vive ese nuevo habitante del país, evacúa dudas sobre lactancia, higiene del bebé o cualquier otra cosa de ese tipo, toma datos y supervisa el inicio de la lactancia. La estadía en casa fue de, digamos, 40 minutos.

Pues esa persona habló sólo conmigo. No le importó que Maite estuviera a upa de su padre y que él contestara varias de sus preguntas. Se notó cuanto le costó dirigirse a él las veces que él participó en la conversación. Yo no podía creer… Digo, después de todo, el señor que estaba al lado mio, ahí sentado, es el padre de la criatura.

Esa fue la primera vez que noté claramente esa actitud ¡y me pareció tan fuera de lugar!

Desde aquel momento ya pasó algo más de 1 año. Pues la actitud de los profesionales de la salud se ha mantenido así de sexista. Hasta el miércoles.

Nos atendió un médico hombre, joven, recientemente casado. No se si tendría un niño pequeño o querría tenerlo, pero dejó caer algún comentario que nos hizo pensar eso. Se dirigió igualmente a ambos, madre y padre. Nos habló a los dos, sin diferencia, usando el mismo tono, ¡como si los dos fuéramos igualmente padres de la criatura!

Y me hizo acordar de que uno se acorstumbra sin chistar a las situaciones más discriminatorias del planeta.

Desde el miércoles que no puedo dejar de pensar en que mal está todo el asunto. Porque uno lo puede esperar de la vecina, como ya les conté. Pero los profesionales de la salud podrían ponerse un poco las pilas y respetar igualmente a padres y madres. O por lo menos, hablarle a ambos cuando están dentro de una misma habitación.

Me quedaré con la ilusión, pensando en que hay profesionales como éste médico. Y queriendo creer que bien de a poquito vamos haciendo que todo cambie.

 

 

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