Capaz que esto me pasa solo a mi y tendría que consultar a algún profesional.

Hablo tanto de “mi hija” o “mi bebé” y todas las versiones que se les ocurra de esto mismo, desde “el cachorro” a “bebédemamimuámuámuábebémia” que a veces pierdo la idea de que estoy criando a otro ser humano. A una persona.

Y que como tal, es un ser con sentimientos, pensamientos y experiencias distintos a los míos. Y no importa cuanto esté yo con ella, ella es un ser independiente. Una niña que tiene sus relaciones; conmigo y con otras personas.

La cosa me patea la cara de tan evidente en un momento como éste, en el que la niña se fue de paseo con su padre y tío a lo de su abuela. Maite está pasando un rato con parte de su familia.

También se me hace obvio cuando esta niña que no tiene año y medio repite conmigo experiencias que son claramente aprendidas en el jardín. Ahora tiene la moda de hacer “chin chin” con el cubierto con el que yo le doy de comer y con el que ella usa para comer sola. Es decir, nos hace golpearnos los cubiertos como si fueran dos vasos brindando y dice “tchin tchin” (en su versión hay una “t” muy marcada al inicio y yo me mato de la risa). Maite comparte muchos de sus almuerzos con otras personas que le hacen de ejemplo, con las que se relaciona, de las que aprende.

Mas frecuentemente pienso en esto cuando me dice el nombre de alguien (abuela, tías, maestras, amigos) y luego alguna acción. El hit del momento es “Tón” (conocido por nosotros como Gastón, el señor que viene a buscar al perro para que haga ejercicio) y su peculiar manera de pararse al esperar. Como Tón y Maite se ven todos los días, lo que sea que haga este hombre en esos 2 minutos que conversan es repetido una y otra vez. Y más, porque la niña queda muy graciosa y nosotros le festejamos.

Con cada minuto que Maite crece, esto es todo mas evidente. Así que últimamente me he sorprendido a mi misma varias veces pensando en Maite persona.

Porque además, hace unos pocos días que manifiesta muy claramente algunas cosas. Solo le falta para pronunciar perfectamente palabras precisas para dar a conocer algún pensamiento particular. Pero no falta nada mas que eso.

Digamos, está jugando tranquila cerca de la hora de la merienda. De repente se para, se saca el chupete si es que lo tenía puesto y va a la heladera. Dice algo que no se parece a nada. Le pregunto si quiere leche, contesta que no. Por las dudas, le ofrezco leche. Por supuesto que no toma ni dos gotas. Abro la heladera y saco yogur con pulpa de frutas. Dice que si con la cabeza y se sonríe. Lo pongo en la mesa y le ofrezco galletitas. Me dice no, con palabras y la cabeza. Le muestro cereales, estira las manos y murmura algo. Le pongo cereales en un bowl y le doy yogur. Listo. Maite acaba de elegir su merienda.

Repito: Maite, mi bebé no se cuanto, la nena de la casa, la cachorrita de 17 meses se comunicó para decir tengo hambre y elegir qué merendar.

Casi todos los días, cerca de las 21:15 horas, Mai agarra su chupete, su osito Pimpón, se lo pasa por la cara y se sienta en el primer escalón de la escalera cantándose a si misma para dormir. Si demoramos mucho en llevarla al piso de arriba, a su cuarto, para dormir, se molesta y llora.

Y a mi me va a dar algo.

Así que acá estoy, domingo de lluvia, escribiendo sobre lo difícil que es soltar a otra persona cuando la amamos.

Seguro que eso si le pasa a otras muchas madres. Lo he leído varias veces en distintos lados. No se si algunas estaremos pensando en el mismo sentido. El bendito “let go” de los gringos, que no me sale muy naturalmente con mi propia hija.

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