Ya pasamos y dejamos bien atrás aquellas épocas de salidas y sentimientos encontrados.

Es que como casi estamos llegando a los 2 años, ya nos hicimos la idea que esta chiquilina llegó para quedarse y de a poco va desvaneciendo la culpa de no estar con ella todo el día, todos los días. Incluso, ya estamos en la etapa de apreciar al infinito cualquier momento de espacio-tiempo personal o de pareja.

Como mas o menos logramos arreglarnos entre nosotros para tomar aire de a uno… o sea, como entre el padre de la criatura y yo nos pasamos la pelota de uno a otro, mientras alternadamente tomamos aire, el tiempo de pareja es difícil.

“Difícil” digo, que amable que soy con la vida. Es im-po-si-ble.

Y mucho menos desde que hace algunas semanas, entre tanta cosas, mudanza y cajas y la vida incluida, a la cachorra se le ha dado por ponerse mimosa y colechar. Con lo horrible que soy yo para el asunto de compartir la cama. (Si, basta ya, díganme mala madre, madre desalmada, lo que quieran… a mi me gusta dormir todas las noches girando para todos lados y abrazando al oso de la familia cuando se pone fresco, y tener a una pequeñita en el medio, ocupando media cama, no me rinde. A mi todo me gustaba más cuando ella dormía divina en su cuarto.)

Así que el maridete y yo venimos buscando tener un rato para nosotros y ¿qué mejor que un casamiento? Una fiesta nocturna para grandes. Con música, baile, bebidas, y chistes para adultos. Ideal.

Por suerte estaban la tía Vale y la Noni para hacerse con la niña y pasar lindo. Yo la llevé a la casa de la Noni el sábado poco antes de las 7 de la tarde. Ella quedó ahí, tranquila, jugando con la tía. Hasta me dio un beso lo más bien cuando le dije “mamá se va, chau gordi, beso”. Me vio salir por la puerta sin drama.

Con tiempo para prepararnos, allá nos fuimos para la fiesta. Tengo que decir que pasamos divino. Una noche preciosa. Solo recién arrancando la fiesta se me dio por preguntar si estaba bien y en qué andaba nuestra hija, vía mensaje de texto. Una vez y nada más. Preciosa noche ¿ya lo había dicho?

Los novios nos trajeron recuerdos de nuestro casamiento, comimos rico, bailamos y nos fuimos despavoridos para casa en el medio de la madrugada en un ataque pasional. Y dormimos. Dormimos como si no hubiera mañana.

Pero había mañana y había que ir a buscar al cachorro. Así que allá fuimos, cansados pero felices a buscar a nuestra niña sobre las 11 de la mañana del domingo.

¡Y que cogote! La hija de su padre (porque en esos momentos es la hija de su padre únicamente, por supuesto) nos montó un espectáculo el resto del domingo que para que les voy a contar.

Apenas llegamos, ella jugando lo mas pancha, me sacó para el costado cuando quise saludarla. Si le dedicó un mimo mas o menos de un segundo al padre. Pero claro, la que la había abandonado la tarde anterior había sido yo. Y se sentó de espaldas a nosotros a seguir jugando. Como quien te dice “y que me importa que volviste”.

Y así pasamos lo que quedaba del domingo. Con ella negándonos pero agarradísima de las piernas de padre y madre. Sin decidirse, si nos quería dejar solos ella a nosotros para que tuviéramos de nuestra propia medicina o pegadita, pegadita, para no perderse un segundo de nosotros y que no fuéramos a irnos de joda por ahí de nuevo.

Y almorzamos con la familia de uno de mis cuñados y fuimos a un cumple de un año. Todo así. Quejido va, mimo viene, llanto va, upa viene, beso va, vuelta de cara viene.

Creo que ahora solo queda ella por adaptarse. Los adultos, todos felices. Nosotros que tuvimos una noche entera para los dos, mi madre y hermana felices de cuidarla.

Para que no le cueste tanto, habrá que hacerlo más seguido… porque es solo cuestión de práctica, ¿no?

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