Hola. Escribo este post para sacarme algo que tengo trancado en el pecho. Algo que repito dentro de mi cabeza cada dos por tres, cuando leo/escucho/siento noticias de personas que conozco y que no conozco que planean formar una famila.

Del plan al hecho, el trecho es larguísimo y nunca es igual en dos parejas.

Porque, a ver si estamos de acuerdo; las familias se forman de dos maneras: (1) se planifican o (2) no se planifican.

Felices de quienes, queriéndolo pero sin ni siquiera buscarlo, forman nuevos seres sin ninguna dificultad. Sépanlo, son la minoría.

Las historias aquellas (que todos conocemos alguna) de la pareja cuya chica quedó embarazada en el mismísimo momento que pensaron en que podrían llegar a quererlo, o de la pareja que no quería tener hijos pero que por un error/descuido/vidamisma quedaron embarazados a pesar de todo… son reales. Si, reales. Pero no son todas.

La mayoría de los mortales tuvimos alguna ida y vuelta. Por ida y vuelta léase tests de embarazos negativos y la angustia que les sigue, pérdidas de embarazos en cualquiera de los trimestres, meses y meses de espera, visitas al médico, exámenes indicados por esos mismos benditos médicos. Y todos los sentimientos que se imaginan (o y a saben, o conocen) que están en esto.

Les cuento el periplo propio en versión muy, muy resumida. Mi señor marido y yo decidimos tener prole. Solo tomar la decisión nos llevó varios meses, muy involuntariamente, por todo ese rollo de ¿podremos? ¿estaremos bien? ¿seremos capaces?. Pasaron casi 2 años sin embarazo. Por supuesto, al año fuimos a varios doctores. Nos mandaron a hacer muchos exámenes, que hicimos. Por supuesto que algo siempre hay porque sistemas biológicos sin defectos deben de ser muy pocos… en este caso, un tal porcentaje de los espermatozoides del maridete tenían un curvita así y yo era irregular en las ovulaciones asá. A pesar de eso, quedamos embarazados. Ese embrión quedó sin latido en la semana 12, legrado y la mar en coche. Volvimos a los médicos, pasó otro año enterito. Y llegó el día que un médico nos dijo: “Y bueno, será que hay un problema de fertilidad”. Lloramos, nos emborrachamos, nos abrazamos y seguimos llorando un poco más. Aunque en ese momento, sin saberlo, ya teníamos 6 semanas de un segundo embarazo.

Nos habían convencido tan bien, tan bien, que no pensamos en que yo pudiera estar embarazada hasta que mis tetas estaban al doble de su tamaño, mi peso aumentaba sin pausa y empezaron las náuseas, ya terminando el primer trimestre.

Y quiero hacer una aclaración: una vez que empecé a contar que habíamos perdido un embarazo y que qué terrible era todo y que cuán desesperanzador, resultó que la mayoría (si, hice la cuenta, no estoy verseando, la gran mayoría) de las mujeres con hijos que conozco tuvieron por lo menos un embarazo que no llegó a término, generalmente en el primer trimestre.

Mi conclusión es que somos gente impertinente, sin paciencia. Tener un hijo no es como tantas otras cosas. Uno no puede esperar que al decir: “bueno, quiero” eso suceda ya mismo. Hay que esperar. Y esperar no quiere decir un mes, dos meses, tres meses.

Porque si armamos combo entre nuestra impaciencia, la corporación médica y el hecho de que mirados por un microscopio, todos tenemos algo que no es exactamente como el manual de biología… ¡reproducción asistida por mil!

Y me dan ganas de llorar, cada vez que escucho que fulana, que hace 4 meses que quiere quedar embarazada pero no ha podido, a sus 25 años, ya está pensando en qué clínica especializada va a hacer qué tratamiento que leyó en internet. Me da ganas de agarrar a patadas a todos los médicos que ven a una pareja saludable de menos de 40 años cada uno, que hace digamos un año que están buscando tener un hijo, y que les indica ponerse debajo de una lupa como si fuésemos relojitos suizos. Y, más que nada, quiero sacudir de los hombros a todas las personas que les da la cara para usar palabras como “infertilidad” solo porque se les canta.

Porque además, resulta que justo, justo, las parejas que terminan caratuladas de infértiles, recurriendo a médicos y preocupados porque el plan de ser familia no sale, son mayoritariamente con estudios superiores y de clases sociales media y alta. Y no es solo un problema de dinero e información. Somos gente educada que quiere lograr concebir una nueva vida como hemos logrado todo lo demás, como si fuese algo que dependiera exclusivamente de nosotros. No, no es un diploma en nosequé. No importa cuanto te esfuerces. No pasa por ahí.

No somos relojes. No controlamos la naturaleza al 100%. Hay personas totalmente sanas que no logran tener hijos por vías naturales aunque lo intenten. Hay parejas que no son biológicamente perfectas y tienen hijos igual. Basta de querer controlarlo todo.

A nosotros nos dijeron infértiles y ya estábamos embarazados. No quiero ni imaginar como sería ahora mi vida si no hubiese sido así. Muy probablemente me sentiría como tantas otras mujeres que escriben y comentan tantos otros posts, pensando que soy tanto más imperfecta de lo que siempre soñé y preguntándome por qué me pasa a mi, que tengo tantas ganas. Sufriendo, llorando, congelando/descongelando/implantando lo que sea, dejando de disfrutar todo el proceso de vivir y de querer criar una nueva vida junto a alguien mas. Y seguro que mi cabeza me dejaría dormir bien poco.

¿Estoy diciendo que no existen las parejas infértiles? Claro que no. Las hay y deberían tener ayuda profesional, con un buen diagnóstico y los mejores tratamientos al alcance del bolsillo. Estoy diciendo que no hay que desesperarse porque ese embarazo no salió de primera, o de segunda, o al año, o al año y medio o a los 3. Estoy diciendo que me molesta que estemos institucionalizando hasta este punto la concepción de la vida.

Sé que con este post me voy a ganar varios “no me gusta”. Pero prefiero sacarme esto del pecho, poner en negro sobre blanco que pienso que un niño no es algo que uno obtiene, no es un producto, no es posible la planificación total. Hasta quisiera gritarlo: NO SE PUEDE TENER TODO CUANDO UNO QUIERE, y mucho menos cuando uno quiere todo para YA.

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