Los gringos le pegaron en grande con eso de “the grass is always greener on the other side of the fence”. O sea, casi siempre uno piensa que la vida ajena es mucho mas fácil y linda de lo que es para esa persona. Lo entiendo clarito porque tengo un caso serio.

Aprovechando una casa nueva con buen espacio y la posibilidad de ser un poquito más libres en la planificación laboral, Maite no ha tenido aún este año horas en un centro educativo o guardería. Es decir que, con sus 2 años apenas cumplidos, se las pasa entre el padre y yo todo el día, casi todos los días. En ocasiones especiales queda al cuidado de alguna de sus abuelas o de sus tías y tíos algunas horas.

En ese esquema, yo trabajo de 8 de la mañana a poquito mas de las 4 de la tarde de lunes a viernes. O sea que Maite pasa la mayor parte del día con su padre.

¿Tengo que explicar algo más? Cinco de 7 días a la semana me levanto, me preparo, salgo al trabajo y los dejo a ellos en casa.

Si claro, me siento feliz de la vida porque la niña se queda con el padre y todo el asunto. Encantada con no ser la única al tanto de si la niña almorzó bien y pendiente de que tenga las uñas cortitas. Copada con ser una familia que lleva a la acción esto de la participación igualitaria de madre y padre en la crianza.

Pero buena parte de las mañanas, mientras manejo con el sol saliendo en el espejo retrovisor y algo de música para que la cabeza divague, me nublan la vista cientos de años de dominación masculina. ¿Cómo no soy yo la que se queda, cual Lucy, despidiendo al maridete en la puerta de la cochera, entregándole un maletín a cambio de un beso en la frente?

En esos momentos, por unos minutos se me va la mente en recordar aquellas épocas de licencia maternal, o de medio turno, pasando horas y horas con la chiquita. Compartiendo música, aprendiendo cosas ambas, pasando lindo. Claro que en seguida me acuerdo que ahora tiene 2 y un ánimo de independencia que ni les digo. Y pienso en lo que sería yo, todo el día con ella en casa.

Porque estar casi todo el día con Maite es estar atento a su alimentación, tomarse el tiempo para hacer algunas rutinas, ser referente en la adquisición de hábitos, mantener la higiene, acompañar algunos de sus aprendizajes, ser el que está para poner algunos límites, y muchas cosas más.

Yo estaba la gran parte del día y de los días con la casa y un día si y otro también me sentía abrumada, pasada por una ola gigante, en una tarea que no tiene fin y muy pocas pausas.

Y a pesar de haberme manifestado en contra del machismo reflejo, de esa educación que te dice que nena es rosado y varón es azul, a pesar de pelearme con las imágenes públicas que reproducen la desigualdad de género, me cuesta horrores reconocer todo el trabajo que hace mi amado esposo con nuestra cachorra.

Aunque me parece que tengo bien claro lo que pienso, voy manejando, sintiendo que a mi me gustaría poder estar en casa, armando el mate, organizando una mañana de mandados lentos y juegos con pelota. Porque esa es la imagen ideal que me armo en la cabeza. Sé que lo que está haciendo mi maridete es mucho más, y mucho más importante.

Él es el padre de la criatura y la está criando. Y yo me estoy descubriendo madre machista.

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