Cuando yo era pequeña, mirar la tele era algo que uno hacía en invierno y si realmente no había nada mejor que hacer. Lo que pasaba era que a veces, en los domingos de tarde de invierno, realmente no había nada mejor para hacer.

Así que me mataba con los hits del año del jopete que pasaban los canales abiertos locales. Siempre eran las mismas, todos los años: “La novicia rebelde“, “Annie” (la huérfana que me arruinó los musicales para siempre), “Lo que el viento se llevó” y “Mary Poppins” eran las que no faltaban nunca jamás.

Y después estaban las repetidas de los sábados de noche, que eran otro cantar completamente. Yo, con mis 11 pirulines, quedaba prendida a la tele como molusco a la piedra. Sangre, violencia y chicas en paños menores preguntando “¿quién anda ahí?” en una cabaña perdida en un bosque oscuro. Descubrí las pelis de terror. Fascinada.

No solo no me daban problemas para dormir, sino que ni siquiera me aburría verlas mil veces. Yo ya sabía principio, desarrollo y final de todita la saga “Viernes 13“, y la veía de nuevo. Solo Freddie Krueger me quitó el sueño alguna noche. Pero es que estamos hablando ya de personajes mayores.

En aquel momento, Aracnofobia era otra mas de las del sábado a la noche. Nada. Un nido gigante de arañas venenosas y con mucha mala leche que atacaban un pueblito perdido de EEUU (obvio). La repetí como a las otras en aquella época, nunca la pude ver de grande.Arachnophobia_(film)_POSTER

Porque ahora, en peli o no, veo una araña y se me paraliza el corazón, quedo inmóvil, me sudan las manos, me siento estúpida y no se que hacer. Se me tranca en la cabeza la idea de que me está mirando con todos esos ojos que tiene y me dan ganas de llorar.

No le puedo echar la culpa de esto solo a la película aquella. Hubo unos cuantos episodios de la vida real y algún acontecimiento con un tarantulón que me dejaron con esta cojera de la vida. Quedé incapacitada para tratar con arañas. Totalmente.

Han sido mas de 20 años de dejar crecer y crecer el terror a las arañas.

Hasta anoche, que soñé con arañas.

Yo caminaba por un camino que cambiaba rápido y seguido de paisaje. Pasé por un desierto que no era caluroso, por un bosque con árboles de fantasía, por una jungla oscura, por una playa de arena de colores fría como un hielo, por una pradera llena de insectos en actitud Disney. En la pradera se me daba por sentarme y mirar a los bichitos cantando y haciendo cosas muy poco propias según la naturaleza. Una cigarra tendía ropa con una cuerda de flor en flor, un grupo de hormigas organizaban un picnic para los mayores del hormiguero… y una araña salía de su casa a tomarse un transporte público con 6 o 7 de sus crías.

Notepuedocreer. “Las arañas también son madres”, me dijo una voz en off, la mía misma, en mi cabeza. “Mirala, se le cae el bolso, los dos mas grandes no le hacen caso, la chiquita llora porque quiere su chupete.” Y me dieron ganas de levantarme e ir a ayudarla.

Nos pasa a todas...
Nos pasa a todas…

No recuerdo como siguió el sueño porque me desperté trancada ahí, con un pensamiento persistente: “No le podés dar para atrás, no podés tirarle tierra, no podés tenerle miedo, dale una mano, es una madre.”

La maternidad cambia todo. Todo, todo ¿no?

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