Algo mas de 450 km que recorrer en auto con una niña de 2 años.

No, mentira. Eso, a la ida y otro tanto a la vuelta. Así que 900 y algo de km de ruta para hacer, con una niña de 2 años.

Durante la semana previa, me dediqué a hacernos de estrategias de supervivencia. Porque la blogosfera maternal y paternal me decía que lo que se me venía por delante era una locura que me iba a hacer cuestionar volver a hacer un viajecito carreteril con la familia. Llegué a imaginarme el encierro del auto como un pequeño infierno, con la cachorra llorando y gritando, el maridete queriendo saltar por la ventana y yo agarrada del volante con las dos manos, como enajenada, rompiendo todos los límites de velocidad con tal de llegar y terminar con el dolor.

Así que salimos (según creímos) bien preparados: vasos con diversos contenidos, comestibles variados, el amiguito de apego, los juguetes favoritos (portables), y hasta el ipad; porque me imaginé que si faltando 200 km la cosa se ponía insufrible era capaz de rendir todas mis condiciones y enchufarla con unos videos.

Pero todos sabemos como es, si uno sale preparado para algo, la vida te da cualquier otra cosa. Y esto no fue excepción.

Salimos a las 6 de la mañana, así aprovechábamos bien todo, incluyendo las ganas de Maite de dormir hasta las 8 comodísima en su sillita del auto. Pero no. Apenas arrancamos, se despertó del todo. Y así seguimos:

– Desayuno en el auto con yogur y bizcochos. Y galletitas de chocolate, que aunque sea una sola, que nunca te falte.2015-08-03 10.12.23

– Siesta.

– Mirar por la ventana.

– Hablar y hablar y hablar y hablar. A nosotros, a las vacas, ovejas, caballos y pajaritos que se veían a lo lejos.

– Jugar con Winnie the Pooh. Hacerle bailar, cantarle, chocarle los 5, darle besos, mimosear en general.

– Volver a dormir.

A esa altura, entrando en una tormenta del mismísimo demonio, con viento, lluvia de frente y una ruta que no está en las mejores condiciones, íbamos muy entretenidos como para preguntarnos nada. Pero igual nos dimos cuenta que Maite estaba un pelo más tranquila de lo normal. Porque la niña es muy pancha, pero ya íbamos algo mas de 300 km sin cantar a viva voz (que es algo que le gusta hacer en el auto) y sin quejas de ningún tipo.

Atravesamos la tormenta y paramos a comer, porque el viento era tan fuerte y la lluvia caía tan como cortina de agua, que debimos ir bastante lento y ya se había hecho mediodía. Y ahí nos dimos cuenta: la niña estaba con un poco de fiebre. Menudo día para que le pegara el resfrío que yo estaba terminando de sufrir. “¡Con razón!”, pensamos.

Los últimos 100 km de ida los hicimos bien tranquilos, con Maite entredormida esperando que la medicación hiciera efecto.

Como la fiebre le bajó en seguida y en nuestro destino no había lluvia, pasamos como debíamos. Nos divertimos mucho y visitamos lugares que no conocíamos con el entusiasmo que se merecen. Hasta que hubo que volver.

“Esta vez, con la niña sin nada, ya vamos a ver lo que es viajar con una peque”, pensamos. Así que planeamos un par de paradas recreativas, para estirar los pies y ver cosas lindas… y calmar las ansias de bajarnos del auto. Nos imaginamos que, esta vez, Maite nos iba a hacer sentir el encierro. Porque, además, salíamos a una hora que no es la mejor para dormir.

Antes de agarrar ruta, pasamos por un parque enorme, pelota en mano a ver si, por lo menos, la dejábamos cansada por un rato. Recontra surtió efecto, porque el viaje siguió con estas actividades:

– Hablar y hablar y saludas a todas las cosas que dejábamos en el parque (“chau hamaca, chau pasto, chau pajarito…” y todo así.

– Dormir una siestita del burro; que a esta altura era casi mediodía y el lugar elegido para almorzar estaba a un buen trecho y con tanto animal autóctono, juego de pelota, tobogán y corretear por ahí…

– Despertar y gritar por almuerzo.

Con tanto grito paramos para almorzar, que total era una de las paradas previstas y encontramos una parrilladita de lo mas deliciosa.

– Retomar el camino feliz, mete cantar y aplaudir. Todas las de Hi-5, incluyendo “tipitóus mamáaaaa” (aka “Stand up tall in tippy toes”), todas las cortititas de Peppa, “Big balloon” y todo, y algunas otras en la lengua madre.

– Una vez mas, mimosear con el bichito de apego, que siempre es hora de cariño a uno mismo.

– Hablar y hablar y hablar y hablar y hablar…

– Agarrar los macacos que llevó y acomodarlos, hacerles mimos y conversar con cada uno, de a uno, por supuesto. Quedar encajada, rodeada de cosas como en una vidriera, abrazada a la pelota.

Acá se vino la segunda parada técnica, porque yo quería conocer un precioso parque con arboreto, animales autóctonos, una vista con bajada al al Río Negro increíble y juegos (¡”tobogán mamáaaaa!”). Pero antes de poder disfrutar de todo lo que yo quería, se nos hizo hora de volver; para no tener que hacer mucha ruta de noche y porque se largó una llovizna.

Volvimos al auto, solo para manejar derechito hacia una tormenta eléctrica, con rayos y centellas, el cielo negro y agua cayendo bien de frente por el viento. Con este panorama, ya se me habían pasado los nervios de “como encarará Maite los casi 300 kilómetros que quedan” para pasar a “como encararé yo con tan poca visibilidad”.  Arrancamos y seguimos con:

– Asombro por la tormenta gritando: “shooo shooo agua, shoo, shooooooo” (léase, “yú, yú”, que es como en inglés, Peppa espanta a las gallinas, por ejemplo).

Cómoda va... Pero con condiciones. Nada de lo que ven podía moverse del lugar. Sirve igual.
Cómoda va… Pero con condiciones. Nada de lo que ven podía moverse del lugar. Sirve igual.

– Dormir una siestita reponedora disfrutando del golpe de agua en las ventanas.

– Jugar con sus chiches.

– Leer.

¡¡¡Y llegamos a casa!!!

Tuvimos suerte ¿no? No me quiero entusiasmar, porque una excepción de principiantes la vive cualquiera. Digo principiantes porque fue la primera vez que había que hacer mas de 200 kilómetros, que eso si lo hemos hecho muchas veces.

Y porque ¿qué es la vida sin adrenalina? a la mañana siguiente nos volvimos a meter en el auto para andar 100 km hasta el cumpleaños de una persona amada. Y nos fue precioso también.

Así que, imaginensé… ya estamos planificando el próximo… y el siguiente…

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