De esas tardes con luz muy rara.

Tormenta, cerca de la hora de la puesta del sol, con zonas del cielo oscuras como noche y otras bien naranja. Con esos tonos rebotando en las hojas verdes llenas de gotitas de agua, y de ahí, a la ventana del living de casa.

Cientos de tonos en el vidrio, y de ahí al grano de azúcar que estaba sobre el bizcocho que Maite estaba comiendo hasta que lo vió.

Un granito de azúcar de muchos colores entre los dedos de la niña.

Lo miró durante un rato muy largo, haciendo la piecita diminuta girar entre los dedos de un lado para el otros. Y los colores como locos. Y Maite como loca con tantos colores.

Y yo que no puedo dejar de mirar a Maite.

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