Lo pienso así mismo, hasta me sale con esas palabras. Me siento una vieja de mil años cuando se me viene a la cabeza la frase “no te metas con la nena”.

Es que lo que quiero decir, en lugar del “no, gracias” que efectivamente se desprende de mis labios, con la voz seca, cortada, remarcando el ceño fruncido y la mirada firme, es eso: no-te-metas-con-mi-hija.

La primera vez fue hace poco, cuando mi maridete me contó una aventura en un ómnibus con Maite. No les voy a contar mas porque capaz que algún día la cuenta él. Con su historia me quedó claro que, una cosa es cuando vas con la niña pequeñísima y alguna persona te conversa, como me pasó aquella vez que ya les conté; y es otra cosa cuando un desconocido quiere involucrar a la niña en sus asuntos. Y peor cuando sus asuntos son vender algo.

Situación: Vamos en el auto, yo adelante, Maite atrás paradas en un semáforo largo. Estamos de media ventanilla baja, hablando de los planes de mañana. Se acerca un señor a mi lado, buscando plata para una organización religiosa; para lo que me muestra unas tarjetitas de santos o con frases de superación personal. Antes que nada, sin ni un buenas tardes, me espeta: “Por el bien de su niña y de usted misma, ¿no va a colaborar conmigo?”. Lo miré con cara de pocos amigos pensando “¿bien de qué, mi niña qué?”, convencida de haber oído cualquier cosa. A lo que me dice: “por usted, por su niña, por lo que puede venir en el futuro ¿no me compra una tarjeta por dos pesos y ayuda a (tal organización)?”. Por suerte para él, solo me salió contestarle “no”.

Mientras, se me llenaba la boca de no metas a mi hija en esto.

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