Otra de los gringos con sus expresiones certeras… (Les digo otra porque ya les conté de una. Si no se acuerdan, hagan click acá).

Es de las más conocidas: “Be careful what you wish for”. Algo así como “cuidado con lo que deseas” porque eso que deseas puede no ser lo que parece una vez que llega.

Hace un par de semanas tuvimos un cumple muy lindo. Pasamos un muy buen rato, desde el mediodía hasta el fin de la tarde, al aire libre, mirando a la niña corretear por ahí, jugar con chiches ajenos y caminar de la mano con niños recién conocidos. Todo al abrazo del sol de esta primavera-verano que tiene momentos en los que uno piensa que aún debemos estar en invierno y otros momentos que uno se siente como caminando sobre el mismísimo sol.

Por supuesto que ese sábado era uno de esos días bien calurosos. No tanto como para sentir como si uno se fuera a derretir por el simple hecho de estar sentadito, quieto, respirando lento.; pero si se sentía fuerte el sol.

Y ¿qué es lo que ya sabemos todos que hay que hacer si el cachorro quiere jugar en el sol? Usar un G O R R O

Imposible.

Porque en el jardín usará eso y también guantes, bufanda, polainas, chaleco de fuerza y prendedores; por las maestras se dejará hacer hasta colitas en el pelo, pero nosotros somos los padres. A nosotros nada, señores. No le podemos ni proponer usar el gorro para el sol sin que arme un berrinche que levanta techos.

Y nos dice que “no” con una seguridad desbordante. Por momentos, hasta me da la sensación que seguramente ella sabe algo que yo no, de lo malo que debe ser usar gorro para el sol.  Así que se imaginan que ese sábado no hubo forma de cubrirle la cabeza.

Eso si, yo insistí. Porque yo soy de insistir. Le debo haber dejado la cabeza como un globo de tantas veces que le pedí que se pusiera el maldito gorro para el sol. A ella, al amado Winnie, con canción, con cuento, con sonrisa, con cara de “el asunto es serio” y lo que se imaginen. Llegó un momento que cuando yo le decía algo del tema su mirada me cuestionaba la atención que yo le prestaba cuando ella me repetía por enésima vez un “no” tajante.

Obviamente no tuve éxito. Fin del cumpleaños, vuelta a casa.

Todo muy lindo y cuando llegó el momento: rutina de la noche y a la camita. Se durmió lo mas pancha, abrazada al osito. Nosotros sabíamos que en algún momento de la noche se levanta para ir a nuestra cama, porque así viene hace algunas semanas. Quiere mas y mas amor.

Pocos minutos antes de las 3 de la mañana, la escuché bajarse de la cama y sentí las patitas camino a la cama grande. Se detuvo (“¡ay no!” me hizo pensar mi única neurona despierta). Llegó a acostarse en el medio de la king size con el gorro en las manos.

“¿El qué?” me preguntó la misma neurona que era la única que podía con algo. El bendito gorro, que ahora si tenía todas las intenciones de usar y no dejar caer. Claro que apoyar la cabeza en la almohada con un gorro puesto sin que se salga, es casi imposible.

Porque no es que ella no quisiera dormir. Lo afirmó varias veces en el transcurso de las siguientes 3 horas de no dormir (digamos, unos 45 minutos antes de que sonara la alarma para arrancar el lunes con toda la energía). Necesitaba dormir con el gorro puesto. Y para que no se le cayera, se propuso dormir sentada. Y por eso digo que fueron 3 horas de no dormir.

La vida se reventó de risa en mi cara. La niña finalmente fue complaciente con lo que yo quería a mas de 12 horas antes, cuando le harté la paciencia repitiéndole lo mismo. Lo que yo tanto había querido de ella.

Porque a los 2 años los niños quieren complacerte. Bueno, complacerte si, pero no cuando vos lo querés. A los 2 años siguen mandando el tiempo como quieren. ¡Quién pudiera!

 

 

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