Las ideas que nos hacemos las madres sobre tener hijos, antes de tener hijos, son pura imaginación. Por eso uno logra desear con el corazón algo que no tiene ni idea de cómo hacer, ni de qué forma va a pasar.

Si la vida de las mujeres que leen esto se parece en lo más mínimo a la mía, desde que tienen uso de razón que, como mujeres que son en esta sociedad machista, se les habló como madres potenciales. Entonces han escuchado cosas de todo tipo y color, han vivido experiencias cercanas con hermanos o primos o amigos, han tenido tiempo para hacerse la cabeza con lo que les gustaría o no les gustaría.

Poco antes de mis 30 pinos, el amor de mi vida y yo empezamos a hacer lo necesario para que llegue a nuestra vida un cachorro propio. Nos llevó un tiempo. Digamos, casi 4 años. Háganse una idea de la cantidad de cosas que leí, escuché y busqué, sobre embarazos y lo que viene después. Y con una pasión envidiable. Quería saber todo. Y todo, todo, todo sobre el naciemiento. Uffff el momento de nacer. ¿Qué decir?

Me quedaron clarísimas las opciones, y lo que se dice de cada una. En términos muy generales, una pareja puede optar por alguna de estas:

  • Programar una cesárea- elegir momento, espacio, lugar, anestesia, médico tratante y todo lo demás, y tener a mi hija de la forma menos en contacto con la naturaleza posible. Hacer del nacimiento un evento planificado, médico-quirúrgico.
  • Parir en un centro médico, cual sea al que pueda acceder. Hay lugares con salas de parto de todo tipo; desde lugares horribles, sin privacidad, respeto ni un poco de amor, hasta salas con pelotas, bañera y ducha, argollas, barra y todo lo que uno pueda necesitar a razón de una familia por habitación. Todo depende de lo que uno pueda pagar o la mutualista que te toque.
  • Parir en mi casa, conectada con mi ser animal y la Pachamama. Compartir un momento de amor con mi pareja y las personas que yo elija, rodeada de velas y buenas vibras.

No quiero ofender a nadie, así es como yo entendí las posibilidades que tenía. Creo que no es un tema fácil de abordar porque la gente se pone pasional, se  pone fundamentalista. Así es que entendí que, para algunas personas, no elegir la vía natural me convertiría casi en un ser desalmado, que debía replantearse tener hijos. Y sin embargo, para otras personas, si decidía tener a mi hija en mi casa, era una inconsciente que desconocía todos los riesgos y a la medicina occidental en su conjunto. Y todos los grises entre estas opciones. Todavía no entendía lo mal que hace juzgar así nomás, generalizando.

También conocí algunos conceptos difíciles de olvidar, como “doula”, “parto respetado”, “violencia obstétrica” y “riesgo fetal”, por nombrar unos pocos. Ah. Y “plan de parto”.

El caso es que todo el mundo habla de las opciones, como si fueran la única cosa que existe. Uno se hace un plan (en cualquier opción), sigue ese plan, y es feliz. Pero yo se que no es así porque mientras leía todo esto, también pasó la vida. Vi a una madre morir por ser obstinada con sus opciones, conocí a mas de una a quienes no se les respetó su plan, conocí gente (no solo mujeres) que fueron víctimas de la violencia hospitalaria y se me partió el corazón porque alguien aún podría estar abrazando a su hijo si hubiese estado en un hospital. Conocí personas que no disfrutaron el nacimiento de sus hijos porque estaban enojados porque no se respetaba su plan de parto. Porque la vida tiene un doctorado en improvisación.

Para cuando nuestro embarazo lleguó a término, después de las clases de parto, después de decidir con el amor de mi vida algunas cosas básicas como si tener doula o no, si parir en el hospital o no, si hacer un plan o no, si esto o aquello… ¡cesárea de emergencia!.

Preeclampsia, Maite bien, no llegó a sufrir aunque mis interiores ya estaban amarillo fluo y yo en riesgo. Maite nació por cesárea. Si, en un quirófano.

En el momento, no me importó nada más que ser 3 y estar bien. Fue después, cuando llegué a mi casa y retomé la vida, que me cayó enterito todo, el peso de no haber tenido a Maite por parto vaginal. De repente me encontré queriendo explicar la situación a perfectos desconocidos (“pero fue de emergencia”, “si no era así, Maite o yo, o ninguna, estaríamos en este mundo”, “cesárea, si, pero me salvó la vida”). Como si yo hubiese tenido opción.

¿Pero saben qué? No soy ni mejor ni peor madre por eso, porque mi maternidad es mucho más que el nacimiento. ¿Y saben qué mas? No fue un momento horrible: la escuché llorar, mi marido la vio salir y cortó el cordón, los médicos estaban felices y las palabras eran de apoyo. ¿Y saben qué otra cosa? Si hubiese sido distinto, yo tampoco sería peor o mejor madre, porque si, eso es así, la maternidad recién está arrancando en ese momento.

El país en el que vivo, tiene un número sorprendente de cesáreas. Seguramente, un buen porcentaje, son evitables. Pero basta de bulling. Vamos a empezar por respetarnos y educar al cuerpo médico, a quienes nos dan las opciones en la vida real, según nuestro caso particular, según la salud con la que llegamos al momento de nacimiento. No se logra nada poniendo placas con frases violentas para quienes no tienen opción, o para quienes eligen una forma y otra.

No me da vergüenza que Maite haya nacido entre batas e instrumentos esterilizados. Lo único que seguro siento es agradecimiento infinito. A pesar de las dificultades, estamos todos bien. Estamos. Y creo que eso es mucho más importante que ninguna otra cosa.

 

 

 

 

 

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