Ya pasó el momento en que tengo dudas respecto a traer a otro ser humano al mundo.

La ya nacida se hizo grande, cumplió 3 años y no deja que le diga “bebé”. Apenas le queda el olorcito en el cuello, que solo puedo disfrutar cuando me deja o cuando se duerme. Extraño.

Me encantaría tener a otro recién nacido en casa. Aunque eso implique volver a los pañales, hipotecar mis tetas, no saber a cuenta de qué sale llanto. Diría que hasta añoro un cachorrito que se me duerma arriba, aunque después ande con dolor de espalda.

Pero. Si, pero.

Embarazo. Fa, que pocas ganas. Que ningunas ganas.

Ni siquiera les voy a decir que lo que no quiero repetir es una cesárea de emergencia y sus consecuencias. Es más que eso.

Mi embarazo de Maite (podrán adivinar) no fue el mejor y más fácil de todos. Me tocaron varios ingresos a emergencia y la policía del cuerpo no me dejó disfrutar de casi nada. Pasé entre especialistas (endocrinólogos, cardiólogos, ginecólogos de emergencia.. uffff) que no tenían ningún problema en decir las cosas más horribles y plantarme en la cabeza las peores ideas.

Me banqué comentarios de gente que mejor se hubiera quedado callada, sobre mi peso y todas las cosas horribles que una madre puede hacerle a un niño incluso antes de nacer. Y muchas historias de terror que se les ocurran, porque la gente te ve a cargo de un niño, nacido o no, y abren la boca aunque sea para nada bueno.

Ya les conté las peripecias que pasamos antes de Maite. Cualquier sombra que me hiciera pensar que podíamos volver a lo mismo me dejaba helada y con ganas de que todo termine rápido. No logré sentirme cómoda y segura de estar embarazada hasta que pasamos el 8vo mes, digamos. Y la nena nació de 38 semanas, o sea que no me duró nada.

“Ah bueno, pero ahora sabés que podés llevar un embarazo a término y que nazca una cachorra hermosa y sin ningún inconveniente”, me dirán. Si, si. Pero no es tan fácil. No logro sacarme el recuerdo ambiguo sobre el embarazo.

Y hay alternativas al embarazo… o capaz que lo único que tengo que hacer es repetir(me) hasta el cansancio: “no pasa nada, cada embarazo es distinto, no pasa nada, cada embarazo es distinto, no pasa nada…”

 

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