Estoy embarazada. Esa es la muy (MUY) buena noticia.

Este es un post difícil de escribir, pero lo tengo que hacer porque estoy atragantada. Como quien se exorciza, necesito sacarme la vivencia de adentro, así que se les cuento.

Estamos en la semana 8 de embarazo; esto recién empieza. El maridete y yo estábamos buscando un hermanito/a para la niña de 3 años, así que la felicidad de que sucediera sin tanta demora me tenía extasiada. Convencida de que nada puede salir mal porque lo peor ya lo hemos vivido, lo grité a los 4 vientos. Feliz, feliz, feliz. Y así nos fuimos de vacaciones de primavera, a un lugar con sierras bastante agreste.

Segunda noche en el medio de la oscuridad total, pérdidas. No les voy a entrar en detalles, pero aquello que vimos era suficiente como para preocuparnos y pensar cualquier cosa. Pasamos la noche en vela, dejando a la niña dormir y manteniendo la posición horizontal, esperando que se hiciera el día y que aflojaran el dolor y el sangrado para poder moverme. Después de todo, para recibir atención médica de mi mutualista había que recorrer unos cuantos quilómetros. No les tengo ni que explicar la angustia que pasamos esa noche.

A la mañana siguiente, lo antes que pudimos, nos fuimos a la emergencia.

Llegamos casi a las 11 de la mañana. Dado que continuaba con pérdidas, me hicieron pasar de inmediato a un consultorio ginecológico bien pequeño. Dada la urgencia, el día de semana y que pensamos que sería todo bastante rápido, yo entré sola, mientras el padre de las criaturas se quedaba en el pasillo con la ya nacida, haciendo el aguante y todo lo posible para que ella se enterara de lo menos posible.

El ginecólogo de guardia me vio por primera vez una hora y media después. Y este periplo también recién estaba comenzando.

El señor me revisó, me hizo algunas preguntas y afirmó que poco se podía decir sin una ecografía con el consiguiente informe técnico. Me pareció de lo más razonable. Indicada a las 12:45, la eco me la hicieron alrededor de las 16:15 horas. Si, 3 horas y media más tarde, luego de que atravesáramos caminando medio hospital (mientras continuaban el dolor y el sangrado), viendo pasar a las mujeres embarazadas que iban al mismo consultorio a hacerse ecografías de rutina y después de haberme ido a quejar a un mostrador pidiendo hablar con la dirección técnica.

A esta altura se imaginan que nuestro estado emocional no era el más lúcido. Mi esposo ya estaba teniendo dificultades para distraer a la niña mayor, y yo aguantaba las lágrimas con la angustia de que siguieran pasando las horas y sin tener novedades respecto a la salud del feto que aún aguanta aferrado dentro de mi cuerpo.

Entro a la eco. El técnico comienza su tarea, mira la pantalla, y empieza a cantar el informe a la chica sentada en la computadora. Escucho que está todo bien. Me emociono. Lloro de alegría. Le pregunto si escuché bien, si está seguro, si es cierto que este embarazo tan deseado sigue en camino. Me tranquiliza mostrándome la pantalla, al feto y su latido. Salgo del consultorio desbordada, nos abrazamos los tres, lloramos de felicidad, la gente nos mira con cara de “que bueno que es de alegría”.

Sale la chica del consultorio y me entrega un sobre, en el que está el informe de la eco, para que le lleve de vuelta al ginecólogo de guardia. Allá fuimos caminando despacito, más tranquilos, imaginando entonces qué tendríamos que hacer para asegurarnos de que todo siguiera bien, cuánto reposo, cómo nos íbamos a organizar. Sintiéndonos afortunados y excitados, después de tantas horas de nervios.

Llego a la sección de emergencia. Entrego en enfermería mi sobre que nunca se me ocurrió abrir. Me siento a esperar que me llame el ginecólogo, por suerte, esta vez, muy poco rato.

Entro a su consulta con la sonrisa pintada, y lo primero que hago es decirle: “qué bueno que todo está bien, doctor”. Él se demora unos segundos en el papel, levanta firme la vista, me mira y me pregunta quién me dijo que eso era así. “Fue el señor del ecógrafo, claro”. Baja la vista al papel y me mira una vez más. “Acá no dice eso”, me responde. “Según este informe su feto no tiene latido”.

PUM Golpe en la frente. Por un segundo perdí todo el ánimo, la energía y las ganas de sostenerme sentada. Las lágrimas se me cayeron sin que quisiera, la angustia me entró en el pecho como huracán con una fuerza descomunal, que me dejó sin aire y me descolocó por completo. Al siguiente segundo, por suerte, me acordé de lo que había visto con mis propios ojos. “No puede ser”, me escuché decir. Al siguiente segundo, ya más firme, me vi alterada, preguntándole como sería posible estar segura de haber visto algo y mantenido una conversación y que esté todo mal. “¿Tu nombre no es Fulanita de Tal?”, me preguntó entonces el médico.

No les voy a mentir, el nombre real de esta persona no me lo olvido nunca más. Inmediatamente me vino alivio, enojo, tristeza por la pobre mujer cuyo resultado no era favorable, y un desconcierto feroz. ¿Entendí bien? ¿Me acaban de dar un resultado que no es mio? El médico, emocionalmente más claro que yo, no dudó que me había dado mal el resultado y me hizo salir del consultorio. Sin disculpas, sin un toque humano, sin nada más que un “pará que voy a buscar a Fulana y ver dónde está tu informe”.

Salí del consultorio con la cabeza hecha un enjambre y el corazón que se me salía de lugar. Me costó unos minutos reaccionar, pensar con claridad: “entonces ese no es mi resultado, todavía es posible que yo haya entendido correctamente y que todo esté bien”. Y me senté a esperar mi informe, durita, intentando convencerme que este  había sido un error que puede pasarle a cualquiera.

¿Y mi informe? En ningún lado, junto con el técnico que me hizo la ecografía. A cada rato me paraba a preguntar en enfermería si había algún avance, si se habían podido comunicar con alguien, avisando que estaba más que dispuesta a que me realizaran la eco de nuevo. “Pero es que no hay quien la haga, no queda otra que esperar”, me contestaban. Durante todo ese rato, vi a una sola enfermera preocuparse por la situación. Ni el doctor, que lo que si hizo fue mostrarse indignado.

Cuando ya había pasado más de una hora y media, el ginecólogo me hizo pasar una vez más al consultorio. Por un segundo pensé que habían encontrado mi estudio. Pero no. El hombre se dio cuenta que hacía muchas horas que estábamos en la emergencia, y como salida alternativa me propuso tomar mi palabra como cierta, considerar que el embarazo estaba bien, mandarme medicación y darme el alta. Yo, que en esa hora había enfriado bastante la cabeza, atiné a responder que me parecía muy poco serio. Le recordé que él mismo me había avisado que sin ver la eco era muy difícil decir nada. “Pero vos la viste, si esperamos el informe puede ser que tengas que seguir esperando otro rato”. A esa altura del partido, para mi ese informe era más que  necesario, dudaba hasta de mi nombre, de lo que había visto, de lo que me había dicho el técnico. Quería el informe, quería que él lo viera y así se lo dije. “Vas a tener que seguir esperando”, fue la única respuesta, aunque igual me dio la receta para la progesterona.

Esperando y pasando el tiempo, sentada en la mismísima emergencia, decidí llamar a atención al socio de mi mutualista y contar esta historia. Ni a García Márquez se le ocurría esto. El señor de atención al socio me hizo varias preguntas como para que yo le verificara que sí, la realidad supera a la ficción. Específicamente, lo que le pedí fue una alternativa a tanta incertidumbre, con esas exactas palabras. Habiendo pasado tantas horas, yo ya ni creía en cualquier papel que apareciera con mi nombre. Y demandando ver a mi ginecólogo de cabecera, a quien le tengo una confianza ciega porque ya ha demostrado que sabe lo que hace.

Resulta que (como tampoco es que es todo mala suerte) justo encontré a las direcciones técnicas del hospital y de mi mutualista reunidas, y el señor que me atendió entendió la gravedad del asunto, como para decirme que le diera unos minutos que me volvía a llamar con alguna respuesta.

Al muy poco rato me llamaron y me fueron a buscar para hacerme otra ecografía. Sin demoras, con otro técnico. Tengo que decir que ahí si que le pusieron buena onda. El técnico me dejó escuchar el latido, me tuvo un rato mostrándome lo bien que estaba todo, me calmó, me hizo sentir más segura. Y me entregó otro sobre que contenía el informe de la eco hecha a las 4 y algo de la tarde y el informe de esta nueva eco. Una vez más, tenía que atravesar el hospital para que ahora pudiera verlo el ginecólogo de emergencia.

Allá fuimos. Ahora si, tranquilos, seguros que todo estaba bien. Y nos sentamos una vez más en la emergencia, a esperar otra hora para que el ginecólogo viera ambos informes.

Pero aún quedaba un detalle más que no me vi venir. Durante el rato que esperamos, al señor médico le llegó mi queja. Así que cuando me hizo pasar por última vez a su consultorio, no tuvo mejor idea que ir leyendo el resultado al mismo tiempo que me preguntaba cuál era mi problema, y preguntando cuál era mi queja respecto a su atención. Yo no daba crédito. Hablaba con una mujer embarazada viviendo una amenaza de aborto, luego de todo lo que pasó ese día, y al señor solo le importaba que yo llamara una vez más a la mutualista para aclarar que mi problema no era con la calidad de su atención.

“¿Este hombre se habrá olvidado que me mandó la medicación y que me propuso confiar en mi palabra sin ningún informe técnico?” me decía por dentro. Pero, honestamente, yo no estaba ni en posición ni con las energías suficientes como para discutir nada. Desde que verificamos que el feto está resistiendo, no me importaba nada más que salir de ahí y ver a mi ginecólogo de cabecera. Ya nada de lo que este médico me dijera me era de interés. De hecho, además de sus reclamos, no me dijo nada más que “tomá una pastilla cada 12 horas y andá a tu ginecólogo, que él te indique reposo”.

Nos fuimos volando de esa emergencia, después de 8 horas de manoseo emocional, de destrato y desidia, en una confusión total. Apenas siendo capaces de sentir toda la felicidad que merecía saber que la vida dentro de mi vive y lucha.

Me llevó un buen descanso darme cuenta cabalmente de lo que nos había pasado, ver claramente el horror de lo que podría haber pasado. Si yo no hubiese pedido al técnico para ver la pantalla la primera vez, ¿me hubiera dado cuenta que el diagnóstico era incorrecto o me hubiese aguantado el misoprostol y  abortado? Recién ahí caí en la cuenta del nivel de violencia del que había sido objeto.

Recién ahora, 3 días después de la visita a la emergencia, me permito sentirlo todo y me viene la necesidad de escribirlo, contarlo, compartirlo. No para generar desconfianzas en el sistema médico (en absoluto), pero si para que los padres estemos atentos. Atentos a todo. Siempre te podés cruzar con un mal profesional, un equipo médico que no funciona, o un simple mortal que comete un error. Y depende de nosotros no sufrir las peores consecuencias. Aunque eso signifique más responsabilidad y más presión.

 

PD: En el post no se mencionan los nombres de la mutualista, hospital ni profesionales porque creo que no viene al caso. No es mi intención una denuncia amarillista en las redes sociales. Las denuncias ya están hechas en los lugares que corresponde. Pero si quiero compartir que la violencia obstétrica existe no solo en el momento del parto, quiero que sea público a lo que somos sometidas las mujeres en ciertas oportunidades. Yo no me voy a cambiar de mutualista. Confío en mi mutualista en general y creo que las denuncias en los lugares correspondientes deben tener su efecto y consecuencias. Malos profesionales hay en todos lados.

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