A veces, es la manera de superar las cosas. Especialmente, si sos una criatura de 3 años y estás entendiendo mil veces por primera vez que el mundo no es todo lo que querés, que no siempre se puede tener todo lo que uno quiere.

Pero ¿quién quiere dejar llorando a un niño pequeño si la solución es algo relativamente fácil? ¿O si se puede conceder el deseo con algo que no genera taaaanto problema? Les nombro algunos ejemplos:

  • Después de pasar horas en una casa ajena en la que viven niños más grandes que rtaqe4btlMaite, es hora de irnos a casa. Ella, que está enchufada a 220 con tantos juguetes ajenos  busca alguna cosa que no tiene y la abraza. Cualquier cosa. Yo sé que cuando ese chiche esté en casa va a perder automáticamente todo su atractivo. Le explico que no se puede llevar lo que no es de ella. Llanto desconsolado al grito de “es mío”.
  • Paramos unos minutos en una estación de servicio. Maite no es de pedir cosas cuando hacemos mandados, pero vio un gorro de doble tamaño que su cabeza, con un dibujo de Kitty y abundante brillantina. Cero sentido comprarlo porque no lo va a poder usar hasta que cumpla 15 años, así que le comunico la negativa. Llanto de frustración.
  • Por unos días, la niña tiene que ir al centro de educación inicial en camioneta. Por suerte le ha encantado, se prepara con alegría y se sube contenta. Y así también vuelve. Ese día, al bajarse, trae su osito (asqueroso) adorado y un payaso que no es de ella.  Se lo quiere traer a casa. La señora de la camioneta le cuenta amablemente que es de otra niña que lo va a extrañar. Yo apoyo, afirmando que no puede llevarse lo que es de otra persona. Llanto enojadísimo.

 

Y claro, la solución para cada una de estas situaciones es fácil ¿no? Darle lo que quiere, comprarle lo que pide. Porque en el primer caso, a los niños no les molestaba partir de ese chiche, a la adolescente de la estación le pareció adorable gastar unas monedas en hacer feliz a una niña que estaba llorando, la señora de la camioneta estaba dispuesta a aceptar que Maite devolviera el payaso al día siguiente. Pero no.

En algún momento hay que aprender en carne propia el “todo no se puede”.  En mi humilde opinión, mejor lo antes posible. Porque cuando son así pequeños, las frustraciones son también pequeñas y es más fácil aprender a manejar esa emoción tan terrible. Cuando más grandes, más difícil se hace.

¿Saben cuánto le duró el llanto? Poco y nada. En el primer caso, hasta que subimos al auto y cayó fulminada de cansancio, y en el último, hasta que entró a casa y vio el disfraz que la tiene loca y que usa todo el tiempo en casa. El caso del medio si, generó bruta pataleta, 10 minutos de desconsuelo. Pero pasó.

Es la manera de apostar a que otros “no” le duelan menos más adelante.

Primero, aprender a aceptar las respuestas (que tampoco son sinsentidos inexplicables, está claro). Para luego poder pasar la etapa de frustración pronto y ver qué alternativas hay para sacar lo mejor de las situaciones adversas.

Y ¿qué si hay que aguantar algún berrinche? ¿ Y qué si la gente me mira raro porque en vez de darle lo que quiere me pongo en cuclillas, le explico, la abrazo y la dejo sacarse la calentura llorando?

Tampoco tengo hielo en el pecho, Maite nunca fue de llorar y verla me parte al medio. Pero apechugo, porque creo que esto es la educación en el hogar.

 

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