Llegó el momento de irnos de la playa. Los 3 tenemos las patas llenitas de arena. Maite, además, tiene embadurnadas las piernas, los brazos, la espalda, la cola, y ni quiero mirarle el pelo. La cara no porque algo tenía que zafar. Pero no pasa nada porque tenemos el agua a unos pasos.

O pasa, si. Porque empezando su tercer verano playero, Maite no quiere saber de nada con meterse al agua. Las olas que van y vienen le ponen los pelos de punta porque, claro, son mas o menos de su mismo tamaño. olas

Haciendo memoria, no fue así siempre. Tengo unas fotos preciosas de la niña divertida como loca con su tía, muerta de risa con cada ola que le golpeaba la cara. Claro, un año y algo, les conté esa experiencia maravillosa (para ambas).

Supongo que es un miedo nuevo, de algo que ella ha racionalizado. Así que le digo a marido: “y bueno, habrá que sacarle la arena a baldazos porque al agua ni por asomo. Marido me miró como quién pregunta: “¿y esos 50 baldecitos de agua los traés vos?”.

Yo, que vengo con unas lecturas de ficción que hablan de las madres y los miedos y qué se hace con todo eso, quedé sin saber paran dónde arrancar. A mi ya me venía pareciendo que esto de la maternidad te toca todo, hasta los miedos, pero esto fue una cachetada. Me quedé durita y le dije a marido que más vale que hiciéramos lo que a él le pareciera porque en ese momento, si era por mi, dejaba que el miedo de la niña, el mio y todo lo que existe ganara en el camino a amigar a la niña con sentarse a jugar con las olas.

Él estaba para resolver. Era hora de seguir nuestro camino más al este, hacia otras playas cuyas olas también se iban a poder disfrutar. Agarró a la niña en brazos, le explicó que iba a entrar un poquito al agua, que ella podía agarrarse del él como garrapata y que no pasaría nada más que mojarse. Mientras caminaba hacia el agua.

La niña no se entusiasmó para nada. Me miró y yo le sonreí, porque me dio la cabeza para pensar que mi miedo a que ella se meta al agua no podía ganar en su cabeza. El padre le seguía hablando en tono de “mirá que lindo todo”: las olas, el agua, el sol, los peces, el mojarse las patas, el lavar la arena. Y la vi con mis propios ojos, cambiar de actitud, confiar en el padre, dejarse mojar y hasta pegar algún grito excitado de “viene la ola”.

Como le había adelantado a la niña, todo duró los segundos que llevó lavar la arena. En seguida estaban afuera, Maite gritando: “fui al agua, fui al agua con papá”. Sin arena, ni lágrimas, ni miedo, ni pena ni nada más que haber hecho algo nuevo.

En los siguientes días de playa, la dejamos hacer su proceso, pero el primer paso había sido fundamental. Porque al día siguiente no le costó nada acercarse a la orilla y correr de un lado para otro con las olas que iban y venían. Y tampoco le dio miedo al día siguiente, ni al otro. Y cuando nos quisimos acordar, el agua podía llegarle a las rodillas sin que ella hiciera otra cosa que reírse y gritar emocionada.

Algunos días después, pidió para meterse a lo hondo a upa con nosotros. La fuimos pasando de mano en mano, mientras ella se copada cada vez máscon la idea de “estar nadando con olas”. 
No se quién estaba más entusiasmada, ella o yo. Creo que yo. 

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