Es mi navidad y lloro si quiero

Para responder a muchas preguntas que me han hecho estos días es que escribo este post. Si, daré motivos y explicaciones de por qué elegimos vivir las navidades como lo hacemos, aunque tengo claro que no se los debo a nadie. Consideren lo que viene a continuación como un intento para que entiendan que no todos tenemos las mismas experiencias, ni las mismas prioridades, y por eso tomamos distintas decisiones. Y todas merecen respeto.

¿Por qué insisto en esto del respeto? Porque estoy cansada de atajar a las personas que nos quieren mucho pero explicitamente van en contra de las creencias de nuestra familia, aún sabiendo cuales son, sólo porque no acompañan a la mayoría.

El hecho: tenemos dos hijas, de 4 años y 9 meses y no hacemos el cuento de Papá Noel, ni el de los Reyes Magos, como ya les conté.

¿Vivimos en un mundo sin fantasía? De ninguna manera. Es imposible. El mundo está repleto de personajes imaginarios que promueven cosas hermosas como el amor, la amistad, el compromiso, el trabajo en equipo. En este momento, nuestra hija mayor está entrando de lleno en el mundo de las hadas y los unicornios y no tengo ninguna intención de pincharle el globo. Los personajes de estas fechas sólo vienen acompañados de comprar cosas y no es algo que me interesa para mis hijas. El amor y los buenos deseos no necesitan noeles ni reyes.

¿Hacemos esto para no comprar regalos? Para nada. Se que tenemos una forma distinta de dar regalos: llegan en cualquier momento, preferentemente cuando se que a las niñas les viene mejor, por necesidad o gusto. Me gusta elegir regalos, pensar en los demás; he sabido organizar fiestas sorpresa y regalos sin motivo. Participo del amigo invisible familiar con gusto. Cuando las compras son para las niñas, prefiero que sepan de dónde vienen los regalos, el esfuerzo que llevan, cómo es que algo material se da con amor.

¿Mis hijas sufren? La menor de un año ni se entera, obvio. La grande no es una niña infeliz en diciembre. Papá Noel es simplemente una fantasía alejada, de las que ve en los dibujitos. No se le ocurrió el cuento del gordo rojo para su propia vida hasta que, este año, en la mismísima noche buena, alguien le dijo que veía renos volando, hasta que la llevaron hasta la chimenea y le hicieron mirar a ver si veía al personaje. Y con eso y todo, tampoco le dio mucha pelota. Claro que esto es más fácil porque, de casualidad, hace mucho tiempo que la niña grande no está expuesta a la publicidad televisiva (ya les contaré).

¿Se puede hacerle regalos a las niñas? Claro que si, los aman. Y a Maite le gusta mucho saber de quien vienen. Lo recuerda y lo dice, y a mi me gusta verla apreciar de dónde viene lo que tiene.

¿Cómo respondo a las preguntas de la niña? Con total honestidad, como le contesto siempre. Con la mínima información, también. Básicamente le explico que cada familia tiene creencias distintas y formas de hacer distintas. Y es una línea argumental que sirve para todo; hasta para explicarle por qué en Paw Patrol dicen “balón” y en este país decimos “pelota”.

¿Y la niña de 4 no pide cosas? Cuando uno le pregunta, pero nos los pide a nostros, no a Noel. Me divertí cuando, enfrentada al “¿Qué le pediste a Papá Noel?” contestó lo mismo que Peppa Pig en un episodio que vio mil veces. Como igual te dice que “salvó el día con su super valentía” cuando ayuda en algo difícil. En el momento me costó entenderlo, pero ya me di cuenta que para ella fue un diálogo de juego.

¿Arbolito? Le gusta ir con su Noni a ver los árboles gigantes de los shopping centers. Nunca preguntó por tener uno en casa, y nadie se lo ha sugerido. Tampoco hizo comentarios sobre ver arbolitos en casas ajenas.

Alguien me dijo en Twitter que debería hacerles el cuento aunque más no fuese por los compañeros de escuela de Maite. Como si fuese razonable que las creencias de los amigos de mi hija determinen nuestras prácticas familiares. Sus amigos son variados y hay de todo, por suerte. Desde quienes creen en Dios (en distintas versiones) hasta los que no creen en nada; y todo lo del medio. Pensar en conformar a todo el mundo para definise uno se me hace imposible.

También es una buena excusa para parar, levantar la cabeza más allá de lo cotidiano que nos come el coco y ver que podemos ser distintos, hacer cosas diferentes y convivir felices igual. Ya que estas son fechas en las que se apela a la reflexión, aprovechemos para dar otro paso y basar nuestras acciones en amor, respeto y empatía.

¿Por qué empatía? Porque a veces es más fácil dejar a cada uno con su tema cuando conoce de dónde vienen las decisiones, y las ganas de vivir esto así tienen historia. La primera vez en mi vida que para navidad estaban mi padre y madre,  yo ya tenía 12 años. Y no era que vivieran separados ni nada; simplemente, se iban a trabajar. Supongo que así, con este y otros ejemplos de mi vida, es que compartir con las personas que amaba era casi oposición con la plata para comprarnos regalos imponentes. Y prefiero lo primero.

Aunque a esta altura de mi vida ya tengo claro que regalar tiempo y regalar otras cosas no son contrapuestas y que el mundo está lleno de grises, igual elijo vivir como lo hago. Y soy feliz así, como ustedes son felices en las formas de ustedes. Diversidad, que le dicen.

 

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2 comentarios

  1. Has escrito todo lo que pensamos y hacemos en casa. Lo difícil y complicado es conseguir que respeten nuestra decisión.
    Pensar, pensar diferente a la mayoría, es siempre ir contra corriente.

    Un abrazo!

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