Que gane el amor

Mi hija cumplió 5 meses y hace 3 días o 4 que no quiere teta. Toma y, en algún momento, por más que me salga a chorros, se niega terminantemente a seguir. Y sufre. Sufrimos.

Ella llora con tanta fuerza que no le sale ni sonido y la cara le queda del color de la frutilla más madura que vieron en sus vidas. Las lágrimas le saltan con tanta fuerza que no le tocan los pómulos y van derecho a mi brazo.

Y lo mio es lo previsible: angustia, culpa, pena, angustia, culpa, pena, angustia… y todo así. Y lágrimas también. Pero de las que te ruedan solas por la mejilla.

Así lo vivimos los dos primeros días. Yo intentaba ponerla en la teta todo el día hasta que quedábamos las dos extenuadas. Ella todavía con abundante hambre (los puños apretados, la cara tensa, el ceño fruncido) y yo mirándola sin entender cuál fue ese momento, ese click que hizo, qué pasó que fuimos de tomar teta 8 veces por día en abundancia y con buena ganancia de peso a esto.

Lo primero que busqué fue “crisis de lactancia”. Cualquiera que haya hecho una investigación mínima en la web sobre este tema se cruzó con el término. Y como mi interés es mucho más que mínimo, se imaginan que ya he leído de varias fuentes al respecto.*

Hasta me dediqué a comentárselo a cada persona con la que me crucé cuya opinión me interesa, como para comparar experiencias y puentos de vista. Porque si bien es un chiste popular la cantidad de consejos que recibimos las madres y padres sin pedirlos, hay veces que los necesitamos y nos dan mucha info. O sea, hay veces que a mi me ha servido mucho comparar experiencias o ideas con personas en las que confío, como al pasar, igual.

El tercer día, se enfermó la hermana mayor y se me fue todo al carajo. Todo lo que se me ocurría que podía hacer al respecto me parecía demasiado, me superaba. Ni meter a una persona que no conozco en mi día, por más profesional y bien capacitada que esté para ayudarme a superar el asunto y continuar con la lactancia; ni acercarme a un grupo de apoyo en mi zona, ni sacarme leche todo el tiempo con un extractor, ni seguir con ella pegada todo el día y ambas llorando. Ni ninguna de las que ya ni me acuerdo, porque leí mil.

Porque mi vida está llena de otras cosas, en este momento, y me estoy ocupando lo mejor que puedo de todas las que puedo. Intento lidiar y superar la depresión post parto (ya vendrá ese post), darle amor infinito a mis dos hijas, ser más feliz que nunca con mi pareja, empezar mi propio emprendimiento en un área en el que me estoy capacitando, llevar adelante la casa entera (porque así está ahora la división de tareas en el hogar, por primera vez en mil años). Y claro que la lista es mucho más larga, como si con sólo la primera de la lista ya no fuera suficiente.

Y solté.

Hace un par de días que la niña toma más complemento que leche que sale de mi. Y estoy bien porque creo que estoy haciendo lo mejor que puedo.

¿Escribo esto para justificarme ante muchas personas que conozco y otras tantas que ni conozco? ¿Para convencerme a mi misma que no le pasa nada a la niña por dejar la lactancia materna exclusiva a los 5 meses? Claro que si.

No se por qué, pero es como me mueve la culpa. Necesito sacarlo. Que esté claro para mi misma y para el mundo que no soy una insensible desalmada, como me hacen sentir algunas cosas que leo. Que lo pensé, lo siento y hago lo que puedo. Fui así toda la vida, necesito darle explicaciones no tengo claro a quién, en voz alta.

Y también para compartir con otras madres que están viviendo alguna lucha con la lactancia. Infórmense, compartan experiencias, y luego hagan lo mejor que puedan, lo que mejor les salga, lo que les haga sentir bien y les deje amar con pasión al ser que están alimentando.

Que gane el amor.

(Porque no siempre uno hace lo que más quiere)

 

 

* Este término y muchos otros, los leo en, por ejemplo Elactancia. Esa página es profesional y fiable. También el sitio de la OMS, que tiene todo tipo de información. También leo (aunque no se por qué nunca he escrito) en la página de facebook de mi país.

 

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La visita de la hermana mayor

Seis días.

Casi una semana.

En este tiempo, la rutina, las costumbres de nuestra vida cotidiana, los placeres de lo conocido, la forma de siempre de hacer las cosas, se fueron andá a saber a donde.

Estos días, que he tenido que estar en el hospital, toda la normalidad de la vida no está. Yo estoy atada a una cama, el marido quiere estar conmigo y Maite, pobre chiquilina, está obligada a adaptarse a lo que puede. No hay muchas opciones.

Somos una familia con la suerte del mundo. Tenemos unos amigos cuya hija es de la edad de Maite y cuyo hijo es ídolo de Maite, y ella se la pasa en la casa jugando, distraída, entretenida. Es un lugar en el que claramente se siente cuidada y querida, porque duerme toda la noche, come, juega. Recibo fotos con ella haciendo piquito, haciendo noche de cine, jugando a las risotadas.

Y está su Noni al firme, para mantener las cosas lo más normales posible, yendo a pasear, haciendo la ida y vuelta de la escuela, acompañando a base de amor como hace siempre, cuando la situación no es especial también.

No puedo estar más agradecida.

O sea que la niña mal no está pasando. Hace actividades, va a la escuela, a veces duerme con su amiga que ama y a veces duerme con su papá en casa. Está siendo bien mimada por personas con las que ella corresponde.

Y llega el momento de la visita.

Viene al hospital y, en las dos horas que compartimos, vuelca todo su amor, si. Pero también sus frustraciones, enojo con la vida, malestar con la situación. Esto se traduce en montones de “no” a cualquier cosa que le pregunto, lágrimas reales, tono de quejido.

También nos abrazamos, ella toma su merienda, conversamos, pintamos (que parece que es lo que ella entiende que es actividad de visita porque pide todas las veces).

Por un lado, no solo la entiendo, si no que me parece una reacción lógica y razonable. La pobre chiquilina tiene que tener un espacio para manifiestar sus sentimientos y mostrar su desagrado. Ese espacio para canalizar todo lo que siente, la falta que le hace la vida normal, dormir con sus dos padres, sentarse a tomar la merienda y conversar sobre las cosas que le gustaron del día, jugar con el perro en el patio de casa, su hamaca, su tobogán, su casita para hacerme de vecina.

Por otro lado, lloro.

Quisiera que el poquito rato que podemos compartir fuera solo mimos y caricias y todo alegría. Que no haya  momento de la despedida con el: “mecesito que vengas conmigo, mamá”, o el “dale, vamos juntos para casa”.

Sé que es imposible  y que las cosas se están dando bien. Pero no me acordaba lo que era llorar como un niño o una niña, como me dan ganas de llorar cada vez que me da un abrazo sin ganas de despedirse, con la cara reventada, después de pedirme algo que no puedo darle aunque me muero de ganas. Es el llanto ahogado, del tipo que se hace más fuerte con un abrazo, ese que más vale ahogar en la almohada.

Y un ratito bien corto después, cuando me calmé sólo por repetirme que está todo bien, que soy grande y que ella es chiquita y hace lo que pude, entran a tomarme las mediciones básicas las enfermeras. Ya se que la presión me va a dar un poco más alta, que voy a tener que explicar que es mejor que vuelvan en un ratito porque si no, nunca me va a dar bien y de acá no salgo más.

 

La máquina rota

Hace unas semanas se dio a conocer que, en la capital de mi país, el hospital público que se dedica a la maternidad e infancia tuvo cero de mortalidad materna el año pasado, por lo que mi país es el que tiene mortalidad materna más baja en América Latina, según la Organización Mundial de la Salud. Es una noticia maravillosa. Implica trabajo a muchos niveles, logros de todo tipo. Sobre todo en prevención y con la población más vulnerable.

Y eso me hizo preguntarme qué madres son las que se mueren, por qué causas. En el mismo resumen del informe de la OMS se indica que las muertes maternas que se dan en otros hospitales, como en el que me atiendo yo, son evitables. Y ahí nombra, por ejemplo, hemorragias, infección puerperial, eclampsia… Paro en seco.

Y ya no tengo que preguntarme mucho más. Yo ya les conté que el nacimiento de mi niña mayor fue en una cesárea de emergencia, con una preeclampsia tan avanzada que estuvo a poco y nada de la propia eclampsia. Mis interiores ya estaban amarillo flúo y mi madre doctora me ha recordado más de una vez lo afortunada que soy de estar bien atendida por el sistema médico.

Así que, a pocos días del nacimiento de la segunda, me doy cuenta: las madres que se mueren son las mujeres como yo, las que tienen alguna parte de la máquina rota, las que necesitan ayuda de la medicina para poder tener descendencia.

Porque para mi no sería posible reproducirme sin intervención profesional. Por más buscado y querido que es este embarazo, vino con un síndrome metabólico que incluye la diabetes (en nivel debo inyectarme insulina todos los días), una anemia que no cede y unos picos de presión sanguínea tan altos que ya me amenazaron con internarme desde el mes 4 y medicarme diariamente.

No me lo tomo a mal, en absoluto, sino todo lo contrario. Agradezco. Me siento feliz de haber nacido y querido ser madre en un momento de la historia en la que no me muero desangrada en una mesa, en la que se puede monitorear lo que le pasa a mi cuerpo en esta situación. Hay que saber aceptar la ayuda cuando es necesaria.

Gracias a eso puedo vivir y disfrutar de mi esposo y mi Maite adorada. Gracias a todo esto es que pude pensar en tener una segunda hija que espero con ansias. Agradezco  estar acá, sentada escribiendo, porque en el primer embarazo todo esto me tomó por sorpresa y no tenía idea que mi cuerpo reaccionaría así a este proceso.

Sólo me da mucha pena no poder vivir el embarazo de una manera más idea, saludable; haciendo pilates o natación o disfrutando tantas otras cosas. Perderme la conexión mágica de la que hablan cuando dicen “parto vaginal”. Sentirme controlada en mi vida cotidiana y mis horarios para todo, más medicada que en cualquier otro momento de mi vida, la extrañeza de que mi cuerpo parezca ajeno. Pero mi maternidad no es sólo esto, que es el período más corto, el arranque, con principio y fin.

Y, aunque me pone un pelo nerviosa pensar en qué sorpresas puede tener el lo que queda de este embarazo y, más que nada, el nacimiento de la menor, también confío en que sigo estando bien cuidada.

Creo que las mujeres en general (y más aún las mujeres como yo) debemos poner todas las fichas en la prevención en salud y el control del embarazo.

La vida se nos puede ir en ello.

La nena no me come

Están esos días que se me va la cadena con todo.

Podría echarle la culpa al embarazo y las hormonas y la mar en coche, pero creo que sería mentira. Me parece que en condiciones normales la paciencia con este temita se me acabaría igual, cualquier día sin sentido. Como hoy.

Yo ya les he contado que Maite y la alimentación no son moco de pavo.

En resumidas cuentas, ella comía cualquier cosa que le ofreciéramos, hasta un poquito antes de los dos años. De a poco empezó a decir “no” a las carnes (pescado, vacuna, pollo, cerdo), a los purés de cualquier vegetal que se les ocurra, a las salsas, de quesos o vegetales. Y hasta se negó a tomar agua. Ahora vive en base a (¡atención!): yogur, maní, fideos, manzana, choclo y bizcochuelo o galletas. Vean que no digo que volvió a tomar agua, porque no lo hizo. Le damos rebajando el yogur y (ahora en verano), con un despiadado uso del hielo.

Como ya han pasado casi dos años de esta locura, se imaginan que hemos pasado por todo tipo de etapas. La preocupación con locura, la preocupación con enfoque médico (con exámenes incluidos a ver como iban sus valores nutricionales), la preocupación pero que no se note, la preocupación con incapacidad de acción, la preocupación absolutamente rendida, la preocupación bloguera de “voy a probar cualquier cosa que no sea violenta a ver si funciona”.

Así, tuve una época en la que todos los días le preparaba platos variadísimos en colores, sabores y texturas que ella se negaba a tocar, otra en la que hacía formitas, incluimos el juego a la hora de la comida, empezamos las historias y ficciones relacionadas con comer y crecer… dos años es mucho tiempo.

Nada. Bueno.. marido no me deja mentir, muy poco hemos logrado. De vez en cuando te agarra un pan con queso, muy mas de vez en cuando te acepta una tortita que es de naranja o zanahoria. Muy de vez en cuando agarra una papa frita, hemos logrado pasar ravioli de verdura haciendo de “fideos”. Incorporó con un gusto bárbaro el chocolate amargo y a veces le da un par de cucharadas al helado.

Aún no hemos pasado y nos resistimos a pasar a la ofensiva violenta. No hemos probado aquello de “no te levantás hasta que no termines” o la de ofrecerle el mismo plato de comida por tres días hasta que lo trague. Seguimos queriendo evtiar que la comida se transforme en una tortura medieval.

Pero… peeeeeeeeero… están esos días en los que pierdo la cabeza y me dan ganas de meterle los fideítos de albahaca con aceite de oliva y queso por las orejas. Porque tengo ganas de dejar de pensar del todo en este tema como una preocupación.

Aunque la pediatra me siga insistiendo en que, según las muestras de sangre y todo, no le faltan nutrientes, no está anémica, la glicemia está perfecta. No le falla nada. No se enfermó de nada más que un solo resfriado muy leve en todo el año pasado, su curva de crecimiento sigue el mismo camino perfectamente paralelo a la linea verde en su percentil 15. Pero ¿cómo hace esta chiquilina? ¿Se despierta de madrugada y atraca la heladera sin que nos demos cuenta? Quiero dejar de pensar en esto.

Estando en este momento de embarazo con presión alta, en el que tanto marido como yo pasamos cocinando y muy saludable, porque es la manera de que todo siga bien, no entiendo como no toma el ejemplo. Nos mira, le ofrezcamos o no, y afirma bien segura de sí misma que “tal cosa” no le gusta. Y sigue campante.

Y a mi me sigue dando vuelta en la cabeza las preguntas que me parten al medio: ¿será que estamos haciedo algo mal? ¿Qué es? ¿Cómo salgo de esto?

O sea, en serio, ¿cómo salgo de esto?

Haría casi todo de nuevo

Ya pasó el momento en que tengo dudas respecto a traer a otro ser humano al mundo.

La ya nacida se hizo grande, cumplió 3 años y no deja que le diga “bebé”. Apenas le queda el olorcito en el cuello, que solo puedo disfrutar cuando me deja o cuando se duerme. Extraño.

Me encantaría tener a otro recién nacido en casa. Aunque eso implique volver a los pañales, hipotecar mis tetas, no saber a cuenta de qué sale llanto. Diría que hasta añoro un cachorrito que se me duerma arriba, aunque después ande con dolor de espalda.

Pero. Si, pero.

Embarazo. Fa, que pocas ganas. Que ningunas ganas.

Ni siquiera les voy a decir que lo que no quiero repetir es una cesárea de emergencia y sus consecuencias. Es más que eso.

Mi embarazo de Maite (podrán adivinar) no fue el mejor y más fácil de todos. Me tocaron varios ingresos a emergencia y la policía del cuerpo no me dejó disfrutar de casi nada. Pasé entre especialistas (endocrinólogos, cardiólogos, ginecólogos de emergencia.. uffff) que no tenían ningún problema en decir las cosas más horribles y plantarme en la cabeza las peores ideas.

Me banqué comentarios de gente que mejor se hubiera quedado callada, sobre mi peso y todas las cosas horribles que una madre puede hacerle a un niño incluso antes de nacer. Y muchas historias de terror que se les ocurran, porque la gente te ve a cargo de un niño, nacido o no, y abren la boca aunque sea para nada bueno.

Ya les conté las peripecias que pasamos antes de Maite. Cualquier sombra que me hiciera pensar que podíamos volver a lo mismo me dejaba helada y con ganas de que todo termine rápido. No logré sentirme cómoda y segura de estar embarazada hasta que pasamos el 8vo mes, digamos. Y la nena nació de 38 semanas, o sea que no me duró nada.

“Ah bueno, pero ahora sabés que podés llevar un embarazo a término y que nazca una cachorra hermosa y sin ningún inconveniente”, me dirán. Si, si. Pero no es tan fácil. No logro sacarme el recuerdo ambiguo sobre el embarazo.

Y hay alternativas al embarazo… o capaz que lo único que tengo que hacer es repetir(me) hasta el cansancio: “no pasa nada, cada embarazo es distinto, no pasa nada, cada embarazo es distinto, no pasa nada…”

 

Canción y aprendizaje

Una tarde tranquila, en casa, poco después del cumple 3 de Maite, ordenando el relajo de juguetes. Le regalaron música que no conocemos, así que le di play a un CD y seguimos en la misma; pensando en nada importante, poniendo cosas en su lugar, de vez en cuando moviendo la cabeza al ritmo de la melodía y todo, prestando atención a las palabras de a ratos.

Llegamos a una canción que conocemos, que el Mestre Papanata cantó en el cumpleaños y que a la niña le gustó de primera. No le presté especial atención, porque me pareció obvio que ya iba a tener tiempo de escucharla cuatrocientas mil veces hasta aprenderla todita de memoria. Efectivamente,no había pasado ni un mes, y ya la canto hasta cuando me baño, es lo que suena camino al centro educativo, y es una de las niña la canta mientras juega.

Así que, mientras estiraba el acolchado escuché el final de la primer estrofa que dice: “De estar acá/ de estar acá con vos/lo más lindo es contar con vos”. Me pareció super tierno. Así que cuando terminaba la segunda estrofa, canté bajito.

Como es música bien hecha, además de sonar bien dice algo. Por lo que ese segundo estribillo cambiaba una palabrita: “De jugar acá / jugar acá con vos/ lo más lindo es contar con vos”. Y cuando termina la tercer estrofa cambia de nuevo y dice “crecer”: “De crecer acá / crecer acá con vos / lo más lindo es contar con vos” Precioso.

A esta altura yo ya había dejado de hacer cosas y estaba parada escuchando la canción.

El cuarto estribillo habla de subirse a una hamaca verde. Y, en lugar del esperado fin de estribillo, dice “Dejá nomás / dejá que me hamaco yo / Lo más lindo es contar con vos”.

Nudo en la garganta. No se cual de todas las ideas que se me vinieron a la cabeza en esa décima de segundo  hizo que se me humedecieran los ojos: independencia, crecimiento, autonomía. O las hormonas. Digamos las hormonas.

La niña de ¡ya 3 años! sintió algo raro, me miró y preguntó: “¿Qué pasa, mamá?”

Enorme ella. Vestida con ropa que eligió sola, juntando sus juguetes, dirigiéndose a mi claramente. El nudo en la garganta me dejó sin aire por unos segundos.

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Lo fuimos a ver en una presentación en un lugar chiquito y acogedor. Maite lo amó.

Ni una epifanía que recuerde antes de ser madre. Ahora tengo una que recuerdo vívidamente y estaba viviendo la segunda. Entendí que va a crecer y que no la puedo parar. Y que se va a querer hamacar sola. Y que lo importante es que pueda contar conmigo como compañía, soporte, y fuente de amor incondicional. Porque algunas cosas parecen opuestos pero no lo son, como independencia y necesidad de apoyo.

No les voy a mentir; me llevó unas cuantas escuchas eliminar el nudito en la garganta cuando llega esta parte de la canción. Digo, a esta altura la escuchamos tantas veces que ni gracia.

Ahora ya es de esas canciones que me pone feliz que Maite cante, y cruzo los dedos para que vaya entendiendo de a poco lo que está cantando. Ojalá a las dos nos ayude en la idea de dejarla crecer.

Histérica no

Hola… ejem… Hoy escribo para sacarme una opinión de adentro.

Me niego a aceptar que me soy una histérica solo porque soy madre.

Sentirme de maneras distintas con respecto a algo es mi manera de ser persona. Es la forma de todas las personas.

Antes de ser madre, yo ya era la persona que soy. Existo hace 36 años, soy madre hace nada más que 3. ¿Soy la misma? Claro que no. No me voy a poner en pelotuda, desmintiendo a Heráclito y toda la filosofía. Nunca soy la misma.  ¿Me convertí en otra persona por ser madre? No, no vale mentirse a uno mismo. Ni siquiera las drogas te transforman así. Lo que sea que sos, se acentúa o resurge o se expresa de alguna manera que antes era distinta. Pero no es por ahí, igual.

Ni dormida acepto que soy una histérica por ser madre. O que ser madre me hace comportarme como una histérica (pónganlo como les guste más).

Digo, vayamos al fondo de todo esto. ¿Por qué no me gusta? Porque ni siquiera es dicho como término clínico o algo que se le parezca. Es histérica como sinónimo de gataflora quejosa que cambia de opinión y se siente desbordada por poca cosa, propensa a expresarse de cualquier manera no calmada. Y Freud que se vaya a oler flores a otro lado, no tiene nada que ver con el uso de la palabra.

Yo se que intenta ser divertido. Pero no me da gracia que me definan como lo hace un machista desconforme que le dice “histérica” a una mujer cuando no es sumisa. Y ya alguna vez les dije… ok… mas de una vez…, ok, contando experiencias propiaspalabras ajenas…. Ya he dicho lo que opino sobre el tema.

Porque me parece que lo que se esté dando no es una resignificación ni nada por el estilo. Se me hace que es una manera indirecta de reforzar el estereotipo que durante tanto tiempo permitió que una mujer haciendo lo que le parece (en oposición a lo que le indican) sea molesto.

Basta publicidad, me tenés cansada, agotada, con este tema (en general). No me copa que las madres nos pensemos así, no me copa la idea de la madre histérica, ni siquiera como idea en el aire.

Espero no ofender a nadie, pero si que reflexionemos sobre como nos imaginamos. Las palabras que elegimos si hacen la diferencia.