Bichos free

No estoy segura de contarles esto, como me pasó con el post aquel de la dejada del chupete. Pero como con ese asunto nos fue bárbaro, me hago la viva y les cuento esto igual.

Va de guarderías y enfermedades.

El cachorro de esta casa entró a una guardería el mes en el que cumplió sus primeros 10 de vida. Era tan chiquita que lo único que nos importaba era que pasara bien, que estuviera contenta.

Pero desde antes de empezar la aventura institucionalizante me cansé de escuchar que la guardería es el epicentro de todísimas las enfermedades. Acompañado del verso ese que recita: “todo esto es para fortalecer su sistema inmune” y “como el primer año no hay”.

Yo pensaba: “que exagerada es la gente a veces… que los niños se enferman, se enferman… pero de ahí a que todo sea por la guarde… de ahí a que no se enferme si no fuera…” Y después me tocó vivirlo.

La niña arrancó las clases en marzo. A fines de abril, ya tuvimos el primer gran resfrío. Me acuerdo bien porque pasó mi cumple con la primer fiebre de su vida, la pobrecita. Y de ahí en más, no paramos. Para el cumple de la niña misma, a fines de mayo, ya habíamos gozado de un bruta otitis con todos sus asociados (fiebre, mocos, llanto, dolor) y seguimos sin pausa hasta el el rotavirus, que llegó con toda la fuerza posible, acidosis, el suero para tratarlo y la mar en coche.

Y claro, basta ya, pensamos nosotros. Pero recién era julio. Y de ahí al fin del invierno con un virus mano-boca-pie que la agarró tan golpeada a la pobre, que le tocó la versión fuerte. Brotes, fiebre, mocos, aftas y diversión asegurada para toda la familia. Hasta, digamos, setiembre, que arrancó la primavera y volvió a estar calentito afuera.

Durante todo el primer año de guardería esta imagen era re normal.  Bebé y estetoscopio, un solo corazón.
Durante todo el primer año de guardería esta imagen era re normal. Bebé y estetoscopio, un solo corazón.

Lo suficientemente calentito para revivir los virus de enterocolitis, por ejemplo, que son tan amables que nos pegaron una buena visita cuando arrancábamos noviembre.

Y así se terminó el primer año escolar. Año en el que la chiquilina igualmente creció bien, con el peso correcto y con una curva de crecimiento preciosa, siempre dentro de su percentil quince.

Claro que en cada crisis de enfermedad (porque querer conciliar un añito como este que les cuento con un trabajo de oficina de 8 horas no es fácil, señores, no es fácil) me acordaba de todas las personas que me hablaban pestes de la guardería y ¡que bronca me daba que tuvieran razón!

Tanta, que a veces pensaba: “no tengo elementos para pensar que si no estuviera en el Colegio no se hubiera enfermado, capaz que estando en casa le pasaba igual”. Porque (lo sabemos todos muy bien), no se convence el que no quiere.

Así llegamos a este año, en el que hemos tenido tanta suerte que Maite se ha quedado fuera del sistema educativo. Arreglando horarios, acomodando la vida a ella y haciendo sacrificios Logramos arreglarnos para que se quede con nosotros todo el día, casi todos los días. En las excepciones, la niña pasa tiempo con el resto de la familia, las abuelas encantadas.

Seguiremos haciendo todo lo posible para que Maite no pise un centro educativo hasta marzo del año que viene, que es próximo inicio de cursos en este hemisferio.

¿Y que pasó con aquello que yo pensaba? “La gente” tenía razón. Estamos en el medio del invierno y la niña no ha tenido mas que un poquito de agua-moco un par de días.

Porque a nosotros nos gusta tentar la suerte. Bailamos bajo la lluvia en pleno junio, armamos una huerta con todo el barro que ello implica, y ella colabora con todas las tareas que le gusta hacer, entre las que está llevar leña desde la cochera hasta la estufita del living.

Si, si… sin guardería, la vida nos tiene bichos free.

Manía ¡que manía!

Todos tenemos nuestras cosas. Si, cierto. Listo.

Pero nunca había pensado en que uno puede tener manías desde pequeño. Desde tan pequeño como lo es Maite, que está casi por cumplir 2 años.

Les cuento 3 comportamientos consistentes, los que tiene hace más tiempo:

Si uno la está usando, una puerta va abierta. Abierta del todo. Y si uno no la está usando, va cerrada. Cerrada, cerradísima. Y es un tema que la enoja profundamente. Al punto que muy rápidamente aprendió a poner topes a las puertas que se cierran solas para impedir que lo hagan… quedamos boqueabiertos.

En la misma tónica, las tapas sirven para tapar, señores. Y no para estar ahí, solas en una mesa. Así que donde vea un recipiente de cualquier tipo con su tapa al lado o por las inmediaciones, no descansa hasta que esa tapa queda bien puesta. Y nada de tirarla por arriba o apoyarla despacito. Cerrada, dijo.

Wiiiiiiiiii ¡hamaca! Aunque para esta niña la diversión ya tiene condiciones a cumplir.
Wiiiiiiiiii ¡hamaca!
Aunque para esta niña la diversión ya tiene condiciones a cumplir.

Ama las hamacas. No, perdón: ama las hamacas amarillas. Y de ningún otro color. Hemos visitado plazas de todo tipo, para grandes, para chicos, con distintos tipo de hamacas, muchos, muy variados colores. Pues ella solo se sube a las hamacas amarillas. Aún no le hemos pegado a que no haya una. Siempre (si, ya se, suena imposible pero juro que siempre) hay una hamaca amarilla. Y ella jamás acepta subirse a otra.

Y como estas 3, hay un par mas.

A veces, el padre y yo nos miramos sonriendo y con carita de “awww pero que divertido” y a veces me da la impresión de estar criando una futura desquiciada; dependiendo del humor del día y de la persistencia del mal humor de la niña si alguna de estas cosas se le complican.

Y cuando yo lo cuento, la gente me dice: “ay, si, como no, claro que alguna cosita siempre, eso pasa, se le pasa…” y todo en esos tonos.

Y yo pienso que, después de todo, yo pasé una importante cantidad de años de mi vida sin soportar que los volúmenes de los aparatos que se ponen con número estén en números pares, o caminando por la izquierda de quien me acompañara. Y ahora, con 35 pinos, puedo decirles que se me ha pasado. Pero tengo nuevas.

Todavía no he logrado acordarme al ir al pediatra de preguntarle seriamente por estas cosas. Siempre comentamos alguna a modo de chiste en onda: “ahora está con esto o con aquello”. Pero no le pregunto de verdad.Ya me voy a animar.

Unos centímetros más…

Es dramático como unos centímetros más o unos centímetros menos pueden hacer tanta diferencia. Pero tanta, tanta diferencia.

Porque hasta hace unas semanas, cuando estábamos en 75 centímetros o menos, o algo por ahí, muchas de las mesas o estantes de casa quedaban fuera de la vista de la pequeña de la casa. Todo era muy alto.

Entonces, digamos que la niña estaba jugando con algo con lo que no debía tipo control remoto, lima, marcador permanente, celular de madre o padre, pañuelitos descartables, cortauñas, encendedor, tijera de picos, y por qué seguir si ya sabemos que puede ser cualquier cosa. Ahí entro yo, el adulto responsable. Se lo pido amablemente y puede ser que me lo de o no. Si me lo da, bien; sino, se lo pido menos amablemente. Y de nuevo, si me lo da, bien; si no me lo da se lo quito. Y lo pongo sobre la mesa. Capaz que patalea un ratito (si es que no me entregó el objeto de una), pero como todo el asunto se le va de la vista y hay otras cosas mas a mano para llamarle la atención, todo pasa. O sea que, en 2 minutos, podemos pasar de estar con una motosierra en la mano a que la motosierra esté divinamente sobre la mesa y ella buscando con qué mas jugar.

Pero la nena creció. Y “poner sobre la mesa” deja de ser una solución porque lo mira fijo hasta que se convence de que un buen berrinche vale la pena. Porque ahora la mesa está al alcance.

Y me vienen ganas de llorar. Llegó el momento de otro tipo de soluciones para que no quiera jugar con cosas que no debe agarrar para eso mismo.

Ese otro tipo de soluciones, aún no se me ha ocurrido.

Principalmente, porque estoy ocupadísima viendo qué otras cosas vienen como consecuencia de llegar a los 80 centímetros. Les cuento: metro-jirafa

– Se pega con el borde de la mesa redonda de vidrio del fondo. Si antes pasaba tan bien por abajo… La de chichones que está dejando esto, no tiene nombre.

– Ya no entra acostada en su coche grande para dormir la siesta. Dormir ya es una cuestión de cama o cama.

– Llega cómoda a abrir el cajón de los cubiertos en la cocina. Por favor, basta ya.

–  Llega al estante del escritorio en el que tengo los lapiceros y marcadores y todo el material para dibujar y pintar. Por lo menos las trincheras, tijeras, goma de pegar, lapiceras, acuarelas y óleos los voy a tener que cambiar de lugar. Le dejo las crayolas.

– Cuando se pasa para nuestra cama, si se pone transversalmente, ya no entramos. Así que ya me molesta aunque no me toque la parte de los pies.

Y creo que esta lista podría seguir y seguir. Pero los dejo por acá porque me quedo trancada pensando en un par de pantalones pre-cio-sos que tiene y que ya no se puede poner porque parece Cantinflas.

Salida y sentimientos encontrados

Los padres nos fuimos al teatro un día de semana. Que cogote, ¿no?

Es que me gusta mucho ver teatro y presentaba obra una de mis favoritas del país, Mariana Percovich. Vimos “Algo de Ricardo”, que es una de esas obras de las que no podés evitar hablar un montón una vez que saliste del teatro (a quienes estén en Montevideo se la recontra recomiendo).

Claro que no es actividad ni entorno para la nena de la casa. Un año será un montón en mi cuenta, pero no es suficiente para venirse a disfrutar a la noche con los padres. Así que Maite se quedó con su tía y el salchicha Jacinto, en la casa de mi madre.

Salí tarde para pasar a buscar al maridete y llegar en hora para mantener la reserva en el teatro. Todavía no me acostumbro del todo a dejar a la bebé en horario en los que siempre anda con nosotros, así que preparo y cargo montones de cosas de más.

Camino a lo de mi madre, avisé a mi hermana que iba tarde así que todo iba a ser en minutos. Pensaba dejar a Maite sin entrar a lo de mi madre. En el momento me parecía que una madre tan moderna y progre como yo no iba a tener inconveniente.

Hecho.

Volé. Llegué a lo de mi madre y no habían pasado 2 minutos que ya estaba acelerando de nuevo. Con nada más que un beso a la niña que quedaba bien despierta y sin quejas, con la panza llena de haber cenado y muchos chiches.

Y en el momento ni me enteré. Me sentía contenta y excitada. Tenía muchas ganas de salir con mi maridete y sentirnos pareja.

Pasé a buscar al hombre de la casa, marchamos al teatro. Conversamos, levantamos los ticket de reserva, saludamos a gente conocida y de repente, zas: veo tintinear el celular. mensaje de mi hermana.

Divina, mi hermana. Manda 3 videos, uno atrás del otro. Maite pasando bomba, Maite muerta de la risa, Maite acariciando al salchicha y matándose de la risa. Y fotos. Maite sacando la lengua, Maite muerta de la risa, selfie de mi hermana y Maite.

Ustedes piensan: ¿y? Si estaba todo más que bien, ¿de qué viene este post?

¡Que me muero de alegría por un lado y se me cae una lasquita del corazón por el otro! Si, si, estoy feliz de poder tener vida, salir, pasar lindo y saber que mi hija está bien sin mi. Me deja super tranquila saber que ella no necesita estar siempre conmigo para divertirse. Me encanta saber que tengo en quienes confiar para cuidarla porque ella se siente cómoda con otras personas.

A ver si se dan cuenta de mi problema; repito: mi hija está bien sin mi, no necesita estar conmigo.

Y eso es bueno. Pero por alguna razón (la cantidad de años de opresión masculina, la sociedad que te dice que no podés tener vida porque si no sos #malamadre, los mayores que te miran torcido porque era de noche entre semana y vos en el teatro…) también me pone un poco triste.

Y claro, el maridete que me dice: “Maite está bien de bien, ¿qué más querés?”. Quiero eso y la certeza de que me necesita igual. Porque soy madre trabajadora en el siglo XXI.

Y me parto al medio de tan gata flora que soy. ¡Que cantidad de sentimientos encontrados! ¿Cómo se hace para que se vaya esa sensación tan entreverada?