La nena no me come

Están esos días que se me va la cadena con todo.

Podría echarle la culpa al embarazo y las hormonas y la mar en coche, pero creo que sería mentira. Me parece que en condiciones normales la paciencia con este temita se me acabaría igual, cualquier día sin sentido. Como hoy.

Yo ya les he contado que Maite y la alimentación no son moco de pavo.

En resumidas cuentas, ella comía cualquier cosa que le ofreciéramos, hasta un poquito antes de los dos años. De a poco empezó a decir “no” a las carnes (pescado, vacuna, pollo, cerdo), a los purés de cualquier vegetal que se les ocurra, a las salsas, de quesos o vegetales. Y hasta se negó a tomar agua. Ahora vive en base a (¡atención!): yogur, maní, fideos, manzana, choclo y bizcochuelo o galletas. Vean que no digo que volvió a tomar agua, porque no lo hizo. Le damos rebajando el yogur y (ahora en verano), con un despiadado uso del hielo.

Como ya han pasado casi dos años de esta locura, se imaginan que hemos pasado por todo tipo de etapas. La preocupación con locura, la preocupación con enfoque médico (con exámenes incluidos a ver como iban sus valores nutricionales), la preocupación pero que no se note, la preocupación con incapacidad de acción, la preocupación absolutamente rendida, la preocupación bloguera de “voy a probar cualquier cosa que no sea violenta a ver si funciona”.

Así, tuve una época en la que todos los días le preparaba platos variadísimos en colores, sabores y texturas que ella se negaba a tocar, otra en la que hacía formitas, incluimos el juego a la hora de la comida, empezamos las historias y ficciones relacionadas con comer y crecer… dos años es mucho tiempo.

Nada. Bueno.. marido no me deja mentir, muy poco hemos logrado. De vez en cuando te agarra un pan con queso, muy mas de vez en cuando te acepta una tortita que es de naranja o zanahoria. Muy de vez en cuando agarra una papa frita, hemos logrado pasar ravioli de verdura haciendo de “fideos”. Incorporó con un gusto bárbaro el chocolate amargo y a veces le da un par de cucharadas al helado.

Aún no hemos pasado y nos resistimos a pasar a la ofensiva violenta. No hemos probado aquello de “no te levantás hasta que no termines” o la de ofrecerle el mismo plato de comida por tres días hasta que lo trague. Seguimos queriendo evtiar que la comida se transforme en una tortura medieval.

Pero… peeeeeeeeero… están esos días en los que pierdo la cabeza y me dan ganas de meterle los fideítos de albahaca con aceite de oliva y queso por las orejas. Porque tengo ganas de dejar de pensar del todo en este tema como una preocupación.

Aunque la pediatra me siga insistiendo en que, según las muestras de sangre y todo, no le faltan nutrientes, no está anémica, la glicemia está perfecta. No le falla nada. No se enfermó de nada más que un solo resfriado muy leve en todo el año pasado, su curva de crecimiento sigue el mismo camino perfectamente paralelo a la linea verde en su percentil 15. Pero ¿cómo hace esta chiquilina? ¿Se despierta de madrugada y atraca la heladera sin que nos demos cuenta? Quiero dejar de pensar en esto.

Estando en este momento de embarazo con presión alta, en el que tanto marido como yo pasamos cocinando y muy saludable, porque es la manera de que todo siga bien, no entiendo como no toma el ejemplo. Nos mira, le ofrezcamos o no, y afirma bien segura de sí misma que “tal cosa” no le gusta. Y sigue campante.

Y a mi me sigue dando vuelta en la cabeza las preguntas que me parten al medio: ¿será que estamos haciedo algo mal? ¿Qué es? ¿Cómo salgo de esto?

O sea, en serio, ¿cómo salgo de esto?

Canción y aprendizaje

Una tarde tranquila, en casa, poco después del cumple 3 de Maite, ordenando el relajo de juguetes. Le regalaron música que no conocemos, así que le di play a un CD y seguimos en la misma; pensando en nada importante, poniendo cosas en su lugar, de vez en cuando moviendo la cabeza al ritmo de la melodía y todo, prestando atención a las palabras de a ratos.

Llegamos a una canción que conocemos, que el Mestre Papanata cantó en el cumpleaños y que a la niña le gustó de primera. No le presté especial atención, porque me pareció obvio que ya iba a tener tiempo de escucharla cuatrocientas mil veces hasta aprenderla todita de memoria. Efectivamente,no había pasado ni un mes, y ya la canto hasta cuando me baño, es lo que suena camino al centro educativo, y es una de las niña la canta mientras juega.

Así que, mientras estiraba el acolchado escuché el final de la primer estrofa que dice: “De estar acá/ de estar acá con vos/lo más lindo es contar con vos”. Me pareció super tierno. Así que cuando terminaba la segunda estrofa, canté bajito.

Como es música bien hecha, además de sonar bien dice algo. Por lo que ese segundo estribillo cambiaba una palabrita: “De jugar acá / jugar acá con vos/ lo más lindo es contar con vos”. Y cuando termina la tercer estrofa cambia de nuevo y dice “crecer”: “De crecer acá / crecer acá con vos / lo más lindo es contar con vos” Precioso.

A esta altura yo ya había dejado de hacer cosas y estaba parada escuchando la canción.

El cuarto estribillo habla de subirse a una hamaca verde. Y, en lugar del esperado fin de estribillo, dice “Dejá nomás / dejá que me hamaco yo / Lo más lindo es contar con vos”.

Nudo en la garganta. No se cual de todas las ideas que se me vinieron a la cabeza en esa décima de segundo  hizo que se me humedecieran los ojos: independencia, crecimiento, autonomía. O las hormonas. Digamos las hormonas.

La niña de ¡ya 3 años! sintió algo raro, me miró y preguntó: “¿Qué pasa, mamá?”

Enorme ella. Vestida con ropa que eligió sola, juntando sus juguetes, dirigiéndose a mi claramente. El nudo en la garganta me dejó sin aire por unos segundos.

papanata.jpg
Lo fuimos a ver en una presentación en un lugar chiquito y acogedor. Maite lo amó.

Ni una epifanía que recuerde antes de ser madre. Ahora tengo una que recuerdo vívidamente y estaba viviendo la segunda. Entendí que va a crecer y que no la puedo parar. Y que se va a querer hamacar sola. Y que lo importante es que pueda contar conmigo como compañía, soporte, y fuente de amor incondicional. Porque algunas cosas parecen opuestos pero no lo son, como independencia y necesidad de apoyo.

No les voy a mentir; me llevó unas cuantas escuchas eliminar el nudito en la garganta cuando llega esta parte de la canción. Digo, a esta altura la escuchamos tantas veces que ni gracia.

Ahora ya es de esas canciones que me pone feliz que Maite cante, y cruzo los dedos para que vaya entendiendo de a poco lo que está cantando. Ojalá a las dos nos ayude en la idea de dejarla crecer.

De a poquito, cada día mas

Ah si el título podría hacer referencia al amor que me genera esta niña. Todos los días, un poquito más.

Pero se trata de independencia. Les cuento algunas cosas que Maite hace en casa, por iniciativa propia o a pedido.

Bueno, si. Es incluso más que la paulatina independencia para ella, que va ganando autonomía, y para mi, que puedo mirarla hacer mientras ocupo mis manos en otra cosa.

Es también comenzar a ser parte activa de las actividades de la casa, que pueda sentirse constructora de nuestra vida cotidiana; y no sólo mirar mientras los padres le resolvemos todo. Es ir desarrollando habilidades al ritmo que quiera  y sumando cosas que “yo puedo, mamá”. Es ir trabajando el sentido de la responsabilidad por las cosas de uno y las colectivas.

No se si tengo que aclarar esto pero ahí va: no es “mirá esta turra que no se para a arreglarle el zapato que se le salió a la nena”. Es más, cuando si me acerco, me recibe un “salí, mamá” o “pará”. Cuando quiere mi ayuda, la pide.

Les cuento unos ejemplos que les recomiendo para todo infante de casi 3 años:

1. Ayudar a servir y levantar la mesa para las comidas, desde el desayuno a la cena. Cada vez que en esta casa se arma una mesa para comer, ella lleva, por lo menos, sus utensillos (plato, cubiertos y vaso). Le copa poner el mantel.

2. Entrar por lo menos una bolsa o bolso livianito cada vez que llegamos a casa, desde donde sea. La básica es llevar su mochila personal, como también le dicen en el centro educativo. Así que Maite ya tiene incorporada su mochi y la pide. Esto es (claro), cuando no llega dormida o recontra mil cansada.maite y mochi

mm.jpg
Maite y mochila. Así entra y sale del centro de educación infantil.

3. El ciclo de la ropa. Ponerse/sacarse ropa y similares (bajarse y sacarse la ropa de la cintura para abajo cuando va al baño). Le encanta. Creo que lo que mas disfruta es dejar la ropa para lavar en su cesto de ovejita. Ah si… buenísimo 😮 Aunque todavía le cuesta muchísimo hacer las cosas de la cintura para arriba, mas ahora que se viene el momento de buzos y camisetas de manga larga. Además, el juego de desvestirse y vestirse le despertó las ganas de elegir qué se pone, sobre todo cuando estamos en la parte de doblar la ropa para guardarla una vez que está limpia. Queviasé…

4. Juntar sus chiches. Funciona tan intermitentemente que es como el recordatorio constante de que hay cosas en la vida que son una ruleta. Yo insisto siempre. A veces sale, a veces, no. Ta.

También hace algunas otras cositas a veces, como arrimarse a cocinar o querer pasar un trapo con cera por los muebles de madera cuando uno está en eso. O todo lo referente a su higiene personal (limpiarse la cola cuando va al baño, cepillarse los dientes, enjabonarse en la ducha). Regar, claro que si, muchas veces quiere.

Momento. Están todas esas cosas que hace que… uffff… le digo que no. Digamos, abrir caramelos, prender el lavarropas (sin importar si tiene algo adentro) y cambiarse los zapatos. Bueno, con cambiarse los zapatos a veces si, a veces no.

Claro que todo lo que ella hace lleva mas tiempo, a veces termina en desastre…  mejor dicho, es algo que hace una persona que no hace ni 3 años que vino al mundo y que está aprendiendo todo, así que puede resultar en cualquier cosa. Hay que tener paciencia… a veces mucha. Mucha.

Ni siquiera les puedo poner los links a todos los posts que me enseñan que la maternidad es aprender a ser paciente. Mil veces.

Mamá no usa pañal

Estamos en ese momento, Maite no usa más pañales. Estamos en etapa “de muy de vez en cuando para dormir en la noche”.

En el proceso, lo que mas ha divertido y motivado a la niña es compartir que ella ahora es como la mayoría de las personas que la rodean (y de las cosas). Porque, como me imagino que ustedes suponen, “Papá no usa pañal”, “Timbó (el perro) no usa pañal”, “Puchito (un gato que no logra olvidar) no usa pañal”, “Muñeca Sol no usa pañal”; “baldosa no usa pañal”, “silla no usa pañal”, “buzo no usa pañal” y todo así hasta “pelela no usa pañal”.

Y en esto se nos iban los minutos las veces que iba a la pelela pero no hacía nada. Ella deja de hablar en muy pocas ocasiones. De nada sirve decirle “pero la pileta no hace pichí” o “la biblioteca no va el baño”. Para ella parece ser importantísimo nombrar todo lo que ahora está en el mismo mundo pañal-free que ella.

Durante los primeros días le llamó mucho la atención cómo hacíamos nuestras cosas el padre y yo, así que cada vez que íbamos al baño ella se paraba a mirar y nombrar las etapas: “ahora nos sentamos en el wáter, ahora hacemos pichí ,ahora nos limpiamos la cola…” y todo así. Si, no es joda eso de que deja de hablar en pocas ocasiones.

Como a esta altura de la joda es casi experta, hace todo sola salvo la parte de limpiarse, ya no le causa curiosidad y nos deja en paz. Salvo algunas pocas veces.

Y llegó esa vez en la que se le ocurrió ir a mirarme y yo estaba menstruando. Me vio el paño higiénico en la mano y los ojos se le pusieron como platos. Me observó atentamente mientras yo lo pegaba en la bombacha. La pobre piba no acreditaba. Sin pestañear, pasó la mirada del paño a mis ojos y me dijo bien lento, como pensando “ma má u sa pa ñal”.

Y se quedó helada. No se si estaba repasando en su cabecita todas las veces que me había visto en ropa interior, concentrándose en el detalle de mi “pañal”, si estaba buscando otro elemento que desmintiera lo que veía, si estaba formando alguna idea al respecto. Pero su mirada duró varios segundos. Capaz que esperaba que yo desmintiera, que le dijera loca.

Mi mente hacía otro tanto, intentando decidir si le decía que no era un pañal o qué. Si-no-si-no-si-no-quéhagoahora-cantopañal, ledigocualquiercosa-si-no-confirmo-desmiento.

Al final opté por lo de siempre, por la segura, explicarle la situación aunque no me entienda nada: “Naaaaaa Mamá no usa pañal. Es un paño higiénico porque estoy menstruando. Pero tranqui que no, pañal no.” Se rió aún algo en pausa, creo que sopesando para que lado de la contradicción se le iba la balanza.

Mientras me levantaba del water y me subía la bombacha, agregué: “¡Mirá si mamá va a usar pañal! Bueno, capaz que a veces para dormir, como Maite”. Y me bajé la pollera.

Capaz que fue el verme parada sin que se notara paño ni pañal, capaz que fue el tono, capaz que fue porque ya hacía dos minutos que estábamos en el tema y la atención se le fue para otro lado; se dio media vuelta y se fue.

Por unos segundos me quedé pensando en la posibilidad de que se le ocurriera ponerse un pañal, pero para cuando terminé de lavarme las manos ya estaba convencida de que ya había sido todo.

Las siguientes veces que fui al baño me siguió de cerca.

Hoy, mientras me cambiaba de ropa, vino corriendo. Se paró adelante mio, me miró, dio vuelta, me miró la cola. “¿Mamá usa pañal? Naaaaaaa”,  dijo divertida. Y se fue como vino,  a seguir armando torres.

Madre en las difíciles también

Que el ser madre no para nunca, no para.

Incluso en esos momentos en los que te pasan cosas que te dejarían llorando tirada en una cama por horas (ja, horas… días). Porque cuando la desgracia golpea a la puerta, no le interesa preguntarte si tenés tiempo para dedicarle.

¿Qué ha pasado? No viene al caso. Alguien amado está pasando muy mal y eso es mas que dato suficiente.

El tema es que no se me había ocurrido hasta ahora que iba a tener que aprender como hacer con la niña hermosa de 2 años que vive en esta casa en una circunstancia como la que nos ha tocado. ¿Cómo se juega a tomar el té cuando uno tiene ganas de llorar? ¿Qué hacer cuando ella sigue teniendo todas sus necesidades de siempre y uno pasaría los días sin comer ni una sola cosa hecha en casa?

No es menor que esta niña este año no vaya a jardín, porque eso quiere decir que está todos los días con nosotros. Si, sus padres, los que estamos pasando por una situación angustiante. Les recuerdo que, en realidad, pasa la mayor parte del día con su papá, que es quien anda con mas que motivos para estar triste.

¿Y qué vengo aprendiendo? Para arrancar voy confirmado cosas que no son nuevas.

Aquello de que los niños son “esponjas”. Si, Maite capta la tristeza y la tensión en el ambiente aunque nos esmeremos con toda la polenta posible para que eso no pase. Está más mimosa que nunca, más demandante que nunca, un poco más bebé de lo habitual. Se le ha dado por colechar de 2 am en adelante; que no es muy propio de ella, que siempre prefirió su cuarto y su cama.

Entonces, ¿qué cosas nuevas he aprendido viviendo esta experiencia?

  • Hay que hacer el mayor esfuerzo posible para que la niña siga con su rutina. Que nosotros cambiemos nuestras horas de todo para conjugarlos con los inconvenientes horarios para los informes médicos de un hospital (¿de 12 a 13:30? ¿En serio?) no puede terminar en que la peque no almuerce porque no te agarra un plato de nada si llegamos a las 2 de la tarde. Y así con todo lo demás.
  • Una que les va a parecer obvia pero no es tan fácil: del tema que nos preocupa se habla solo sin ella presente. No importa que tenga 2 años, no importa que “no entienda nada” de los detalles de lo que hablamos. Expresar con palabras lo que uno siente deja en el aire los sentiemientos. Díganme hippie, piensen que es muy new age. Los niños captan TODO.
  • Es fundamental dar el amor que reclama. Creo que es esto lo que la convence que el asunto no es con ella, que la tristeza o el mal humor por lo injusta que es la vida no hacen mella en lo que sentimos en esta casa los unos por los otros. Abrazos, mimos, colecho, besos… ilimitados.
  • En cualquier minuto sobrante de un día hay que encontrar para hacer algo lindo, compartir un momento de distracción. Cualquier cosa que a la niña le guste, mejor: ir a alguna plaza nueva (en la que no conozcamos a nadie), pasear por un vivero y llevarse una florcita para casa, caminar por la calle hasta el autoservicio de la vuelta contando los ladridos de perro o siguiendo un caminito de hormigas. Y si el día está feo, pintar, dibujar, prender fueguito en la estufa, tirar el colchón en el piso del cuarto y hacer volteretas.

Creo que, de rebote, todo esto mejora como se siente uno mismo. Porque también estoy aprendiendo que hay que pegarse y contagiarse de la alegría y la sorpresa que se dan tan naturalmente a los 2 años. Estoy empezando a creer que dejarme llevar por Maite en el día a día es lo que mejor me hace, lo que más me distrae, lo que creo que cura.

Poque separarlos del mundo y evitar todo sufrimiento es imposile, ¿no? Para ellos y para nuestros amados. Que lindo sería…

Manía ¡que manía!

Todos tenemos nuestras cosas. Si, cierto. Listo.

Pero nunca había pensado en que uno puede tener manías desde pequeño. Desde tan pequeño como lo es Maite, que está casi por cumplir 2 años.

Les cuento 3 comportamientos consistentes, los que tiene hace más tiempo:

Si uno la está usando, una puerta va abierta. Abierta del todo. Y si uno no la está usando, va cerrada. Cerrada, cerradísima. Y es un tema que la enoja profundamente. Al punto que muy rápidamente aprendió a poner topes a las puertas que se cierran solas para impedir que lo hagan… quedamos boqueabiertos.

En la misma tónica, las tapas sirven para tapar, señores. Y no para estar ahí, solas en una mesa. Así que donde vea un recipiente de cualquier tipo con su tapa al lado o por las inmediaciones, no descansa hasta que esa tapa queda bien puesta. Y nada de tirarla por arriba o apoyarla despacito. Cerrada, dijo.

Wiiiiiiiiii ¡hamaca! Aunque para esta niña la diversión ya tiene condiciones a cumplir.
Wiiiiiiiiii ¡hamaca!
Aunque para esta niña la diversión ya tiene condiciones a cumplir.

Ama las hamacas. No, perdón: ama las hamacas amarillas. Y de ningún otro color. Hemos visitado plazas de todo tipo, para grandes, para chicos, con distintos tipo de hamacas, muchos, muy variados colores. Pues ella solo se sube a las hamacas amarillas. Aún no le hemos pegado a que no haya una. Siempre (si, ya se, suena imposible pero juro que siempre) hay una hamaca amarilla. Y ella jamás acepta subirse a otra.

Y como estas 3, hay un par mas.

A veces, el padre y yo nos miramos sonriendo y con carita de “awww pero que divertido” y a veces me da la impresión de estar criando una futura desquiciada; dependiendo del humor del día y de la persistencia del mal humor de la niña si alguna de estas cosas se le complican.

Y cuando yo lo cuento, la gente me dice: “ay, si, como no, claro que alguna cosita siempre, eso pasa, se le pasa…” y todo en esos tonos.

Y yo pienso que, después de todo, yo pasé una importante cantidad de años de mi vida sin soportar que los volúmenes de los aparatos que se ponen con número estén en números pares, o caminando por la izquierda de quien me acompañara. Y ahora, con 35 pinos, puedo decirles que se me ha pasado. Pero tengo nuevas.

Todavía no he logrado acordarme al ir al pediatra de preguntarle seriamente por estas cosas. Siempre comentamos alguna a modo de chiste en onda: “ahora está con esto o con aquello”. Pero no le pregunto de verdad.Ya me voy a animar.

Unos centímetros más…

Es dramático como unos centímetros más o unos centímetros menos pueden hacer tanta diferencia. Pero tanta, tanta diferencia.

Porque hasta hace unas semanas, cuando estábamos en 75 centímetros o menos, o algo por ahí, muchas de las mesas o estantes de casa quedaban fuera de la vista de la pequeña de la casa. Todo era muy alto.

Entonces, digamos que la niña estaba jugando con algo con lo que no debía tipo control remoto, lima, marcador permanente, celular de madre o padre, pañuelitos descartables, cortauñas, encendedor, tijera de picos, y por qué seguir si ya sabemos que puede ser cualquier cosa. Ahí entro yo, el adulto responsable. Se lo pido amablemente y puede ser que me lo de o no. Si me lo da, bien; sino, se lo pido menos amablemente. Y de nuevo, si me lo da, bien; si no me lo da se lo quito. Y lo pongo sobre la mesa. Capaz que patalea un ratito (si es que no me entregó el objeto de una), pero como todo el asunto se le va de la vista y hay otras cosas mas a mano para llamarle la atención, todo pasa. O sea que, en 2 minutos, podemos pasar de estar con una motosierra en la mano a que la motosierra esté divinamente sobre la mesa y ella buscando con qué mas jugar.

Pero la nena creció. Y “poner sobre la mesa” deja de ser una solución porque lo mira fijo hasta que se convence de que un buen berrinche vale la pena. Porque ahora la mesa está al alcance.

Y me vienen ganas de llorar. Llegó el momento de otro tipo de soluciones para que no quiera jugar con cosas que no debe agarrar para eso mismo.

Ese otro tipo de soluciones, aún no se me ha ocurrido.

Principalmente, porque estoy ocupadísima viendo qué otras cosas vienen como consecuencia de llegar a los 80 centímetros. Les cuento: metro-jirafa

– Se pega con el borde de la mesa redonda de vidrio del fondo. Si antes pasaba tan bien por abajo… La de chichones que está dejando esto, no tiene nombre.

– Ya no entra acostada en su coche grande para dormir la siesta. Dormir ya es una cuestión de cama o cama.

– Llega cómoda a abrir el cajón de los cubiertos en la cocina. Por favor, basta ya.

–  Llega al estante del escritorio en el que tengo los lapiceros y marcadores y todo el material para dibujar y pintar. Por lo menos las trincheras, tijeras, goma de pegar, lapiceras, acuarelas y óleos los voy a tener que cambiar de lugar. Le dejo las crayolas.

– Cuando se pasa para nuestra cama, si se pone transversalmente, ya no entramos. Así que ya me molesta aunque no me toque la parte de los pies.

Y creo que esta lista podría seguir y seguir. Pero los dejo por acá porque me quedo trancada pensando en un par de pantalones pre-cio-sos que tiene y que ya no se puede poner porque parece Cantinflas.