Inevitable

Este post lo motiva la cantidad y calidad de los comentarios recibidos con la foto que les comparto acá abajo:

rodilla

Mi hija se lastimó las rodillas. Cascarita gruesa, así que asumo que en el momento lloró y le salió sangre. Sé que la calmaron lo mas bien porque, cuando la fui a buscar a la salida, ella estaba como siempre. Me comentaron que fue en el patio (que es grande, tiene muchos juegos y es amado por Maite).

No, no tengo el detalle. La niña tiene 2 años, corretea feliz de un lado para el otro por pasto, tierra y pavimento junto con otros tantos niños. Se va a caer. Ninguna persona en el mundo puede estar tan arriba de un grupo de niños como para evitar esto.

Queda claro que pienso que el “¿Y dónde estaba la maestra?”  no tiene sentido ¿no? Puede haber estado parada justito al lado. Me imagino a Maite agarrada a algún juguete amarillo (los rescata de todos lados) y corriendo como loca desde/hacia un tobogán. Y haciendo eso de lunes a viernes… se va a caer, mas de una vez, seguramente.

Confío en que alguna de las maestras estaba cerca y mirando, confío en las personas a las que les dejo mi hija. Estoy segura que Maite fue contenida apropiadamente porque mientras nos íbamos, atravesando el patio, la conversación fue como siempre.

Pero tengo que preguntarme ¿qué le exigimos a los centros educativos? O, mejor dicho ¿qué necesidad de encontrar un responsable? ¿Confío en cómo esas personas manejan la información? O, mejor dicho ¿qué ganaba nadie enterándome yo en el momento, que Maite se había caído en el patio y se había raspado las rodillas?

¿Yo estoy muy descuidada? ¿Poco exigente? Pero si no, ¿en qué momento ella aprende a confiar en otros? ¿Cuando va aprendiendo a solucionar sus cosas sin que los padres salgamos al rescate, o corriendo a dar un beso sanador?

Para mi, así está bien. La niña se cayó jugando, se raspó, fue contenida, me enteré en la puerta del salón. Le pregunté en el auto y me habló de otra cosa.

Y ya fue. No puedo hacer de una caída un mundo.

Anuncios

Mamá no usa pañal

Estamos en ese momento, Maite no usa más pañales. Estamos en etapa “de muy de vez en cuando para dormir en la noche”.

En el proceso, lo que mas ha divertido y motivado a la niña es compartir que ella ahora es como la mayoría de las personas que la rodean (y de las cosas). Porque, como me imagino que ustedes suponen, “Papá no usa pañal”, “Timbó (el perro) no usa pañal”, “Puchito (un gato que no logra olvidar) no usa pañal”, “Muñeca Sol no usa pañal”; “baldosa no usa pañal”, “silla no usa pañal”, “buzo no usa pañal” y todo así hasta “pelela no usa pañal”.

Y en esto se nos iban los minutos las veces que iba a la pelela pero no hacía nada. Ella deja de hablar en muy pocas ocasiones. De nada sirve decirle “pero la pileta no hace pichí” o “la biblioteca no va el baño”. Para ella parece ser importantísimo nombrar todo lo que ahora está en el mismo mundo pañal-free que ella.

Durante los primeros días le llamó mucho la atención cómo hacíamos nuestras cosas el padre y yo, así que cada vez que íbamos al baño ella se paraba a mirar y nombrar las etapas: “ahora nos sentamos en el wáter, ahora hacemos pichí ,ahora nos limpiamos la cola…” y todo así. Si, no es joda eso de que deja de hablar en pocas ocasiones.

Como a esta altura de la joda es casi experta, hace todo sola salvo la parte de limpiarse, ya no le causa curiosidad y nos deja en paz. Salvo algunas pocas veces.

Y llegó esa vez en la que se le ocurrió ir a mirarme y yo estaba menstruando. Me vio el paño higiénico en la mano y los ojos se le pusieron como platos. Me observó atentamente mientras yo lo pegaba en la bombacha. La pobre piba no acreditaba. Sin pestañear, pasó la mirada del paño a mis ojos y me dijo bien lento, como pensando “ma má u sa pa ñal”.

Y se quedó helada. No se si estaba repasando en su cabecita todas las veces que me había visto en ropa interior, concentrándose en el detalle de mi “pañal”, si estaba buscando otro elemento que desmintiera lo que veía, si estaba formando alguna idea al respecto. Pero su mirada duró varios segundos. Capaz que esperaba que yo desmintiera, que le dijera loca.

Mi mente hacía otro tanto, intentando decidir si le decía que no era un pañal o qué. Si-no-si-no-si-no-quéhagoahora-cantopañal, ledigocualquiercosa-si-no-confirmo-desmiento.

Al final opté por lo de siempre, por la segura, explicarle la situación aunque no me entienda nada: “Naaaaaa Mamá no usa pañal. Es un paño higiénico porque estoy menstruando. Pero tranqui que no, pañal no.” Se rió aún algo en pausa, creo que sopesando para que lado de la contradicción se le iba la balanza.

Mientras me levantaba del water y me subía la bombacha, agregué: “¡Mirá si mamá va a usar pañal! Bueno, capaz que a veces para dormir, como Maite”. Y me bajé la pollera.

Capaz que fue el verme parada sin que se notara paño ni pañal, capaz que fue el tono, capaz que fue porque ya hacía dos minutos que estábamos en el tema y la atención se le fue para otro lado; se dio media vuelta y se fue.

Por unos segundos me quedé pensando en la posibilidad de que se le ocurriera ponerse un pañal, pero para cuando terminé de lavarme las manos ya estaba convencida de que ya había sido todo.

Las siguientes veces que fui al baño me siguió de cerca.

Hoy, mientras me cambiaba de ropa, vino corriendo. Se paró adelante mio, me miró, dio vuelta, me miró la cola. “¿Mamá usa pañal? Naaaaaaa”,  dijo divertida. Y se fue como vino,  a seguir armando torres.

Política de la casa

Si, la maternidad también es política.

No hay dudas que Maite, con sus 2 años, tiene su libertad y sus posibilidades limitadas por lo que el padre y yo decidamos, permitamos, hagamos, accedamos, elijamos o querramos. Ella no decide ni sobre su corte de pelo aún. No decidió si ponerse o no caravanas, que ropa usó en sus propios cumpleaños, que comidas y bebidas están permitidas, entre qué rango de juguetes elije, qué lugares visita… y ven que la lista es interminable.

Para llegar a esa conclusión me sirvió mucho aceptar la idea de ser quien tiene el poder en una relación. Hay que ser consciente del papel de cada uno. Maite tiene 2 años y monedas. Las opciones las tenemos los adultos. Y la responsabilidad por las decisiones también.

Somos 2 adultos. Dos. Hay que negociar.

Desde el nacimiento de Maite, con el maridete acordamos que somos un bloque unido. Cualquier diferencia de criterio se arregla puertas (del dormitorio grande) adentro; a la niña, las cosas claras.

Queremos que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.
El objetivo es que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.

La idea con esto es evitarle a la chiquilina la confusión de tener que negociar con nosotros de a uno en las reglas básicas. Y ya de paso, nosotros nos sentimos acompañados y mas seguros de nuestras decisiones. El tener que conversar para marcarle la cancha a la niña nos obliga, además, a pensar en voz alta lo que estamos haciendo y los límites que marcamos. Y en el barrio en el que yo vivo, reflexionar sobre la práctica nunca es malo.

Pero claro, la niña recién tiene un poco más de 2 años. Estos vaivenes recién empiezan.

Aunque la vida cotidiana te pone a prueba en todo momento. ¿Es hora de mirar la tele? ¿Le doy yogur o dejo que le crezca el hambre para la cena? ¿Le alcanzo el chupetín que vio arriba de la mesa o me banco el llanto quejoso que tanto odio? ¿La miro de lejos para ver hasta donde llega o le marco el límite en tal actividad? ¿La dejo ir a la cama sin lavarse los dientes “solo por hoy”? Y todo así.

Porque lo que esta niña aprende es lo que hace y no hace todos los días. Y las diferencias de criterio entre dos personas que nos conocemos y nos amamos hace mas de una docena de años no van a saltar mucho en los grandes temas. Esos los tenemos conversados o ni siquiera fue necesario. O están sobre la mesa desde que soñamos con tener una hija.

Para los que vayan por este camino, les tiro un par de piques que voy aprendiendo hasta ahora:

  • Si en el momento de tomar acción sobre una cuestión, nuestra pareja toma otra opción que no es la que hubiésemos escogido, hay que bancarla. Como mucho, algún sutil comentario de “¿te parece?”, pero nada mas. Comer un chupetín de mas, acostarse media hora antes o después, hacer alguna cosa puntual, no le va a cambiar la vida a la niña. Sin embargo, discutir adelante de ella si la decisión que toma uno está bien o no, no suma nunca. Ya habrá momento para hablar entre adultos.
  • El que toma acción decide. El que hace, tiene el poder. El que está, se la banca. Y cuando estamos los dos, uno puede hacer algo y el otro encaminarlo (después de intercambiar esas miradas que se dicen todo sin necesidad de usar palabras) sin desdecir a quien actuó primero.
  • Todo se negocia y es fundamental elegir las batallas. Nadie las puede ganas todas.
  • Nunca, nunca, nunca, abandonar el diálogo con la pareja. Las decisiones tienen que ser tomadas porque la niña no va a esperar para hacer surgir cualquiera-sea-el-tema de nuevo.

Y hasta por acá vamos. Aún estamos en la parte fácil, no pide mucha cosa, lo peor de ponerle un límite es fumarse algún berrinche. Pero todo esto es nuevo…

Si seguimos así… ustedes dicen que ¿seguimos bien?

(*) La imagen destacada es una ilustración de Liniers

The apple doesn’t fall far from the tree

Maite es hija de su padre…y de su madre… y se le nota.

Yo soy de esa gente que prefiere esconderse abajo de una roca antes de enfrentar una conversación informal con gente que conozco poco, de esas personas que dejan de ir a actividades sociales por pura vergüenza. Porque una vez que estoy en el ruedo me juegan los nervios; me río mas fuerte, hablo mas fuerte, digo pavadas sin parar. Me pongo nerviosa, lo se porque me sudan las manos y me palpita el corazón. Y porque digo cosas que no quiero.

La gente que me conoce en mi trabajo diría: “nada que ver”. Si, señoras y señores. Las personas como yo funcionamos muy bien si tenemos un rol claro (que es lo que me pasa en el trabajo). Pero en la vida real, la cantidad de cumpleaños/asados/fiestas que me he perdido no las puedo ni contar. Pregúntenle a mi pobre maridete, que se las ha fumado todas. Nada me pone más incómoda que las personas que conozco “mas o menos”.

Quiero decir, la timidez no es una cosa lineal, simple, sencilla.

Yo soy muy capaz que pararme delante de un grupo de 26 adolescentes y llevar una clase sin inconvenientes, sea o no sea mi materia o mi grupo de estudiantes. Puedo hacerme cargo de un recreo o descanso de 70 niños sin que pase nada grave. Puedo dar una presentación oral o charla sobre lo que sé y no me tiembla el pulso, puedo llevar adelante una reunión de staff y hasta ser simpática en el proceso. Pero me sentás a tomar el té con las maestras y profes fuera del Colegio y soy un cúmulo de desaciertos.

Con todo esto que les cuento: ¿qué soltura quiero exigir a mi hija? ¿Cómo encaro su desarrollo social?

Y no salgan a gritarme que no tengo que preocuparme por eso. Yo quise hacerme la nunca vista y resulta que todo el mundo comenta lo tímida que es Maite. Todo-el-mundo. A un punto tal que el maridete y yo ya casi que habíamos adoptado el mote, diciendo “hola, si, lo que pasa es que se me pega a la pierna y no te va a dar un beso porque es tímida”.

Hasta que (por otros asuntos que les contaré en otro momento) la niña pasó algo de tiempo de recreación con una psicóloga infantil. Esa misma psicóloga, ya lejos del cumpleaños que compartimos, la vio entrar a su oficina y al cabo de una hora de conversación sobre varios temas nos espetó: “esta niña no es muy tímida, no se ni si es algo tímida, pero si veo que tiene comportamientos que son naturales a su edad”.

Plop. Se me cayó la estantería. No me puedo esconder (y ya de paso meterla a ella) en este viaje de “es tímida”.

La conversación con la psicóloga fue hace un par de semanas. Desde entonces que tengo pegándome en la frente desde el lado de adentro de la cabeza, la misma pregunta que ya les hice: ¿cómo encaro el desarrollo emocional/social de esta niña, entonces?

Les juro que pienso y googleo y me bajo manuales en PDF… pero no, como en todas las veces, esto no se resuelve leyendo algo que me da una fórmula. No hay fórmula.

Help.

Si, juego

Les propongo un juego.

No necesitan recursos y se puede empezar y terminar en cualquier momento. Y si bien implica a un adulto y un menor a cargo, la gracia es que uno puede jugar lo mas pancho sin que el mencionado menor a cargo se entere.

Hay que estar en alguna situación cotidiana con un niño / niña de ___ años. Por ejemplo, la querida Maite de 2 años recién cumplidos y yo en el living. Situación:  yo prendo la estufa a leña y me siento a emparejar medias sueltas, ella juega con lo que sea que se trae del cuarto y con lo que sea que encuentre en la sala que estamos.

El objetivo: pasar la mayor cantidad de minutos sin decir “no”.

¿Dejar de reprimir y que la niña haga lo que se le antoje? Ni loca. La idea es poner los mismos límites sin decir esa maldita palabra, buscar alternativas a las 2 letras.

Y les doy algunas opciones:

tal cosa mejor en otro momento / aquello que querés hacer es imposible / podemos hacer eso que te gusta mas tarde / espera por favor / si hacés tal cosa vas a lastimarte de tal manera (o vas a lastimar a tal persona o mascota, o vas a romper esto o aquello) / deja de hacer lo que sea que te hace mal / en lugar de tal cosa hagamos tal otra.

Y hay muchas mas alternativas. Supongo que será cuestión de práctica que a uno le salgan tan fácil como salen otras cosas.

Pero como yo no puedo ser 100% diversión, les aviso que esto no es solo un juego. Uno termina aprendiendo sobre el uso que uno mismo le da a una palabra tan chiquita que pesa tanto. Y uno también puede empezar a ver los efectos que tiene dejar de decir “no”; no solo en el que es reprimido, si no en uno mismo.

Porque, además, lo primero que hace este juego es que te cuestiones si el “no” que vas a decir es necesario, si será un límite que tiene sentido o es simplemente algo que uno quiere en ese momento.

Necesito jugar un poco más antes de contarles mi experiencia. Por ahora, es muy positiva (oooooobvio).

Lo que sea que haga mi hija, seguro que va a recibir tantos “no” en la vida que no los podríamos ni contar. Yo no quiero sumar a eso. Ya les conté que, para mi, el lenguaje que usamos, pesa. Si encima, encuentro una manera de hacerlo que no me cueste, mejor. A ver como me va con esto…

Ustedes, ¿son muy de decir “no”?

Madre machista

Los gringos le pegaron en grande con eso de “the grass is always greener on the other side of the fence”. O sea, casi siempre uno piensa que la vida ajena es mucho mas fácil y linda de lo que es para esa persona. Lo entiendo clarito porque tengo un caso serio.

Aprovechando una casa nueva con buen espacio y la posibilidad de ser un poquito más libres en la planificación laboral, Maite no ha tenido aún este año horas en un centro educativo o guardería. Es decir que, con sus 2 años apenas cumplidos, se las pasa entre el padre y yo todo el día, casi todos los días. En ocasiones especiales queda al cuidado de alguna de sus abuelas o de sus tías y tíos algunas horas.

En ese esquema, yo trabajo de 8 de la mañana a poquito mas de las 4 de la tarde de lunes a viernes. O sea que Maite pasa la mayor parte del día con su padre.

¿Tengo que explicar algo más? Cinco de 7 días a la semana me levanto, me preparo, salgo al trabajo y los dejo a ellos en casa.

Si claro, me siento feliz de la vida porque la niña se queda con el padre y todo el asunto. Encantada con no ser la única al tanto de si la niña almorzó bien y pendiente de que tenga las uñas cortitas. Copada con ser una familia que lleva a la acción esto de la participación igualitaria de madre y padre en la crianza.

Pero buena parte de las mañanas, mientras manejo con el sol saliendo en el espejo retrovisor y algo de música para que la cabeza divague, me nublan la vista cientos de años de dominación masculina. ¿Cómo no soy yo la que se queda, cual Lucy, despidiendo al maridete en la puerta de la cochera, entregándole un maletín a cambio de un beso en la frente?

En esos momentos, por unos minutos se me va la mente en recordar aquellas épocas de licencia maternal, o de medio turno, pasando horas y horas con la chiquita. Compartiendo música, aprendiendo cosas ambas, pasando lindo. Claro que en seguida me acuerdo que ahora tiene 2 y un ánimo de independencia que ni les digo. Y pienso en lo que sería yo, todo el día con ella en casa.

Porque estar casi todo el día con Maite es estar atento a su alimentación, tomarse el tiempo para hacer algunas rutinas, ser referente en la adquisición de hábitos, mantener la higiene, acompañar algunos de sus aprendizajes, ser el que está para poner algunos límites, y muchas cosas más.

Yo estaba la gran parte del día y de los días con la casa y un día si y otro también me sentía abrumada, pasada por una ola gigante, en una tarea que no tiene fin y muy pocas pausas.

Y a pesar de haberme manifestado en contra del machismo reflejo, de esa educación que te dice que nena es rosado y varón es azul, a pesar de pelearme con las imágenes públicas que reproducen la desigualdad de género, me cuesta horrores reconocer todo el trabajo que hace mi amado esposo con nuestra cachorra.

Aunque me parece que tengo bien claro lo que pienso, voy manejando, sintiendo que a mi me gustaría poder estar en casa, armando el mate, organizando una mañana de mandados lentos y juegos con pelota. Porque esa es la imagen ideal que me armo en la cabeza. Sé que lo que está haciendo mi maridete es mucho más, y mucho más importante.

Él es el padre de la criatura y la está criando. Y yo me estoy descubriendo madre machista.

Animarse

¡Me animé!

Le corté unos pelitos largos de la frente a mi hija. Le quedó un lindo cerquillo.

Por algunos segundos, manipulé una tijera a milímetros de la suave piel de mi bebé. Por un segundo me sentí la madre de Los Increíbles; una mezcla entre super heroína, excelente ama de casa y mejor madre. Corté y nadie salió herido.

Creo que hacerle el cerquillo a mi hija me estaba costando tanto por dos motivos. Primero, soy torpe. Está bien dudar de verme con unas tijeras, aunque las uso muy seguido. Segundo, no me había imaginado nunca haciendo esto. Me tomó por sorpresa.

¿Yo cortar el pelo? Y si. Una peluquería sería exagerado, son 3 pelos locos.

Lo que me puso a pensar en qué cosas me tiene haciendo la maternidad que nunca se me hubiesen ocurrido.

Por ejemplo, limpiar cera de un oído que no es mio ¡y con que entusiasmo! Mi hija tuvo otitis una vez, suficiente, muchas gracias.

Hablar de caca ajena como quien discute teoría económica.  Hay información técnica, especulación, opinión basada en la experiencia… todo. Y eso que leí que la gente llegaba a cosas como ésta y me reí pensando que eso a mi no me iba a pasar.

Googlear canciones que son hit en un canal de niños.  Si señores, mi hija y yo bailamos y cantamos en inglés con Hi-5 y los Backyardigans. Desde la panza y hasta ahora Maite ha escuchado muy variada música (nada la duerme mas profundamente que la melodía de “Bank robber” de los Clash), como lo hacemos sus padres. Ahora le sumamos joyas como una buena coreo con el Beaver rap.

No se me había ocurrido que iba a tener ganas de rememorar mi propia infancia. Eso si que no me lo vi venir. Pero ya me he encontrado a mi misma varias veces pensando “¿y a mi quién me llevaba al jardín?” o “¿qué hacían conmigo mis padres los fines de semana?”. Para mi sorpresa, me acuerdo más de lo que he tenido presente.

Y, sin sorpresas, la maternidad me tiene queriendo ser buena persona y mejor ejemplo.

Pero mi aventura recién empieza, Maite apenas pasó el año. ¿Qué cosas han hecho ustedes que les han sorprendido de ustedes mismos?