Quiero colecho

Confieso: algunas veces, la que quiero colechar soy yo.

Obvio que otras veces es el padre y la mayoría de las veces es la niña. La enorme mayoría de las vece es la niña. Y algunas veces no sabemos lo que queremos porque estamos tan cansados que no importa en qué cama, la dormida es en nivel “pérdida de conocimiento”.

Estos días he visto mucho de placas con frases que dicen “si colechás decile chau al sexo” y cosas por el estilo. Eso es una pavada. Si lo querés hacer siempre hay un cuando y donde.

Y lo digo porque día por medio me cruzo con posts sobre el colecho que hablan de las necesidades del niño y lo que quiere el niño. Que está bien, porque después de todo uno colecha porque el niño quiere. En todo el primer año y pico en que la bebé de esta casa quería solo dormir en su cama no se me ocurría proponerle el colecho, salvo en algunas oportunidades (si ella aceptaba). Las veces que yo quería. Las madres también tenemos necesidades.

Pero este mundo te hace sentir culpable. Tanto como insinuar que hay veces que la acuesto en la cama grande sin siquiera probar su cama, solo porque tengo ganas de dormir con ella, y siempre está quien te dice: “¿Por quéeeeeeee?”

Porque ella me abraza cuando duermo, me hace mimos antes de quedarse dormida y demanda otros tantos para ella. A veces se duerme con su cara pegada a mi, y me deja sentir su respiración tan tranquila. Claro que a las dos horas ya se movió hasta quedar destapada y de cabeza, y me comí una patada en el proceso. Pero no importa porque el ritual previo me puede.

Madres amigas, mantengamos la culpa al mínimo. Querer amor nunca está mal. Así que yo lo digo en voz alta y me la banco: a veces soy yo la que quiere colecho.

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Poder de Pooh

Mai tiene un peluchito de Pooh del que no se separa ni dormida. Bueno, justamente, no se separa de él especialmente cuando va a dormirse. Muchos niños tienen bichitos de apego como ella ¿no?

Cuando estaba embarazada, esos días en los que me sentía genial, tenía tiempo libre y pensaba que la maternidad recontra era lo mio, se me dio por buscar información sobre todo tipo de cosas. Una de ellas, los benditos bichitos de apego.

Entre otras cosas, aprendí que es un elemento que hace sentir seguridad y estabilidad, que es la representación de lo conocido y que no es amor a un objeto así como así. Leí que los niños depositan en estos bichitos muchos sentimientos, que los buscan en situaciones desconocidas o que dan miedito porque el contacto con algo suave permite a los niños sentirse protegidos. Me di cuenta que estaba bien si Maite quería tener uno y que también estaba bien si Maite decidía que ella tendría bichitos rotativos. O ninguno.

Así que siguiendo las instrucciones de alguna persona bien avispada y con mas experiencia que la mayoría, seguí las instrucciones que me parecieron acertadas:

  1. elegir un bichito suave y pequeño
  2. si pensamos en que le dure hasta que lo arrastre por todos lados, que no tenga colores blanco o pasteles
  3. TENER MAS DE UNO, porque el día que ese bichito cumpla con su cometido de ser “de apego”, no vas a querer que falte sin aviso

Y por supuesto que eso que leyeron en el mayúsculas es la joda de este post.

La primera vez hice bien los deberes. La tía de la niña le regaló un osito/mantita que era un amor. Un amor de verdad. Casi me lo agarro yo para dormirme con automimos. Busqué otro igual, lo compré y listo.

Ella eligió otra cosa, obvio.

Ella eligió a un peluchito de Winnie the Pooh. Divino, fácil de llevar gracias a su tamaño. Adorado porque vino de unos amigos con los que Maite juega  y que queremos mucho. Hay uno solo.

Así está siempre, no hay lavado,  producto o proceso que le saquen el aspecto reventado. Cuando marcha al lavarropas, como mucho que le mejora el aroma.
Así está siempre, no hay lavado, producto o proceso que le saquen el aspecto reventado. Cuando marcha al lavarropas, como mucho que le mejora el aroma.

Como nos costó identificarlo como objeto de apego, tampoco procuramos conseguir uno igual a tiempo de que se fueran curtiendo juntos (usados por Maite alternadamente). Así que hay es peor: hay uno y no va a haber dos.

De todas maneras entro en pánico recién ahora por la experiencia reciente; perdimos de vista al oso desgraciado este unos minutos antes de dormir y no había por donde buscar. El bicho mágicamente cayó en un lugar imposible y yo pensé que en mi casa nadie iba a volver a dormir nunca jamás. Para cuando apareció el amado objeto Maite estaba con los “zapatos de corazón” en la mano pidiendo para ir a correr al jardín y jugar a la pelota. Esos 50 minutos sin Pooh fueron de los más agotadores de mi vida.

Pero debo decir que (ahora que lo pienso) llevamos año y algo de amor por este objeto inanimado. Y esto es la primera vez que me pasa, así, de perder por mas de 5 minutos al Pooh. Además que, por lo general, Maite va a él sin dudar.

Y espero que esto haya sido una excepción terrible y que no vuelva a pasar. Porque uffffff…. ¿cuándo dicen que se pasa?

¡Que sábado a la noche! … ¡Y que domingo!

Ya pasamos y dejamos bien atrás aquellas épocas de salidas y sentimientos encontrados.

Es que como casi estamos llegando a los 2 años, ya nos hicimos la idea que esta chiquilina llegó para quedarse y de a poco va desvaneciendo la culpa de no estar con ella todo el día, todos los días. Incluso, ya estamos en la etapa de apreciar al infinito cualquier momento de espacio-tiempo personal o de pareja.

Como mas o menos logramos arreglarnos entre nosotros para tomar aire de a uno… o sea, como entre el padre de la criatura y yo nos pasamos la pelota de uno a otro, mientras alternadamente tomamos aire, el tiempo de pareja es difícil.

“Difícil” digo, que amable que soy con la vida. Es im-po-si-ble.

Y mucho menos desde que hace algunas semanas, entre tanta cosas, mudanza y cajas y la vida incluida, a la cachorra se le ha dado por ponerse mimosa y colechar. Con lo horrible que soy yo para el asunto de compartir la cama. (Si, basta ya, díganme mala madre, madre desalmada, lo que quieran… a mi me gusta dormir todas las noches girando para todos lados y abrazando al oso de la familia cuando se pone fresco, y tener a una pequeñita en el medio, ocupando media cama, no me rinde. A mi todo me gustaba más cuando ella dormía divina en su cuarto.)

Así que el maridete y yo venimos buscando tener un rato para nosotros y ¿qué mejor que un casamiento? Una fiesta nocturna para grandes. Con música, baile, bebidas, y chistes para adultos. Ideal.

Por suerte estaban la tía Vale y la Noni para hacerse con la niña y pasar lindo. Yo la llevé a la casa de la Noni el sábado poco antes de las 7 de la tarde. Ella quedó ahí, tranquila, jugando con la tía. Hasta me dio un beso lo más bien cuando le dije “mamá se va, chau gordi, beso”. Me vio salir por la puerta sin drama.

Con tiempo para prepararnos, allá nos fuimos para la fiesta. Tengo que decir que pasamos divino. Una noche preciosa. Solo recién arrancando la fiesta se me dio por preguntar si estaba bien y en qué andaba nuestra hija, vía mensaje de texto. Una vez y nada más. Preciosa noche ¿ya lo había dicho?

Los novios nos trajeron recuerdos de nuestro casamiento, comimos rico, bailamos y nos fuimos despavoridos para casa en el medio de la madrugada en un ataque pasional. Y dormimos. Dormimos como si no hubiera mañana.

Pero había mañana y había que ir a buscar al cachorro. Así que allá fuimos, cansados pero felices a buscar a nuestra niña sobre las 11 de la mañana del domingo.

¡Y que cogote! La hija de su padre (porque en esos momentos es la hija de su padre únicamente, por supuesto) nos montó un espectáculo el resto del domingo que para que les voy a contar.

Apenas llegamos, ella jugando lo mas pancha, me sacó para el costado cuando quise saludarla. Si le dedicó un mimo mas o menos de un segundo al padre. Pero claro, la que la había abandonado la tarde anterior había sido yo. Y se sentó de espaldas a nosotros a seguir jugando. Como quien te dice “y que me importa que volviste”.

Y así pasamos lo que quedaba del domingo. Con ella negándonos pero agarradísima de las piernas de padre y madre. Sin decidirse, si nos quería dejar solos ella a nosotros para que tuviéramos de nuestra propia medicina o pegadita, pegadita, para no perderse un segundo de nosotros y que no fuéramos a irnos de joda por ahí de nuevo.

Y almorzamos con la familia de uno de mis cuñados y fuimos a un cumple de un año. Todo así. Quejido va, mimo viene, llanto va, upa viene, beso va, vuelta de cara viene.

Creo que ahora solo queda ella por adaptarse. Los adultos, todos felices. Nosotros que tuvimos una noche entera para los dos, mi madre y hermana felices de cuidarla.

Para que no le cueste tanto, habrá que hacerlo más seguido… porque es solo cuestión de práctica, ¿no?

Le hecho la culpa a las vacaciones

¿En qué otro momento, si no, me dedico a hacer listas de cosas que no tengan plazo?

Si señores, estoy gozando las vacaciones. Gozando. Esa misma es la palabra. Así que mis pensamientos son idealistas, mis actividades ociosas y mis lecturas tienen a un mayordomo asesino.

Y hago listas que no tienen sentido. En esta oportunidad le toca a las actividades que me gusta hacer mientras Maite duerme las siesta en estos día que son una delicia.

1 – Dormir. Tiene y va a seguir teniendo el número 1 en casi todo tiempo libre disponible. Y si el tiempo es breve les digo que a veces con descansar, alcanza.

2 –  Sexo. Si, ya se, la lista se está volviendo predecible. Es que es verano y la ropa es liviana y el maridete y yo siempre nos entendimos bien en algunos temas. Pero no se crean que es tan fácil, porque las vacaciones tienen el asunto de que uno anda mucho por ahí. Así que tampoco es que en cada siesta de la criatura sale y vale. Digo, vean que hay otras cosas en la lista.

3 -Escribir. Es divertido, es catártico, es lo que necesito estas vacaciones. Ahora tengo que superar la etapa “borrador”, pero eso ya es tema de terapia.

4 – Leer. Es una actividad que yo solía hacer muy frecuentemente. Pero con Maite vino una incapacidad circunstancial de concentrarme en dos oraciones salvo que esto fuese con motivo laboral u algún otro asunto práctico. Pasé días en los que no pasaba la página. Aunque si les soy totalmente honesta les diría el primer párrafo. Hasta hace unos días. El maridete, que sabe lo que me gusta, me regaló un libro para leer en la playa.  Y reenganché con el hobby. ¡Viva las vacaciones!

5 – Home improvement. Los días que si estamos en casa, hay que aprovecharlos para mejorar la madriguera. Es como hacen las hormigas, preparando todo para el otoño que vendrá en algún momento.

6 – Mirar la tele. Preferentemente, cuando Maite duerme la siestita corta cerca del mediodía. Por supuesto, lejos del calor del mundo exterior con el cooling system que esté disponible. Preferentemente, algo que ya haya visto antes o que no requiera el menor esfuerzo de mi parte, lo que sea que deje que mis ojos se fijen en la pantalla, mi atención en la luna y mi mente haga ommmmmm….

Ausencia programada

El lunes, por primera vez desde que soy mamá, pasamos la noche solas, mi hija y yo.

Y nos levantamos aún sin maridete/papucho.

¿Qué decir? Toda una aventura.

Yo pensé que solo iba a pesar que estoy yo sola para hacer todo.  Ayer, lo de siempre: levantada del jardín,  baño, juego, cena, juego, dormida.

Como hay algunos días en cada semana que el papucho de la criatura llega luego de que ésta se duerma, todo muy normal. Parecía que podía llegar en cualquier momento.

Pero después de dormida Maite, nada.

Es que al final hace mas de un año que no dormía sola. Me había olvidado por completo cómo era que el otro lado de la cama estuviera vacío.

Así que di vueltas en la cama, miré la tele (pedazos de programas que no llegué a entender), jugué con el perro, fumé porro, me pinté las uñas, preparé las viandas para el otro día, miré un libro de recetas para niños (pensé que algún día me tiene que salir un suflé), anoté cosas en la lista del supermercado, me bañé y agregué algunas fotos a la carpeta de fotos de Mai. Y en algún momento me dormí.

A la mañana siguiente, el desconcierto le tocó a Maite.

Por lo general se despierta 6:30-7:00 de buen humor. Nos enteramos porque conversa en la cuna, con algún muñeco o con el niño en un avión que está sobre su cuna. Alguno de los dos la va a buscar a su cuarto y pasamos unos minutos mimoseando en la cama grande. Y después arranca la mañana. Yo me voy a trabajar y mi maridete se queda con Maite hasta que la deja en el jardín.

Ayer no. Se despertó como siempre, si. Pero cuando fuimos para la cama grande éramos nosotras dos y nadie más.

Y acá la sorpresa para mi. Cuando me empecé a vestir para salir, ella empezó a decir “papá, papá” mirando la puerta con cara de angustia. Y yo que pensé que aún no se daba tanta idea (por eso todo esto me cayó como sorpresa). Y arrancó el quejido, que duró de a ratos toda la mañana hasta que la dejé en el jardín.

Pasó el día laboral. La fui a buscar al jardín como todos los días. Seguimos el día como todos los días.

Pero ya la falta de papucho se le hacía evidente. Lo manejó bastante bien hasta la hora de dormir. No quería estar a upa, no quería estar en su cama, no quería coche, no quería estar sentada, no quería nada de nada con la vida, más que estar con su papá.

FInalmente, cayó rendida, bastante más tarde de lo habitual, sola en su cama.

Y acá todas las preguntas que me surgieron cuando finalmente se durmió:

¿Le habré pasado inconscientemente todo lo que yo extrañaba? ¿Será que es sólo porque es una niña que corre mucho por la costumbre? ¿Ella encara tantísimo más de lo que yo pienso? ¿Estamos tan acostumbrados al hombre de nuestra vida que se siente tanto la falta?

Y con ésta última me salta la mujer liberada que llevo adentro y me mata.

¿Será que la maternidad me hizo mucho más dependiente de mi maridete? ¿He perdido mi norte independiente?

Y entro en pánico.

Yo tenía claro que la maternidad me había cambiado hasta en cosas que aún no me he dado cuenta. Pero, ¿esto?

* * *

Hoy a la mañana, el maridete ya estaba en casa y todo volvió a la normalidad. Para Maite.

Yo, acá quedo. Capaz que marco ocupado por un ratito. Besos.

 

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