Amigos y amigas

En el centro de educación inicial Maite comparte un patio muy grande y con varios juegos con muchos niños. Por suerte, según ella me nombra y me cuenta, sus compañeros de aventuras no son siempre los mismos.

Así que, ahora que me llega la foto del grupo escolar, cuando me va mostrando quién es quién, puedo asociarlos con varios juegos. Con tal y cual juega a los superhéroes, con estos otros en los toboganes, con aquellos a la pelota…. y todo así.

“A mi me gusta jugar con (digamos) Joaquín y Florencia”.

Y (prontos, listos, ya) nunca te falta el adulto que pregunta: “¿Y Joaquín es tu novio?”

No. Tiene 3 años. Tiene amigos. AMIGOS, no novios, ni parejas, ni líos amorosos. Las nenas no se “pelean por un varón” y el amor no es sexual. Gracias por preguntar, igual.

Como siempre, buena parte de los problemas de los niños parten de como lo adultos referentes encaramos ciertas cosas. Los padres somos de quienes los niños aprenden y aprehenden conceptualmente el mundo. Y los maestros y todos los “grandes” con los que comparten su vida cotidiana.

Ser madre o padre no es fácil, se entiende. Uno es ejemplo hasta cuando no lo quiere, e incluso en esos momentos en los que no se da cuenta. Que se escuche una expresión por acá, un comentario por allá, es como nuestros hijos afirman sus ideas sobre el mundo. Ya se pelearán con ellos cuando sean adolescentes (con los conceptos y nuestras ideas, digo). Pero, mientras son bien peques, los adultos somos y mostramos lo que se debe hacer.

Y estamos siendo los primeros en negar la amistad entre nenas y varones, porque si él tiene pito y vos vagina, seguro que la amistad es lo último que se piensa. Y, entre nenas: celos, peleas, competencia. Estamos matando de pique cualquier intención de tener amigos.

Y así, señores, arraigamos en los corazones de las criaturas una de las patas más básicas del machismo. Las nenas somos elecciones para los varones y competencia para las nenas. Y me imagino como será para las madres de varones, porque seguramente debe ser obligación atraer a cuanta nena haya en la vuelta.

Nótese que ni siquiera estoy ahondando sobre la presión que le ponemos a que la parejita sea heterosexual. Porque ni a uno de los adultos los escuché preguntar si Florencia sería la novia de mi hija.

Institución otra vez

Aquello de que la primera impresión pega, cuenta para todo. Incluso para el jardín de infantes.

Nuestra primera experiencia como padres en una institución educativa fue mala. No lo suficiente (pensamos en el momento) como para no terminar el año que empezó; la niña pasaba bien. Pero si tan malo como para que estiráramos lo mas posible la vuelta a la educación preescolar. Pero llegó el día.

Nuestra primera experiencia igual tuvo sus buenos momentos. Y recordamos con mucho cariño a las maestras.
Nuestra primera experiencia igual tuvo sus buenos momentos. Y recordamos con mucho cariño a las maestras.

Hace 72 horas (si, recién ahora), cuando en este país faltan un par de meses y algo para la finalización del año lectivo, Maite empezó sus clases en un centro de educación inicial. Y porque ser un cliché es algo que se vive día a día, fue más difícil para mi, que para ella.

Yo, pensando que a esta altura del año los grupos están totalmente formados porque pasó mas de la mitad del año, insistiendo con que la niña es tímida… poniéndole límites a lo que no tiene. Por suerte debía suceder, quisiera yo o no, así lo demanda la conciliación familiar.

Y como no todo son pálidas, el primer día la llevó el padre. Unas fotos y el comentario de mi maridete sobre la entrada fueron todo lo que supe durante 5 (mil, les juro) horas. Además de no poder estar ahí por estar trabajando, me pareció lo mejor para el estado de ánimo de la niña. Su papá la dejó seguro y feliz, convencido y expectante, todo lo que ella necesitaba sentir en ese momento.

A mi me tocó ir a buscarla. Y así salí, corriendo desde la oficina en el centro, repitiendo en mi cabeza: “no nos llamaron así que debe estar bien, o por lo menos sin llorar”. La encontré en su clase, tranquilamente sentada, de espaldas a la puerta, con su osito en la mano, esperando. Y todo fue hermoso. El relato de las maestras de lo que sucedió en el día, la salida, verla contenta y “conversando” todo el camino de vuelta a casa.

Y hoy, vuelta lo mismo. Eso que va metida en uniforme y todo.

Y en esta oportunidad, madre se aprende porque una buena lección dio el padre. Él siempre se sintió confiado por algunos indicadores, que terminaron siendo los motivos para elegir este jardín. Les cuento:

  • Es un lugar pequeño, cálido, que se dedica exclusivamente a niños de 1 a 5 años.
  • A la primera ida, recibieron a la familia. Digo, nos saludaron a todos y el lugar fue mostrado a nosotros, padres y a nuestra hija. No fue una entrevista para vendernos el lugar a los adultos.
  • Hablamos con alguien que nos presentó el proyecto de centro, alguien que sabía muy bien de qué estaba hablando. Una persona cálida que escuchó lo que es importante para nosotros si nuestra hija va a estar ahí adentro varias horas al día.
  • Nos sentimos cómodos. Maite también; a los 5 minutos estaba jugando apartada de nosotros. Después quiso quedarse en el patio (por un tobogán, obvio) y sintió bien perdiéndonos de vista cuando volvimos adentro. ¡Hasta saludó con besos! (Ella ja-más).jardin de infantes- seccion fotos

Y básicamente lo último fue lo que pesó  mas que todo; porque al final, lo que importa es que Maite viva alegre este proceso. A esta edad las pretensiones académicas me resultan absolutamente innecesarias y nada me importa mas que ella esté feliz.

Pasado lejano

Me gusta mucho bailar con Maite.

“Bailar”… bueno. Eso parecido que me sale cuando mi intención es que la niña se divierta y se ría un rato. Y ya de paso que aprenda a disfrutar distintos tipos de música y de maneras variadas.

Quiero que ella esté expuesta a una buena variedad musical, como a mi me pasó. Así que desde la panza que Maite ha escuchado desde música infantil hasta punk, pasando por el jazz que tanto me gusta, la música clásica, el pop (de los 80 y de los 90, y en su versión brit) y la cumbia. Sin dejar de lado el reggae, el rap, el candombe, la música popular uruguaya y  la electrónica en dos de sus versiones (dance y chill out). Y rock, mucho rock, de todo tipo y distintas nacionalidades. Hemos tenido momentos grunge (awww la adolescencia) y algún romántico internacional. Casualmente, la vida nos regaló un día un momento country y hasta nos vimos una película musical, porque no estaba el padre. Hemos tenido oportunidad de cantar hasta la “nueva trova” cubana de los 60 y algún temita actual, de estos días.

Creo que estamos cubiertos. No se si me olvido de algo. Ya se que no dije new age; no escucho música new age.

Pero igual no creo que escuchemos mucha música en casa.

Así que hoy desempolvé unos CD que tengo desde los 90. Aparecieron discos buenísimos, de bandas que hace mucho tiempo que no escucho pero de cuyas canciones me acuerdo de las letras. Así que le di play y pasamos un buen rato.

De repente me encontré contándole a Maite a qué me hacía acordar tal o cual canción. Y en un momento se me ocurre decirle: “… me acuerdo de cuando salió este disco, en 1994, porque fue el verano que…” Y me di cuenta que 1994 es EN EL SIGLO PASADO.

Y hasta aquí llega este post, señoras y señores. Porque de eso se trata: parece que mis años jóvenes fueron en el siglo pasado. Y ya me estoy riendo pensando en las conversaciones que voy a tener con mi hija y los amigos de mi hija cuando tengan 16 años, se crean que se las saben todas, y yo sea una vieja del siglo pasado.

Solo espero que mi hija me dedique canciones como las que yo escuchaba, les dejo una de regalo abajo. Así, por lo menos, la entiendo.

¡Es el padre!

El día que nació Maite, el padre y yo estábamos maravillados, enamorados de nuestra hija, de nosotros y de todo el mundo.

Lo compartimos todo. El padre la vio salir, cortó el cordón, la acurrucó con él desde que nació hasta que estuvimos los 3 juntos en la habitación. Le cambió todos y cada uno de los pañales en el hospital y ella se durmió sobre su pecho todo el tiempo que pudo. Y todo así de ahí en adelante.

Durante la estadía allí todo el equipo médico, en general, se dirigía a mi. “Bueno” pensaba yo, “al final nosotras 2 somos pacientes”. Así que, si bien me llamaba la atención, no me extrañaba que médicos y enfermeras dijeran sólo “madre” y casi nunca “padre”.

Una vez en casa, está estipulado por ley que debía visitarnos una neonatóloga con conocimientos sobre lactancia. Esa persona tiene varios objetivos: releva datos del lugar en el que vive ese nuevo habitante del país, evacúa dudas sobre lactancia, higiene del bebé o cualquier otra cosa de ese tipo, toma datos y supervisa el inicio de la lactancia. La estadía en casa fue de, digamos, 40 minutos.

Pues esa persona habló sólo conmigo. No le importó que Maite estuviera a upa de su padre y que él contestara varias de sus preguntas. Se notó cuanto le costó dirigirse a él las veces que él participó en la conversación. Yo no podía creer… Digo, después de todo, el señor que estaba al lado mio, ahí sentado, es el padre de la criatura.

Esa fue la primera vez que noté claramente esa actitud ¡y me pareció tan fuera de lugar!

Desde aquel momento ya pasó algo más de 1 año. Pues la actitud de los profesionales de la salud se ha mantenido así de sexista. Hasta el miércoles.

Nos atendió un médico hombre, joven, recientemente casado. No se si tendría un niño pequeño o querría tenerlo, pero dejó caer algún comentario que nos hizo pensar eso. Se dirigió igualmente a ambos, madre y padre. Nos habló a los dos, sin diferencia, usando el mismo tono, ¡como si los dos fuéramos igualmente padres de la criatura!

Y me hizo acordar de que uno se acorstumbra sin chistar a las situaciones más discriminatorias del planeta.

Desde el miércoles que no puedo dejar de pensar en que mal está todo el asunto. Porque uno lo puede esperar de la vecina, como ya les conté. Pero los profesionales de la salud podrían ponerse un poco las pilas y respetar igualmente a padres y madres. O por lo menos, hablarle a ambos cuando están dentro de una misma habitación.

Me quedaré con la ilusión, pensando en que hay profesionales como éste médico. Y queriendo creer que bien de a poquito vamos haciendo que todo cambie.