Un granito de azúcar

De esas tardes con luz muy rara.

Tormenta, cerca de la hora de la puesta del sol, con zonas del cielo oscuras como noche y otras bien naranja. Con esos tonos rebotando en las hojas verdes llenas de gotitas de agua, y de ahí, a la ventana del living de casa.

Cientos de tonos en el vidrio, y de ahí al grano de azúcar que estaba sobre el bizcocho que Maite estaba comiendo hasta que lo vió.

Un granito de azúcar de muchos colores entre los dedos de la niña.

Lo miró durante un rato muy largo, haciendo la piecita diminuta girar entre los dedos de un lado para el otros. Y los colores como locos. Y Maite como loca con tantos colores.

Y yo que no puedo dejar de mirar a Maite.

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Como descubrí que mi hija es bilingüe

Este post viene del padre de la criatura. De ese al que les digo que es mi maridete, que va a la par conmigo y que me aguanta la cabeza con todo lo que no me da el tiempo para publicar en el blog (y con lo que publico también). El asunto del lenguaje, nos tiene como locos… 

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Majo ya habló de esto en el post anterior a este. No sé muy bien cómo se define el bilingüísimo ni si es correcto que afirme que mi hija es bilingüe con tanta seguridad pero qué más da.

Ocurrió así.

No bien nuestra hija se puso a caminar con cierta seguridad “inventamos” un juego que consiste en que ella pasa por debajo de mis piernas abiertas. Lo repite unas cuantas veces hasta que se cansa.

Pues bien una mañana cualquiera, jugando nuestro juego, apareció por detrás mío y me dijo “Hola daddy”. Le pregunté qué había dicho y repitió hasta el hartazgo la misma frase “Hola daddy”. Le pregunté a la madre si había escuchado lo que me estaba diciendo. Como toda mala madre se rió y me miró como si no fuera importante.

Todo mi anti-imperialismo se cayó cuando oí a mi hija decir “Hola daddy” porque en su boca, y a pesar de que lo hacía porque estaba expuesta a los dibujitos de la industria, sonaba como música. Era música para mis oídos. En esas dos palabras, una en español y otra en inglés, ella unía dos de sus experiencias más placenteras: mirar Peppa Pig y jugar conmigo a cruzar por debajo de mis piernas.

Porque ella mira Peppa en cualquier circunstancia, incluso en medio de la mudanza.
Porque ella mira Peppa en cualquier circunstancia, incluso en medio de la mudanza.

Entonces ocurrió lo inevitable, a la par que fue desarrollando el lenguaje fue incorporando más palabras en inglés. Algunas cosas como “chau, bye, bye” fueron fáciles de decodificar para nosotros, pero otras como “ready, steady, go” o “It’s unfair” fueron más difíciles. En el caso de la segunda me di cuenta viendo un capítulo de Peppa con ella, porque cuando decía “Totopié” y golpeaba el piso con su pie no me daba cuenta de dónde había sacado esa expresión ni que quería decir.

En fin esto del bilingüísimo me terminó gustando. El otro día me encontré jugando con ella al “ready, steady, go” e intercalando cada tanto un “Prontos, listos, ya” para que la botija siga incorporando ambas lenguas. Así se ensancha su mundo, su lenguaje y su conciencia. Qué más puedo pedir.

Mi hija es bilingüe y me encanta.

¿Y el hermanito?

Divina yo, que pensé que cuando naciera Maite el universo alrededor nuestro iba a dejar de preguntar los detalles de mi aporte a la reproducción de la raza humana. Ilusa total.

Porque antes de que naciera Maite no había quien no preguntara que cuando íbamos a tener hijos, que cómo, que cuántos, que el tiempo pasa, que la vida se nos va. Ocasionalmente, a mi me daba por divertirme contestándole a alguna desubicada: “no se, si tengo bien y si no también”. Pero la mayoría de las veces me quedaba en el: “Cuando pueda, basta ya de preguntar”.

En algún momento, ya teniendo claro que queríamos tener un hijo se me dió por responder: “¿Quien dice que debo reproducirme y si no quiero qué?” Porque para mi es una opción. No por ser mujer hay que terner hijos (aunque para muchas personas parece que es así).

Años después de que empezó todo, vino la pérdida de un embarazo terminando el primer trimestre. Y la gente se dejó de molestar, porque por lo menos estaba claro que reproducir la especie estaba dentro de nuestros intereses. Eso, y no querer tirar sal sobre nuestras abiertas suceptibilidades.

Luego vino el segundo embarazo que casi no llega pero si llegó. Y nos regaló a esta hermosa Maite que disfrutamos ahora.

Y yo pensé que ta, ya está. Por lo menos ahora, por un rato, basta de ser acosada por respuestas de nuestro plan de vida.

Pero claro que no.

“¿Piensan tener un hermanito? Porque miren que el mejor momento es ahora”
“Me imagino que guardan todo para el siguiente”
“¿Ya saben mas o menos cuántos años quieren que se lleven los hermanitos?”
“Yo que ustedes no guardo nada para el hermanito porque mejor que llegue cuando Maite sea mas grande”
“¿Ya fuiste al ginecólogo a ver si estás lista para el próximo?”
“¿Ya están buscando al hermanito? Porque mejor si se llevan poco y son mas compinches”

Y esto es solo una muestra. Y yo que los quiero agarrar a todos del cogote y colgarlos en una plaza. Digo, déjenme disfrutar en paz. Queremos estar con Maite y vivir con ella un rato, queremos disfrutarla, verla crecer, ser padres primerizos. Eso se que nos pasa a los dos, al padre de la criatura y a mi.

Y a mi también me pasa que necesito que me dejen tranquila con mi indecisión. Porque la verdad es que no tengo la mas mínima idea de si quiero o no aumentar la familia. Un día una cosa y otro día otra cosa. Aunque la mayoría de los días tiro para el “no”.

Sé que se están preguntando por qué. Lo que me pasa es que no encuentro ni un solo argumento por el que haría pasar mi cuerpo por otro embarazo, no se me ocurre por qué querría quebrar este triángulo perfecto que somos papá, mamá y Maite.

Lo único que puedo pensar es que me gustaría que Maite tuviera a alguien mas en la vida además de sus padres. Pero eso es todo. Y contra esto hay miles de cosas para decir.

Varias hijas únicas me han dado su versión de la vida. Están las que me dicen que no tener hermanos no es ningún trauma y que son personas felices, y hay quienes me dicen que les gustaría haber tenido hermanos (aunque no tienen idea como esto hubiera afectado sus vidas). Y están mis amigas, que me repiten hasta el cansancio que tener un hermano o hermana no te asegura nada en la vida. Que uno puede tener una familia enorme y sentirse muy solo.

Es por eso que “que Maite tenga un hermano” como idea, no me alcanza para hacer algo tan grande como traer a otro ser humano al mundo. Me parece mucha responsabilidad.

¿Cosas en contra? puedo nombrar varias: no repetiría mi embarazo ni mi parto, estamos bien como estamos, la economía familiar no se si lo resiste, la casa nos quedaría chica… y todo así. Y principalmente, veo como muy negativo que ninguno de los dos nos morimos de ganas de hacerlo. Yo soy de los que piensan que tener un hijo es algo que, cuando se puede elegir, se hace con muchas ganas y mucho amor. No tengo nada de lo primero y lo segundo está todo concentrado en nuestro trío.

Tengo una amiga que me dijo que si tengo mas de un argumento negativo, debería pensar seriamente hacerlo. Y eso es lo que estoy haciendo.

A veces me preguntan: “¿Y si Maite algún día te pide un hermanito?” Y yo respondo que ella no va a tener idea de lo que está hablando. Y “porque mi nena de 2, 3, 4, o 5 años quiso” nunca me va a parecer suficiente.

Aunque quien sabe. Capaz que Maite crece y yo me muero por tener otro bebé en casa. O no…

Mirar crecer

Estoy preparando un álbum para Maite. Mi intención es regalarle una secuencia de 365 fotos, una por cada día de su primer año de vida, acompañada de algunos comentarios.

La idea empezó cuando Maite cumplió 2 meses de vida. Mientras ella dormía le saqué varias fotos “de cumple mes”. Completé la memoria de la cámara de fotos (otra vez) y tuve que sentarme en la computadora a bajar fotos y respaldar todas las que ya tenía.

– Mirá – pensé – Seguro tenemos una foto por día… entre el teléfono, la cámara, mi hermana… – Convencida que estaba exagerando, como siempre.

Pero no. Había solo 2 días sin foto, que seguro estaban en la cámara o teléfono de algún familiar o amigo. Lo primero que pensé fue ¿no nos estaremos yendo al carajo?

Tuve que pensar sobre cómo y cuándo era que yo o alguien sacaba esas fotos. ¿Molestaba? ¿Era de estar todo el tiempo con la cámara o el teléfono en la mano? ¿Me estaba perdiendo de disfrutar algunos momentos por sacar tantas fotos? Cuando mi cabeza dio con la respuesta, pensé otro poco más para confirmar si no era sólo que yo estaba con ganas de engañarme a mí misma. Por las dudas, también lo verifiqué con mi esposo, mi hermana y mi madre.

La opinión general es que no, no está mal. Que hubo un momento en el que yo pasaba con la cámara en la mano pero que eso ya había pasado. Que tener tanta foto de tantas cámaras y teléfonos es, además, una demostración de la cantidad de personas que somos buscando quedarnos con un registro del bombón de hija que tenemos.

Yo recordaba que los primeros días había sacado muchas fotos porque Maite dormía todo el tiempo. Me gustaba pasarlas bien rápido. El primer par de semanas la cara y cabeza mutaron totalmente. Me ayudaba a tomar consciencia de lo intenso y rápido que es todo.

Casi en el cumple 3 meses de Maite, a veces tomando alguna foto pensando en la idea de un registro diario, y a veces recordando éste artículo del Huffington post, decidí darle un objetivo a la tarea. Y se consolidó la idea de un álbum para que ella pueda ver momentos de su primer año.

Y a partir de ese momento si; a elegir una por día de las fotos que ya había, y a procurar que hubiese una por día en los días que quedaban hasta el año.

Además de las fotos en ocasiones especiales, las visitas y cada una de las gracias nuevas, había que sumar las que salían de un juego que hacemos a veces con mis hermanas y mi madre en un grupo de mensajes. En algunos momentos una de nosotras (casi siempre yo, pero por disposición de tiempo y tecnología) manda una foto de lo que sea que tiene adelante con el aviso “right now”. Entonces todas mandamos foto de lo que sea que estemos haciendo; así compartimos un poco de la vida diaria.

Así que no ha sido nada difícil, aunque si está insumiendo bastante tiempo de preparación. Aunque también es cierto que alguna vez le saqué una foto durmiendo a las 11 de la noche porque no tenía otro registro en todo el día.

Ahora, que estoy a un par de meses de terminarlo y tengo una buena idea de cómo va a quedar completo, agradezco haber tenido la paciencia y constancia para llevarlo a cabo. Creo que Maite va a disfrutarlo mucho.

Pero más que nada disfruto tener la excusa para sentarme a verla crecer un cámara lenta por un ratito, detenerme por un momento en qué hemos vivido los últimos 10 meses. Recordar el día de alguna foto.

“Ah… ese día que se durmió en nuestra cama por primera vez, no nos queríamos levantar…” y “Cierto, ese día me dolía horrible amamantar. Pensaba que no se iba a terminar nunca y que yo era una madre horrible porque quería estirar el momento de darle teta”. También “Que bueno, cuando te conoció Fulano” y constantemente “Mirá, la primera vez que…”

Y respirar. Y después de pasar 200 fotos ver a Maite sentada en la alfombra de goma eva, jugando tranquila, charlando con una pandereta y un cubo y sentir que puedo hacer esto toda la vida.