Cuando mi cuerpo no es mio

Logré poner el dedo en la llaga. Digo, darme cuenta qué es lo que me gusta tan poco de estar embarazada.

Me costó tanto porque las mujeres escuchamos demasiado eso de “estás radiante” cuando tenés otra vida adentro. No importa cómo una luzca, son muy poquitas las personas que no te dicen, en algún momento u otro “qué bien que se te ve”, “este estado te sienta maravillosamente”, o el bien básico “qué bien que estás”. Mas allá, también, de como una se sienta. A muchas mujeres eso les va perfectamente. Pero en mi caso es como aquello de la mentira repetida mil veces… muy difícil de cambiar la idea.

No me entiendan mal. Mi primera hija fue buscadísima durante varios años. La segunda se instaló en mi al poco tiempo de quererlo. Ambas son niñas planeadas, amadas desde antes de nacer, a pesar de cómo me siento con respecto al embarazo propiamente. Claro, en el primer embarazo exitoso no tenía idea. Pero yo ya había declarado que haría todo de nuevo, menos esta parte de sentir a mi cuerpo como un total extraño.

Me pasa que no me gusta sentir que mi cuerpo no es mio. Lo puedo pensar y aceptarlo sin problema ni conflicto. Pero odio sentirlo.

En este estado, mi cuerpo es, antes que nada, de la niña que llevo adentro. Ella vive en mi, depende 100 por ciento de mi, se alimenta de mi. Todo lo que yo hago impacta en ella, mucho, poco o casi nada; cuanto me muevo, lo que consumo o no, cuántas horas duermo, cómo me siento. Y yo estoy indivisiblemente pegada a ella, la conexión es biológica. Ella manda y decide muchas cosas, sin ni siquiera tener idea.

Mi cuerpo es también de los médicos. Ya me habrán leído por ahí que mi cuerpo en este estado se desbarajusta todo: en todos los embarazos tuve alto riesgo de aborto; en uno el riesgo ganó, en el segundo llegué a término y estoy viviendo el tercero. En los dos últimos, hipertensión y diabetes.  Y, a pesar de las dietas estrictas que llevan estas dos enfermedades, una salvaje suba de peso. Además de la (por lo que se) bastante normal montaña rusa emocional. Esto ha hecho que las visitas a especialistas, revisiones, controles y visitas a urgencia no sean nada ajenas al proceso de engendrar vida. Y yo siento que lo que hago es seguir instrucciones médicas, todos los días, en cada cosa.

Mi cuerpo se siente sujeto a la conveniencia social. Todas las amistades, vecinas y vecinos, dueños de negocios o personas que atienden público, que se sienten con la comodidad y soltura de hacer las preguntas más personales e incómodas. Cuando viene de los amigos no molesta, en todos los otros casos, sí. Les agradezco la amabilidad y buenas intenciones, pero no quiero discutir los detalles de mi salud, el futuro de la bebé y mis decisiones familiares mientras pido 200 gr de muzzarella sin sal.

Son unos meses, son unos meses, nada más que unos meses… me repito para adentro. Porque no está bien visto decir esto, ni siquiera no estando embarazada.

A mi me gusta el resultado, lo descubrí con mi primera hija. Cuando era previsible que me comiera la depresión post parto, se me dio vuelta todo y fui la mujer más feliz del mundo con mi niña en brazos. Y por eso banco estos meses. Por que la recompensa rompe con todo, aunque no logre disfrutar del todo el camino.

Amigos y amigas

En el centro de educación inicial Maite comparte un patio muy grande y con varios juegos con muchos niños. Por suerte, según ella me nombra y me cuenta, sus compañeros de aventuras no son siempre los mismos.

Así que, ahora que me llega la foto del grupo escolar, cuando me va mostrando quién es quién, puedo asociarlos con varios juegos. Con tal y cual juega a los superhéroes, con estos otros en los toboganes, con aquellos a la pelota…. y todo así.

“A mi me gusta jugar con (digamos) Joaquín y Florencia”.

Y (prontos, listos, ya) nunca te falta el adulto que pregunta: “¿Y Joaquín es tu novio?”

No. Tiene 3 años. Tiene amigos. AMIGOS, no novios, ni parejas, ni líos amorosos. Las nenas no se “pelean por un varón” y el amor no es sexual. Gracias por preguntar, igual.

Como siempre, buena parte de los problemas de los niños parten de como lo adultos referentes encaramos ciertas cosas. Los padres somos de quienes los niños aprenden y aprehenden conceptualmente el mundo. Y los maestros y todos los “grandes” con los que comparten su vida cotidiana.

Ser madre o padre no es fácil, se entiende. Uno es ejemplo hasta cuando no lo quiere, e incluso en esos momentos en los que no se da cuenta. Que se escuche una expresión por acá, un comentario por allá, es como nuestros hijos afirman sus ideas sobre el mundo. Ya se pelearán con ellos cuando sean adolescentes (con los conceptos y nuestras ideas, digo). Pero, mientras son bien peques, los adultos somos y mostramos lo que se debe hacer.

Y estamos siendo los primeros en negar la amistad entre nenas y varones, porque si él tiene pito y vos vagina, seguro que la amistad es lo último que se piensa. Y, entre nenas: celos, peleas, competencia. Estamos matando de pique cualquier intención de tener amigos.

Y así, señores, arraigamos en los corazones de las criaturas una de las patas más básicas del machismo. Las nenas somos elecciones para los varones y competencia para las nenas. Y me imagino como será para las madres de varones, porque seguramente debe ser obligación atraer a cuanta nena haya en la vuelta.

Nótese que ni siquiera estoy ahondando sobre la presión que le ponemos a que la parejita sea heterosexual. Porque ni a uno de los adultos los escuché preguntar si Florencia sería la novia de mi hija.

Histérica no

Hola… ejem… Hoy escribo para sacarme una opinión de adentro.

Me niego a aceptar que me soy una histérica solo porque soy madre.

Sentirme de maneras distintas con respecto a algo es mi manera de ser persona. Es la forma de todas las personas.

Antes de ser madre, yo ya era la persona que soy. Existo hace 36 años, soy madre hace nada más que 3. ¿Soy la misma? Claro que no. No me voy a poner en pelotuda, desmintiendo a Heráclito y toda la filosofía. Nunca soy la misma.  ¿Me convertí en otra persona por ser madre? No, no vale mentirse a uno mismo. Ni siquiera las drogas te transforman así. Lo que sea que sos, se acentúa o resurge o se expresa de alguna manera que antes era distinta. Pero no es por ahí, igual.

Ni dormida acepto que soy una histérica por ser madre. O que ser madre me hace comportarme como una histérica (pónganlo como les guste más).

Digo, vayamos al fondo de todo esto. ¿Por qué no me gusta? Porque ni siquiera es dicho como término clínico o algo que se le parezca. Es histérica como sinónimo de gataflora quejosa que cambia de opinión y se siente desbordada por poca cosa, propensa a expresarse de cualquier manera no calmada. Y Freud que se vaya a oler flores a otro lado, no tiene nada que ver con el uso de la palabra.

Yo se que intenta ser divertido. Pero no me da gracia que me definan como lo hace un machista desconforme que le dice “histérica” a una mujer cuando no es sumisa. Y ya alguna vez les dije… ok… mas de una vez…, ok, contando experiencias propiaspalabras ajenas…. Ya he dicho lo que opino sobre el tema.

Porque me parece que lo que se esté dando no es una resignificación ni nada por el estilo. Se me hace que es una manera indirecta de reforzar el estereotipo que durante tanto tiempo permitió que una mujer haciendo lo que le parece (en oposición a lo que le indican) sea molesto.

Basta publicidad, me tenés cansada, agotada, con este tema (en general). No me copa que las madres nos pensemos así, no me copa la idea de la madre histérica, ni siquiera como idea en el aire.

Espero no ofender a nadie, pero si que reflexionemos sobre como nos imaginamos. Las palabras que elegimos si hacen la diferencia.

Parto, cesárea, o lo que sea mejor.

Las ideas que nos hacemos las madres sobre tener hijos, antes de tener hijos, son pura imaginación. Por eso uno logra desear con el corazón algo que no tiene ni idea de cómo hacer, ni de qué forma va a pasar.

Si la vida de las mujeres que leen esto se parece en lo más mínimo a la mía, desde que tienen uso de razón que, como mujeres que son en esta sociedad machista, se les habló como madres potenciales. Entonces han escuchado cosas de todo tipo y color, han vivido experiencias cercanas con hermanos o primos o amigos, han tenido tiempo para hacerse la cabeza con lo que les gustaría o no les gustaría.

Poco antes de mis 30 pinos, el amor de mi vida y yo empezamos a hacer lo necesario para que llegue a nuestra vida un cachorro propio. Nos llevó un tiempo. Digamos, casi 4 años. Háganse una idea de la cantidad de cosas que leí, escuché y busqué, sobre embarazos y lo que viene después. Y con una pasión envidiable. Quería saber todo. Y todo, todo, todo sobre el naciemiento. Uffff el momento de nacer. ¿Qué decir?

Me quedaron clarísimas las opciones, y lo que se dice de cada una. En términos muy generales, una pareja puede optar por alguna de estas:

  • Programar una cesárea- elegir momento, espacio, lugar, anestesia, médico tratante y todo lo demás, y tener a mi hija de la forma menos en contacto con la naturaleza posible. Hacer del nacimiento un evento planificado, médico-quirúrgico.
  • Parir en un centro médico, cual sea al que pueda acceder. Hay lugares con salas de parto de todo tipo; desde lugares horribles, sin privacidad, respeto ni un poco de amor, hasta salas con pelotas, bañera y ducha, argollas, barra y todo lo que uno pueda necesitar a razón de una familia por habitación. Todo depende de lo que uno pueda pagar o la mutualista que te toque.
  • Parir en mi casa, conectada con mi ser animal y la Pachamama. Compartir un momento de amor con mi pareja y las personas que yo elija, rodeada de velas y buenas vibras.

No quiero ofender a nadie, así es como yo entendí las posibilidades que tenía. Creo que no es un tema fácil de abordar porque la gente se pone pasional, se  pone fundamentalista. Así es que entendí que, para algunas personas, no elegir la vía natural me convertiría casi en un ser desalmado, que debía replantearse tener hijos. Y sin embargo, para otras personas, si decidía tener a mi hija en mi casa, era una inconsciente que desconocía todos los riesgos y a la medicina occidental en su conjunto. Y todos los grises entre estas opciones. Todavía no entendía lo mal que hace juzgar así nomás, generalizando.

También conocí algunos conceptos difíciles de olvidar, como “doula”, “parto respetado”, “violencia obstétrica” y “riesgo fetal”, por nombrar unos pocos. Ah. Y “plan de parto”.

El caso es que todo el mundo habla de las opciones, como si fueran la única cosa que existe. Uno se hace un plan (en cualquier opción), sigue ese plan, y es feliz. Pero yo se que no es así porque mientras leía todo esto, también pasó la vida. Vi a una madre morir por ser obstinada con sus opciones, conocí a mas de una a quienes no se les respetó su plan, conocí gente (no solo mujeres) que fueron víctimas de la violencia hospitalaria y se me partió el corazón porque alguien aún podría estar abrazando a su hijo si hubiese estado en un hospital. Conocí personas que no disfrutaron el nacimiento de sus hijos porque estaban enojados porque no se respetaba su plan de parto. Porque la vida tiene un doctorado en improvisación.

Para cuando nuestro embarazo lleguó a término, después de las clases de parto, después de decidir con el amor de mi vida algunas cosas básicas como si tener doula o no, si parir en el hospital o no, si hacer un plan o no, si esto o aquello… ¡cesárea de emergencia!.

Preeclampsia, Maite bien, no llegó a sufrir aunque mis interiores ya estaban amarillo fluo y yo en riesgo. Maite nació por cesárea. Si, en un quirófano.

En el momento, no me importó nada más que ser 3 y estar bien. Fue después, cuando llegué a mi casa y retomé la vida, que me cayó enterito todo, el peso de no haber tenido a Maite por parto vaginal. De repente me encontré queriendo explicar la situación a perfectos desconocidos (“pero fue de emergencia”, “si no era así, Maite o yo, o ninguna, estaríamos en este mundo”, “cesárea, si, pero me salvó la vida”). Como si yo hubiese tenido opción.

¿Pero saben qué? No soy ni mejor ni peor madre por eso, porque mi maternidad es mucho más que el nacimiento. ¿Y saben qué mas? No fue un momento horrible: la escuché llorar, mi marido la vio salir y cortó el cordón, los médicos estaban felices y las palabras eran de apoyo. ¿Y saben qué otra cosa? Si hubiese sido distinto, yo tampoco sería peor o mejor madre, porque si, eso es así, la maternidad recién está arrancando en ese momento.

El país en el que vivo, tiene un número sorprendente de cesáreas. Seguramente, un buen porcentaje, son evitables. Pero basta de bulling. Vamos a empezar por respetarnos y educar al cuerpo médico, a quienes nos dan las opciones en la vida real, según nuestro caso particular, según la salud con la que llegamos al momento de nacimiento. No se logra nada poniendo placas con frases violentas para quienes no tienen opción, o para quienes eligen una forma y otra.

No me da vergüenza que Maite haya nacido entre batas e instrumentos esterilizados. Lo único que seguro siento es agradecimiento infinito. A pesar de las dificultades, estamos todos bien. Estamos. Y creo que eso es mucho más importante que ninguna otra cosa.

 

 

 

 

 

Inevitable

Este post lo motiva la cantidad y calidad de los comentarios recibidos con la foto que les comparto acá abajo:

rodilla

Mi hija se lastimó las rodillas. Cascarita gruesa, así que asumo que en el momento lloró y le salió sangre. Sé que la calmaron lo mas bien porque, cuando la fui a buscar a la salida, ella estaba como siempre. Me comentaron que fue en el patio (que es grande, tiene muchos juegos y es amado por Maite).

No, no tengo el detalle. La niña tiene 2 años, corretea feliz de un lado para el otro por pasto, tierra y pavimento junto con otros tantos niños. Se va a caer. Ninguna persona en el mundo puede estar tan arriba de un grupo de niños como para evitar esto.

Queda claro que pienso que el “¿Y dónde estaba la maestra?”  no tiene sentido ¿no? Puede haber estado parada justito al lado. Me imagino a Maite agarrada a algún juguete amarillo (los rescata de todos lados) y corriendo como loca desde/hacia un tobogán. Y haciendo eso de lunes a viernes… se va a caer, mas de una vez, seguramente.

Confío en que alguna de las maestras estaba cerca y mirando, confío en las personas a las que les dejo mi hija. Estoy segura que Maite fue contenida apropiadamente porque mientras nos íbamos, atravesando el patio, la conversación fue como siempre.

Pero tengo que preguntarme ¿qué le exigimos a los centros educativos? O, mejor dicho ¿qué necesidad de encontrar un responsable? ¿Confío en cómo esas personas manejan la información? O, mejor dicho ¿qué ganaba nadie enterándome yo en el momento, que Maite se había caído en el patio y se había raspado las rodillas?

¿Yo estoy muy descuidada? ¿Poco exigente? Pero si no, ¿en qué momento ella aprende a confiar en otros? ¿Cuando va aprendiendo a solucionar sus cosas sin que los padres salgamos al rescate, o corriendo a dar un beso sanador?

Para mi, así está bien. La niña se cayó jugando, se raspó, fue contenida, me enteré en la puerta del salón. Le pregunté en el auto y me habló de otra cosa.

Y ya fue. No puedo hacer de una caída un mundo.

Política de la casa

Si, la maternidad también es política.

No hay dudas que Maite, con sus 2 años, tiene su libertad y sus posibilidades limitadas por lo que el padre y yo decidamos, permitamos, hagamos, accedamos, elijamos o querramos. Ella no decide ni sobre su corte de pelo aún. No decidió si ponerse o no caravanas, que ropa usó en sus propios cumpleaños, que comidas y bebidas están permitidas, entre qué rango de juguetes elije, qué lugares visita… y ven que la lista es interminable.

Para llegar a esa conclusión me sirvió mucho aceptar la idea de ser quien tiene el poder en una relación. Hay que ser consciente del papel de cada uno. Maite tiene 2 años y monedas. Las opciones las tenemos los adultos. Y la responsabilidad por las decisiones también.

Somos 2 adultos. Dos. Hay que negociar.

Desde el nacimiento de Maite, con el maridete acordamos que somos un bloque unido. Cualquier diferencia de criterio se arregla puertas (del dormitorio grande) adentro; a la niña, las cosas claras.

Queremos que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.
El objetivo es que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.

La idea con esto es evitarle a la chiquilina la confusión de tener que negociar con nosotros de a uno en las reglas básicas. Y ya de paso, nosotros nos sentimos acompañados y mas seguros de nuestras decisiones. El tener que conversar para marcarle la cancha a la niña nos obliga, además, a pensar en voz alta lo que estamos haciendo y los límites que marcamos. Y en el barrio en el que yo vivo, reflexionar sobre la práctica nunca es malo.

Pero claro, la niña recién tiene un poco más de 2 años. Estos vaivenes recién empiezan.

Aunque la vida cotidiana te pone a prueba en todo momento. ¿Es hora de mirar la tele? ¿Le doy yogur o dejo que le crezca el hambre para la cena? ¿Le alcanzo el chupetín que vio arriba de la mesa o me banco el llanto quejoso que tanto odio? ¿La miro de lejos para ver hasta donde llega o le marco el límite en tal actividad? ¿La dejo ir a la cama sin lavarse los dientes “solo por hoy”? Y todo así.

Porque lo que esta niña aprende es lo que hace y no hace todos los días. Y las diferencias de criterio entre dos personas que nos conocemos y nos amamos hace mas de una docena de años no van a saltar mucho en los grandes temas. Esos los tenemos conversados o ni siquiera fue necesario. O están sobre la mesa desde que soñamos con tener una hija.

Para los que vayan por este camino, les tiro un par de piques que voy aprendiendo hasta ahora:

  • Si en el momento de tomar acción sobre una cuestión, nuestra pareja toma otra opción que no es la que hubiésemos escogido, hay que bancarla. Como mucho, algún sutil comentario de “¿te parece?”, pero nada mas. Comer un chupetín de mas, acostarse media hora antes o después, hacer alguna cosa puntual, no le va a cambiar la vida a la niña. Sin embargo, discutir adelante de ella si la decisión que toma uno está bien o no, no suma nunca. Ya habrá momento para hablar entre adultos.
  • El que toma acción decide. El que hace, tiene el poder. El que está, se la banca. Y cuando estamos los dos, uno puede hacer algo y el otro encaminarlo (después de intercambiar esas miradas que se dicen todo sin necesidad de usar palabras) sin desdecir a quien actuó primero.
  • Todo se negocia y es fundamental elegir las batallas. Nadie las puede ganas todas.
  • Nunca, nunca, nunca, abandonar el diálogo con la pareja. Las decisiones tienen que ser tomadas porque la niña no va a esperar para hacer surgir cualquiera-sea-el-tema de nuevo.

Y hasta por acá vamos. Aún estamos en la parte fácil, no pide mucha cosa, lo peor de ponerle un límite es fumarse algún berrinche. Pero todo esto es nuevo…

Si seguimos así… ustedes dicen que ¿seguimos bien?

(*) La imagen destacada es una ilustración de Liniers

Se viene el cumpleaños de Maite

Dentro de dos días, el cachorro de esta casa cumple 2 años 🙂

Será un festejo muy pequeño, muy privado. Nos visitarán en casa solo a la familia y esos 2 o 3 amigos de la vida que están ahí en las buenas y en las malas (y que mas que amigos ya también son familia). Porque en las malas no fallan, así que tienen que estar en esta que es de las mejores.

Maite cumple 2. DOS.Dos años enteros de vida. Y empieza el tercero.

Como no puede ser de otra manera, claro que lo pienso y digo: “Notepuedocreer que ya pasaron 760 días uno atrás del otro desde que este pimpollo nos alegra los días y las noches con su presencia. Parece joda que haya pasado tanto tiempo.”

Porque no me voy a hacer la original. La boludez esa que te dice todo el mundo y que yo, ahora totalmente convencida, repito a cualquiera que trae una criatura al mundo es: “disfrutá con ella todo lo que puedas que el tiempo pasa volando.” A final, a veces, las malas lenguas le pegan en algo.

A mi en estas celebraciones no me da por pensar. Tengo una de esas personalidades en la que la reflexión es permanente, al punto de jugarme en contra. Así que no, no se me hace ocasión para pensar.

Tampoco soy muy del festejo. Mis cumpleaños no se festejan desde que terminé la escuela primaria. Por una, mis padres solían trabajar (día y noche) fuera de mi casa, por lo que fue fácil convencerme de que el aniversario de nacimiento es un día especial pero tampoco la pavada.

El otro componente de esta familia, mi amado maridete, es un gran festejado desde que lo conozco. Sus fiestas de cumple solían ser la gran fiesta del año, con numerosos invitados de todo tipo y de duración indeterminada. Hasta que un año, hace poquito, decidió que ya basta de tanta pachanga y los festejos son en familia (que igual es numerosa) y con algunos otros sospechosos de siempre.

Con los cumples de Maite desde siempre tuvimos claro que las grandes celebraciones serían cuando ella las pidiera y las disfrutara. O sea, todavía no.

El primer año fue simple. La familia, unos poco más y una tortita. Al año la niña ni se entera de qué pasa.

Soplar las velitas, lo único que le interesa al cachorro del hogar.  --- Image by © Tom Grill/Corbis
Soplar las velitas, lo único que le interesa al cachorro del hogar.
— Image by © Tom Grill/Corbis

Este año la idea es mas o menos la misma. Porque lo único que le hace diferencia es que la niña se pone loca de contenta en el momento de soplar las velitas de la torta. Así que sabemos que eso es lo que no puede fallar, lo que si tiene que pasar, lo que le divierte a ella.

Ta. Eso. No va a faltar el momento del día en el que ella se ponga loca de contenta por soplar las velitas y escucharnos a todos cantar el “queloscumplas” (o Rainbow de Peppa Pig o cualquier de los hits de High-5, más le da, creo).

De todos los demás detalles nos estamos encargando en equipo. ¿Què detalles? Las sorpresitas para los poquitos niños de la familia, la comida, algún detalle decorativo. Porque la tía Vale, gran malcriadora de mi hija, nos está llenando de cositas del personaje favorito de la niña. Porque Maite también va a disfrutar esas cosas.

El día que ella pida más, que quiera festejar en grande, que entienda de qué se trata y tenga ganas de hacer una gran fiesta, ahí estaremos.

Por esta vez, con todo el amor del mundo, nos rodearemos de personas amadas para recordar como nos cambió la vida hace un par de años.