Muñeca

Maite y muñeca.

Como regalo navideño llegó esa muñeca. La que ella trata como nosotros a ella, la que la representa en el juego. La muñeca es ella y ella es las personas con las que se relaciona. En primerísimo lugar nosotros padres, y las tías y tíos, amigos y maestras. Ella y las relaciones, ella y el poder.

Y te la actúa toda. Nunca me había visto desde los ojos de otra persona tan honesta y brutalmente. Es hermoso, maravilloso y cruel; a veces por turnos pero casi siempre todo junto.

Te cuestionás todo cuando escuchás a tu hija repetir con tu mismísimo tono eso que ni siquiera quisiste decir la primera vez que salió de tu boca. Se te cae la estantería cuando la descubrís teniendo actitudes que querés cambiar desde que tenés consciencia.

Si, también te maravillás y se te ensancha el corazón cuando la ves copiando lo mejor de vos y lo mejor de tus seres amados al infinito, cuando reconcés en ella lo que mas te gusta de las personas con las que compartís tu vida. Que la niña le diga “gracias” a quien le ofrece cualquier cosa, te hace sentirte mejor persona, un ser humano que colabora con generar la bondad en el mundo.

Y con una de cal y otra de arena crecen los niños.

Pero a mi me noqueó el golpe de reconocer esas cosas por las que no puedo rezongar a mi propia hija porque lo que la niña necesita es un mejor modelo, un ejemplo que es el otro, el que es mucho mejor que ese que se que doy a veces.

Yo digo que esto, como todo en la vida, debe ser considerado una oportunidad para aprender. En mi caso, sería finalmente dominar la expresión de mis sentimientos en cualquier situación de estrés, todo el tiempo. Porque hay cosas que ve un millón de veces y nada y otras que las ve una vez y las repite como en loop.

Dicen por ahí que “lo que no te mata te fortalece”. Cada vez que le veo la cara a mi hija cuando me pega un grito descontrolado, se me suma un segundo mas de respiración antes de la próxima vez que a mi me dan ganas de pegar un grito descontrolado.

Si se puede, siempre hay tiempo para poder.

Política de la casa

Si, la maternidad también es política.

No hay dudas que Maite, con sus 2 años, tiene su libertad y sus posibilidades limitadas por lo que el padre y yo decidamos, permitamos, hagamos, accedamos, elijamos o querramos. Ella no decide ni sobre su corte de pelo aún. No decidió si ponerse o no caravanas, que ropa usó en sus propios cumpleaños, que comidas y bebidas están permitidas, entre qué rango de juguetes elije, qué lugares visita… y ven que la lista es interminable.

Para llegar a esa conclusión me sirvió mucho aceptar la idea de ser quien tiene el poder en una relación. Hay que ser consciente del papel de cada uno. Maite tiene 2 años y monedas. Las opciones las tenemos los adultos. Y la responsabilidad por las decisiones también.

Somos 2 adultos. Dos. Hay que negociar.

Desde el nacimiento de Maite, con el maridete acordamos que somos un bloque unido. Cualquier diferencia de criterio se arregla puertas (del dormitorio grande) adentro; a la niña, las cosas claras.

Queremos que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.
El objetivo es que la niña quede afuera de las luchas madre/padre. Que nos amamos y todo, pero al fin y al cabo somos dos individuos que vemos el mundo de distinta manera. Parecida, pero no igual.

La idea con esto es evitarle a la chiquilina la confusión de tener que negociar con nosotros de a uno en las reglas básicas. Y ya de paso, nosotros nos sentimos acompañados y mas seguros de nuestras decisiones. El tener que conversar para marcarle la cancha a la niña nos obliga, además, a pensar en voz alta lo que estamos haciendo y los límites que marcamos. Y en el barrio en el que yo vivo, reflexionar sobre la práctica nunca es malo.

Pero claro, la niña recién tiene un poco más de 2 años. Estos vaivenes recién empiezan.

Aunque la vida cotidiana te pone a prueba en todo momento. ¿Es hora de mirar la tele? ¿Le doy yogur o dejo que le crezca el hambre para la cena? ¿Le alcanzo el chupetín que vio arriba de la mesa o me banco el llanto quejoso que tanto odio? ¿La miro de lejos para ver hasta donde llega o le marco el límite en tal actividad? ¿La dejo ir a la cama sin lavarse los dientes “solo por hoy”? Y todo así.

Porque lo que esta niña aprende es lo que hace y no hace todos los días. Y las diferencias de criterio entre dos personas que nos conocemos y nos amamos hace mas de una docena de años no van a saltar mucho en los grandes temas. Esos los tenemos conversados o ni siquiera fue necesario. O están sobre la mesa desde que soñamos con tener una hija.

Para los que vayan por este camino, les tiro un par de piques que voy aprendiendo hasta ahora:

  • Si en el momento de tomar acción sobre una cuestión, nuestra pareja toma otra opción que no es la que hubiésemos escogido, hay que bancarla. Como mucho, algún sutil comentario de “¿te parece?”, pero nada mas. Comer un chupetín de mas, acostarse media hora antes o después, hacer alguna cosa puntual, no le va a cambiar la vida a la niña. Sin embargo, discutir adelante de ella si la decisión que toma uno está bien o no, no suma nunca. Ya habrá momento para hablar entre adultos.
  • El que toma acción decide. El que hace, tiene el poder. El que está, se la banca. Y cuando estamos los dos, uno puede hacer algo y el otro encaminarlo (después de intercambiar esas miradas que se dicen todo sin necesidad de usar palabras) sin desdecir a quien actuó primero.
  • Todo se negocia y es fundamental elegir las batallas. Nadie las puede ganas todas.
  • Nunca, nunca, nunca, abandonar el diálogo con la pareja. Las decisiones tienen que ser tomadas porque la niña no va a esperar para hacer surgir cualquiera-sea-el-tema de nuevo.

Y hasta por acá vamos. Aún estamos en la parte fácil, no pide mucha cosa, lo peor de ponerle un límite es fumarse algún berrinche. Pero todo esto es nuevo…

Si seguimos así… ustedes dicen que ¿seguimos bien?

(*) La imagen destacada es una ilustración de Liniers

The apple doesn’t fall far from the tree

Maite es hija de su padre…y de su madre… y se le nota.

Yo soy de esa gente que prefiere esconderse abajo de una roca antes de enfrentar una conversación informal con gente que conozco poco, de esas personas que dejan de ir a actividades sociales por pura vergüenza. Porque una vez que estoy en el ruedo me juegan los nervios; me río mas fuerte, hablo mas fuerte, digo pavadas sin parar. Me pongo nerviosa, lo se porque me sudan las manos y me palpita el corazón. Y porque digo cosas que no quiero.

La gente que me conoce en mi trabajo diría: “nada que ver”. Si, señoras y señores. Las personas como yo funcionamos muy bien si tenemos un rol claro (que es lo que me pasa en el trabajo). Pero en la vida real, la cantidad de cumpleaños/asados/fiestas que me he perdido no las puedo ni contar. Pregúntenle a mi pobre maridete, que se las ha fumado todas. Nada me pone más incómoda que las personas que conozco “mas o menos”.

Quiero decir, la timidez no es una cosa lineal, simple, sencilla.

Yo soy muy capaz que pararme delante de un grupo de 26 adolescentes y llevar una clase sin inconvenientes, sea o no sea mi materia o mi grupo de estudiantes. Puedo hacerme cargo de un recreo o descanso de 70 niños sin que pase nada grave. Puedo dar una presentación oral o charla sobre lo que sé y no me tiembla el pulso, puedo llevar adelante una reunión de staff y hasta ser simpática en el proceso. Pero me sentás a tomar el té con las maestras y profes fuera del Colegio y soy un cúmulo de desaciertos.

Con todo esto que les cuento: ¿qué soltura quiero exigir a mi hija? ¿Cómo encaro su desarrollo social?

Y no salgan a gritarme que no tengo que preocuparme por eso. Yo quise hacerme la nunca vista y resulta que todo el mundo comenta lo tímida que es Maite. Todo-el-mundo. A un punto tal que el maridete y yo ya casi que habíamos adoptado el mote, diciendo “hola, si, lo que pasa es que se me pega a la pierna y no te va a dar un beso porque es tímida”.

Hasta que (por otros asuntos que les contaré en otro momento) la niña pasó algo de tiempo de recreación con una psicóloga infantil. Esa misma psicóloga, ya lejos del cumpleaños que compartimos, la vio entrar a su oficina y al cabo de una hora de conversación sobre varios temas nos espetó: “esta niña no es muy tímida, no se ni si es algo tímida, pero si veo que tiene comportamientos que son naturales a su edad”.

Plop. Se me cayó la estantería. No me puedo esconder (y ya de paso meterla a ella) en este viaje de “es tímida”.

La conversación con la psicóloga fue hace un par de semanas. Desde entonces que tengo pegándome en la frente desde el lado de adentro de la cabeza, la misma pregunta que ya les hice: ¿cómo encaro el desarrollo emocional/social de esta niña, entonces?

Les juro que pienso y googleo y me bajo manuales en PDF… pero no, como en todas las veces, esto no se resuelve leyendo algo que me da una fórmula. No hay fórmula.

Help.

Si, juego

Les propongo un juego.

No necesitan recursos y se puede empezar y terminar en cualquier momento. Y si bien implica a un adulto y un menor a cargo, la gracia es que uno puede jugar lo mas pancho sin que el mencionado menor a cargo se entere.

Hay que estar en alguna situación cotidiana con un niño / niña de ___ años. Por ejemplo, la querida Maite de 2 años recién cumplidos y yo en el living. Situación:  yo prendo la estufa a leña y me siento a emparejar medias sueltas, ella juega con lo que sea que se trae del cuarto y con lo que sea que encuentre en la sala que estamos.

El objetivo: pasar la mayor cantidad de minutos sin decir “no”.

¿Dejar de reprimir y que la niña haga lo que se le antoje? Ni loca. La idea es poner los mismos límites sin decir esa maldita palabra, buscar alternativas a las 2 letras.

Y les doy algunas opciones:

tal cosa mejor en otro momento / aquello que querés hacer es imposible / podemos hacer eso que te gusta mas tarde / espera por favor / si hacés tal cosa vas a lastimarte de tal manera (o vas a lastimar a tal persona o mascota, o vas a romper esto o aquello) / deja de hacer lo que sea que te hace mal / en lugar de tal cosa hagamos tal otra.

Y hay muchas mas alternativas. Supongo que será cuestión de práctica que a uno le salgan tan fácil como salen otras cosas.

Pero como yo no puedo ser 100% diversión, les aviso que esto no es solo un juego. Uno termina aprendiendo sobre el uso que uno mismo le da a una palabra tan chiquita que pesa tanto. Y uno también puede empezar a ver los efectos que tiene dejar de decir “no”; no solo en el que es reprimido, si no en uno mismo.

Porque, además, lo primero que hace este juego es que te cuestiones si el “no” que vas a decir es necesario, si será un límite que tiene sentido o es simplemente algo que uno quiere en ese momento.

Necesito jugar un poco más antes de contarles mi experiencia. Por ahora, es muy positiva (oooooobvio).

Lo que sea que haga mi hija, seguro que va a recibir tantos “no” en la vida que no los podríamos ni contar. Yo no quiero sumar a eso. Ya les conté que, para mi, el lenguaje que usamos, pesa. Si encima, encuentro una manera de hacerlo que no me cueste, mejor. A ver como me va con esto…

Ustedes, ¿son muy de decir “no”?

Madre machista

Los gringos le pegaron en grande con eso de “the grass is always greener on the other side of the fence”. O sea, casi siempre uno piensa que la vida ajena es mucho mas fácil y linda de lo que es para esa persona. Lo entiendo clarito porque tengo un caso serio.

Aprovechando una casa nueva con buen espacio y la posibilidad de ser un poquito más libres en la planificación laboral, Maite no ha tenido aún este año horas en un centro educativo o guardería. Es decir que, con sus 2 años apenas cumplidos, se las pasa entre el padre y yo todo el día, casi todos los días. En ocasiones especiales queda al cuidado de alguna de sus abuelas o de sus tías y tíos algunas horas.

En ese esquema, yo trabajo de 8 de la mañana a poquito mas de las 4 de la tarde de lunes a viernes. O sea que Maite pasa la mayor parte del día con su padre.

¿Tengo que explicar algo más? Cinco de 7 días a la semana me levanto, me preparo, salgo al trabajo y los dejo a ellos en casa.

Si claro, me siento feliz de la vida porque la niña se queda con el padre y todo el asunto. Encantada con no ser la única al tanto de si la niña almorzó bien y pendiente de que tenga las uñas cortitas. Copada con ser una familia que lleva a la acción esto de la participación igualitaria de madre y padre en la crianza.

Pero buena parte de las mañanas, mientras manejo con el sol saliendo en el espejo retrovisor y algo de música para que la cabeza divague, me nublan la vista cientos de años de dominación masculina. ¿Cómo no soy yo la que se queda, cual Lucy, despidiendo al maridete en la puerta de la cochera, entregándole un maletín a cambio de un beso en la frente?

En esos momentos, por unos minutos se me va la mente en recordar aquellas épocas de licencia maternal, o de medio turno, pasando horas y horas con la chiquita. Compartiendo música, aprendiendo cosas ambas, pasando lindo. Claro que en seguida me acuerdo que ahora tiene 2 y un ánimo de independencia que ni les digo. Y pienso en lo que sería yo, todo el día con ella en casa.

Porque estar casi todo el día con Maite es estar atento a su alimentación, tomarse el tiempo para hacer algunas rutinas, ser referente en la adquisición de hábitos, mantener la higiene, acompañar algunos de sus aprendizajes, ser el que está para poner algunos límites, y muchas cosas más.

Yo estaba la gran parte del día y de los días con la casa y un día si y otro también me sentía abrumada, pasada por una ola gigante, en una tarea que no tiene fin y muy pocas pausas.

Y a pesar de haberme manifestado en contra del machismo reflejo, de esa educación que te dice que nena es rosado y varón es azul, a pesar de pelearme con las imágenes públicas que reproducen la desigualdad de género, me cuesta horrores reconocer todo el trabajo que hace mi amado esposo con nuestra cachorra.

Aunque me parece que tengo bien claro lo que pienso, voy manejando, sintiendo que a mi me gustaría poder estar en casa, armando el mate, organizando una mañana de mandados lentos y juegos con pelota. Porque esa es la imagen ideal que me armo en la cabeza. Sé que lo que está haciendo mi maridete es mucho más, y mucho más importante.

Él es el padre de la criatura y la está criando. Y yo me estoy descubriendo madre machista.

Se viene el cumpleaños de Maite

Dentro de dos días, el cachorro de esta casa cumple 2 años 🙂

Será un festejo muy pequeño, muy privado. Nos visitarán en casa solo a la familia y esos 2 o 3 amigos de la vida que están ahí en las buenas y en las malas (y que mas que amigos ya también son familia). Porque en las malas no fallan, así que tienen que estar en esta que es de las mejores.

Maite cumple 2. DOS.Dos años enteros de vida. Y empieza el tercero.

Como no puede ser de otra manera, claro que lo pienso y digo: “Notepuedocreer que ya pasaron 760 días uno atrás del otro desde que este pimpollo nos alegra los días y las noches con su presencia. Parece joda que haya pasado tanto tiempo.”

Porque no me voy a hacer la original. La boludez esa que te dice todo el mundo y que yo, ahora totalmente convencida, repito a cualquiera que trae una criatura al mundo es: “disfrutá con ella todo lo que puedas que el tiempo pasa volando.” A final, a veces, las malas lenguas le pegan en algo.

A mi en estas celebraciones no me da por pensar. Tengo una de esas personalidades en la que la reflexión es permanente, al punto de jugarme en contra. Así que no, no se me hace ocasión para pensar.

Tampoco soy muy del festejo. Mis cumpleaños no se festejan desde que terminé la escuela primaria. Por una, mis padres solían trabajar (día y noche) fuera de mi casa, por lo que fue fácil convencerme de que el aniversario de nacimiento es un día especial pero tampoco la pavada.

El otro componente de esta familia, mi amado maridete, es un gran festejado desde que lo conozco. Sus fiestas de cumple solían ser la gran fiesta del año, con numerosos invitados de todo tipo y de duración indeterminada. Hasta que un año, hace poquito, decidió que ya basta de tanta pachanga y los festejos son en familia (que igual es numerosa) y con algunos otros sospechosos de siempre.

Con los cumples de Maite desde siempre tuvimos claro que las grandes celebraciones serían cuando ella las pidiera y las disfrutara. O sea, todavía no.

El primer año fue simple. La familia, unos poco más y una tortita. Al año la niña ni se entera de qué pasa.

Soplar las velitas, lo único que le interesa al cachorro del hogar.  --- Image by © Tom Grill/Corbis
Soplar las velitas, lo único que le interesa al cachorro del hogar.
— Image by © Tom Grill/Corbis

Este año la idea es mas o menos la misma. Porque lo único que le hace diferencia es que la niña se pone loca de contenta en el momento de soplar las velitas de la torta. Así que sabemos que eso es lo que no puede fallar, lo que si tiene que pasar, lo que le divierte a ella.

Ta. Eso. No va a faltar el momento del día en el que ella se ponga loca de contenta por soplar las velitas y escucharnos a todos cantar el “queloscumplas” (o Rainbow de Peppa Pig o cualquier de los hits de High-5, más le da, creo).

De todos los demás detalles nos estamos encargando en equipo. ¿Què detalles? Las sorpresitas para los poquitos niños de la familia, la comida, algún detalle decorativo. Porque la tía Vale, gran malcriadora de mi hija, nos está llenando de cositas del personaje favorito de la niña. Porque Maite también va a disfrutar esas cosas.

El día que ella pida más, que quiera festejar en grande, que entienda de qué se trata y tenga ganas de hacer una gran fiesta, ahí estaremos.

Por esta vez, con todo el amor del mundo, nos rodearemos de personas amadas para recordar como nos cambió la vida hace un par de años.