La visita de la hermana mayor

Seis días.

Casi una semana.

En este tiempo, la rutina, las costumbres de nuestra vida cotidiana, los placeres de lo conocido, la forma de siempre de hacer las cosas, se fueron andá a saber a donde.

Estos días, que he tenido que estar en el hospital, toda la normalidad de la vida no está. Yo estoy atada a una cama, el marido quiere estar conmigo y Maite, pobre chiquilina, está obligada a adaptarse a lo que puede. No hay muchas opciones.

Somos una familia con la suerte del mundo. Tenemos unos amigos cuya hija es de la edad de Maite y cuyo hijo es ídolo de Maite, y ella se la pasa en la casa jugando, distraída, entretenida. Es un lugar en el que claramente se siente cuidada y querida, porque duerme toda la noche, come, juega. Recibo fotos con ella haciendo piquito, haciendo noche de cine, jugando a las risotadas.

Y está su Noni al firme, para mantener las cosas lo más normales posible, yendo a pasear, haciendo la ida y vuelta de la escuela, acompañando a base de amor como hace siempre, cuando la situación no es especial también.

No puedo estar más agradecida.

O sea que la niña mal no está pasando. Hace actividades, va a la escuela, a veces duerme con su amiga que ama y a veces duerme con su papá en casa. Está siendo bien mimada por personas con las que ella corresponde.

Y llega el momento de la visita.

Viene al hospital y, en las dos horas que compartimos, vuelca todo su amor, si. Pero también sus frustraciones, enojo con la vida, malestar con la situación. Esto se traduce en montones de “no” a cualquier cosa que le pregunto, lágrimas reales, tono de quejido.

También nos abrazamos, ella toma su merienda, conversamos, pintamos (que parece que es lo que ella entiende que es actividad de visita porque pide todas las veces).

Por un lado, no solo la entiendo, si no que me parece una reacción lógica y razonable. La pobre chiquilina tiene que tener un espacio para manifiestar sus sentimientos y mostrar su desagrado. Ese espacio para canalizar todo lo que siente, la falta que le hace la vida normal, dormir con sus dos padres, sentarse a tomar la merienda y conversar sobre las cosas que le gustaron del día, jugar con el perro en el patio de casa, su hamaca, su tobogán, su casita para hacerme de vecina.

Por otro lado, lloro.

Quisiera que el poquito rato que podemos compartir fuera solo mimos y caricias y todo alegría. Que no haya  momento de la despedida con el: “mecesito que vengas conmigo, mamá”, o el “dale, vamos juntos para casa”.

Sé que es imposible  y que las cosas se están dando bien. Pero no me acordaba lo que era llorar como un niño o una niña, como me dan ganas de llorar cada vez que me da un abrazo sin ganas de despedirse, con la cara reventada, después de pedirme algo que no puedo darle aunque me muero de ganas. Es el llanto ahogado, del tipo que se hace más fuerte con un abrazo, ese que más vale ahogar en la almohada.

Y un ratito bien corto después, cuando me calmé sólo por repetirme que está todo bien, que soy grande y que ella es chiquita y hace lo que pude, entran a tomarme las mediciones básicas las enfermeras. Ya se que la presión me va a dar un poco más alta, que voy a tener que explicar que es mejor que vuelvan en un ratito porque si no, nunca me va a dar bien y de acá no salgo más.

 

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Cuando mi cuerpo no es mio

Logré poner el dedo en la llaga. Digo, darme cuenta qué es lo que me gusta tan poco de estar embarazada.

Me costó tanto porque las mujeres escuchamos demasiado eso de “estás radiante” cuando tenés otra vida adentro. No importa cómo una luzca, son muy poquitas las personas que no te dicen, en algún momento u otro “qué bien que se te ve”, “este estado te sienta maravillosamente”, o el bien básico “qué bien que estás”. Mas allá, también, de como una se sienta. A muchas mujeres eso les va perfectamente. Pero en mi caso es como aquello de la mentira repetida mil veces… muy difícil de cambiar la idea.

No me entiendan mal. Mi primera hija fue buscadísima durante varios años. La segunda se instaló en mi al poco tiempo de quererlo. Ambas son niñas planeadas, amadas desde antes de nacer, a pesar de cómo me siento con respecto al embarazo propiamente. Claro, en el primer embarazo exitoso no tenía idea. Pero yo ya había declarado que haría todo de nuevo, menos esta parte de sentir a mi cuerpo como un total extraño.

Me pasa que no me gusta sentir que mi cuerpo no es mio. Lo puedo pensar y aceptarlo sin problema ni conflicto. Pero odio sentirlo.

En este estado, mi cuerpo es, antes que nada, de la niña que llevo adentro. Ella vive en mi, depende 100 por ciento de mi, se alimenta de mi. Todo lo que yo hago impacta en ella, mucho, poco o casi nada; cuanto me muevo, lo que consumo o no, cuántas horas duermo, cómo me siento. Y yo estoy indivisiblemente pegada a ella, la conexión es biológica. Ella manda y decide muchas cosas, sin ni siquiera tener idea.

Mi cuerpo es también de los médicos. Ya me habrán leído por ahí que mi cuerpo en este estado se desbarajusta todo: en todos los embarazos tuve alto riesgo de aborto; en uno el riesgo ganó, en el segundo llegué a término y estoy viviendo el tercero. En los dos últimos, hipertensión y diabetes.  Y, a pesar de las dietas estrictas que llevan estas dos enfermedades, una salvaje suba de peso. Además de la (por lo que se) bastante normal montaña rusa emocional. Esto ha hecho que las visitas a especialistas, revisiones, controles y visitas a urgencia no sean nada ajenas al proceso de engendrar vida. Y yo siento que lo que hago es seguir instrucciones médicas, todos los días, en cada cosa.

Mi cuerpo se siente sujeto a la conveniencia social. Todas las amistades, vecinas y vecinos, dueños de negocios o personas que atienden público, que se sienten con la comodidad y soltura de hacer las preguntas más personales e incómodas. Cuando viene de los amigos no molesta, en todos los otros casos, sí. Les agradezco la amabilidad y buenas intenciones, pero no quiero discutir los detalles de mi salud, el futuro de la bebé y mis decisiones familiares mientras pido 200 gr de muzzarella sin sal.

Son unos meses, son unos meses, nada más que unos meses… me repito para adentro. Porque no está bien visto decir esto, ni siquiera no estando embarazada.

A mi me gusta el resultado, lo descubrí con mi primera hija. Cuando era previsible que me comiera la depresión post parto, se me dio vuelta todo y fui la mujer más feliz del mundo con mi niña en brazos. Y por eso banco estos meses. Por que la recompensa rompe con todo, aunque no logre disfrutar del todo el camino.

Los del arcoiris y otros colores

Resulta que Maite es una niña arcoiris.

Parece que, algunas personas, les llaman así a los niños que nacen después de un embarazo anterior que no tiene éxito, a los que nacen después de un aborto no querido.

Según leí, también se les llama así a otros niños, a los que nacen con la capacidad de transformar energía y que se yo. Pero de eso no se nada. De perder embarazos, si.

Pero me sorprendió. Tuve un aborto que no quería después mas de dos años queriendo tener un hijo, sufrimos una pérdida e hicimos luto. Quedé embarazada de nuevo, nació Maite, que en unas semanas cumple 3 años. Ando en la web un montón y, sin embargo, nunca había escuchado esto antes. Creo que es porque no hay mucho que leer sobre parejas que sobreviven abortos no queridos, porque de lo que nos sale mal, no se habla.

Pero lo cierto es que, cuando nos tocó vivirlo, cuando necesité hablar del tema, ponerle palabras a esos sentimientos desgarradores, a ese balde negro que me tapó la cabeza por varios meses (si, varios meses) resulta que una gran cantidad de mujeres con las que comparto mi vida habían pasado por lo mismo. Incluyendo a ambas abuelas de mi hija. Es decir, hay un montón de gente que podría contar como hizo, compartir sus sentimientos, hacer que quienes están pasando por esto ahora no se sientan tan solos.

Nada me ayudó mas que hablar con otras mujeres. Cada una lo vivió como mejor pudo, por lo que cada una cuenta una historia diferente. Me daba la certeza de que la manera en que yo lograra llevar el tema también es válido.

Porque se sufre, y se sufre en serio. En mi caso, que tuve al feto sin latido dentro de mi por lo menos por una semana, el odio a mi propio cuerpo, el sentirme traicionada por mis sentidos y sensaciones. La bronca de haber fallado, al mundo, a mi pareja y a mi misma. El sentimiento de no valer nada por la incapacidad para procrear con éxito, el vacío. El vacío.

El miedo a nunca mas lograr otro embarazo, a ser vista como una hembra que no puede generar vida. La culpa de haber sentido felicidad infinita al ver una ecografía y  pensar en un futuro luminoso. La inseguridad que te da haberte sentido tan seguro y caer desde tan alto. La necesidad de alejarme de todos mis amigos con hijos sin ni siquiera darme cuenta.

Poner a prueba todas las redes que me rodean, compartir y entender que mi compañero de la vida estaba pasando por lo mismo que yo, aunque la gente se preocupara solo por mi. Llorar abrazados hasta que no te queden lágrimas, pero si tristeza, hasta que te ardan los ojos.

La verdad es que mientras escribo esto, también se me caen algunas lágrimas. Es un dolor que no se pasa rápido, ni con el nacimiento de la hermosura que vino después.

Cuesta y cuesta creer que después de perder un embarazo hay vida: la vida propia, la vida de pareja, la vida del mundo.

Recién ahora, que pasaron casi 5 años de mi bebé que no nació, les digo a quienes estén pasando por lo mismo: no están solos, somos miles de parejas, de personas con esta experiencia. Saquen la mierda, hablen, lloren, puteen, enójense con el mundo. Todo vale para asegurar que ustedes siguen adelante.

 

Muñeca

Maite y muñeca.

Como regalo navideño llegó esa muñeca. La que ella trata como nosotros a ella, la que la representa en el juego. La muñeca es ella y ella es las personas con las que se relaciona. En primerísimo lugar nosotros padres, y las tías y tíos, amigos y maestras. Ella y las relaciones, ella y el poder.

Y te la actúa toda. Nunca me había visto desde los ojos de otra persona tan honesta y brutalmente. Es hermoso, maravilloso y cruel; a veces por turnos pero casi siempre todo junto.

Te cuestionás todo cuando escuchás a tu hija repetir con tu mismísimo tono eso que ni siquiera quisiste decir la primera vez que salió de tu boca. Se te cae la estantería cuando la descubrís teniendo actitudes que querés cambiar desde que tenés consciencia.

Si, también te maravillás y se te ensancha el corazón cuando la ves copiando lo mejor de vos y lo mejor de tus seres amados al infinito, cuando reconcés en ella lo que mas te gusta de las personas con las que compartís tu vida. Que la niña le diga “gracias” a quien le ofrece cualquier cosa, te hace sentirte mejor persona, un ser humano que colabora con generar la bondad en el mundo.

Y con una de cal y otra de arena crecen los niños.

Pero a mi me noqueó el golpe de reconocer esas cosas por las que no puedo rezongar a mi propia hija porque lo que la niña necesita es un mejor modelo, un ejemplo que es el otro, el que es mucho mejor que ese que se que doy a veces.

Yo digo que esto, como todo en la vida, debe ser considerado una oportunidad para aprender. En mi caso, sería finalmente dominar la expresión de mis sentimientos en cualquier situación de estrés, todo el tiempo. Porque hay cosas que ve un millón de veces y nada y otras que las ve una vez y las repite como en loop.

Dicen por ahí que “lo que no te mata te fortalece”. Cada vez que le veo la cara a mi hija cuando me pega un grito descontrolado, se me suma un segundo mas de respiración antes de la próxima vez que a mi me dan ganas de pegar un grito descontrolado.

Si se puede, siempre hay tiempo para poder.

Llegó para quedarse

El inicio en la maternidad es una montaña rusa que va a toda velocidad, a mi gusto.

Hay un montón de sensaciones nuevas, sentimientos fuertes a flor de piel y muchísimo de “la primera vez que”. Más en el sentido ay-mamita-cómo-es-esto-que-nunca-lo-había-visto que en el sentido ideal de tomar un recuerdito.

En realidad es muy razonable, porque en poco tiempo pasa de todo. El mismísimo nacimiento, la primera vez que das teta, y el bajón de la depresión post parto salen juntos la primera semana. Intensa.

A mi, mucho con que se me dio por tener una epifanía antes de llegar a la habitación. Y eso fue todo, gracias. Por el siguiente par de años he pensado clarito solo cuando se trata de Maite.

Recuerdo muchas cosas y recuerdo haberlas vivido muy intensamente. Algunas de ellas todavía me despiertan sentimientos muy fuertes. Pero son 2 años que también se sienten como si hubiesen pasado volando. Tengo que pensar muy detenidamente en algo puntual para poder dar detalles básicos.

En estos 2 años hubo un solo pensamiento que me causó un impacto tan grande que vuelve y vuelve a mi cabeza todo el tiempo: Maite llegó para quedarse y es asunto mio para siempre. Día y noche, sientiéndome bien y mal, estando ocupada o de vacaciones, cuando sienta que puedo. Y cuando no.

PD: Un único pensamiento pesistente aparte del que se ha convertido en un slogan de la vida.

Salida y sentimientos encontrados

Los padres nos fuimos al teatro un día de semana. Que cogote, ¿no?

Es que me gusta mucho ver teatro y presentaba obra una de mis favoritas del país, Mariana Percovich. Vimos “Algo de Ricardo”, que es una de esas obras de las que no podés evitar hablar un montón una vez que saliste del teatro (a quienes estén en Montevideo se la recontra recomiendo).

Claro que no es actividad ni entorno para la nena de la casa. Un año será un montón en mi cuenta, pero no es suficiente para venirse a disfrutar a la noche con los padres. Así que Maite se quedó con su tía y el salchicha Jacinto, en la casa de mi madre.

Salí tarde para pasar a buscar al maridete y llegar en hora para mantener la reserva en el teatro. Todavía no me acostumbro del todo a dejar a la bebé en horario en los que siempre anda con nosotros, así que preparo y cargo montones de cosas de más.

Camino a lo de mi madre, avisé a mi hermana que iba tarde así que todo iba a ser en minutos. Pensaba dejar a Maite sin entrar a lo de mi madre. En el momento me parecía que una madre tan moderna y progre como yo no iba a tener inconveniente.

Hecho.

Volé. Llegué a lo de mi madre y no habían pasado 2 minutos que ya estaba acelerando de nuevo. Con nada más que un beso a la niña que quedaba bien despierta y sin quejas, con la panza llena de haber cenado y muchos chiches.

Y en el momento ni me enteré. Me sentía contenta y excitada. Tenía muchas ganas de salir con mi maridete y sentirnos pareja.

Pasé a buscar al hombre de la casa, marchamos al teatro. Conversamos, levantamos los ticket de reserva, saludamos a gente conocida y de repente, zas: veo tintinear el celular. mensaje de mi hermana.

Divina, mi hermana. Manda 3 videos, uno atrás del otro. Maite pasando bomba, Maite muerta de la risa, Maite acariciando al salchicha y matándose de la risa. Y fotos. Maite sacando la lengua, Maite muerta de la risa, selfie de mi hermana y Maite.

Ustedes piensan: ¿y? Si estaba todo más que bien, ¿de qué viene este post?

¡Que me muero de alegría por un lado y se me cae una lasquita del corazón por el otro! Si, si, estoy feliz de poder tener vida, salir, pasar lindo y saber que mi hija está bien sin mi. Me deja super tranquila saber que ella no necesita estar siempre conmigo para divertirse. Me encanta saber que tengo en quienes confiar para cuidarla porque ella se siente cómoda con otras personas.

A ver si se dan cuenta de mi problema; repito: mi hija está bien sin mi, no necesita estar conmigo.

Y eso es bueno. Pero por alguna razón (la cantidad de años de opresión masculina, la sociedad que te dice que no podés tener vida porque si no sos #malamadre, los mayores que te miran torcido porque era de noche entre semana y vos en el teatro…) también me pone un poco triste.

Y claro, el maridete que me dice: “Maite está bien de bien, ¿qué más querés?”. Quiero eso y la certeza de que me necesita igual. Porque soy madre trabajadora en el siglo XXI.

Y me parto al medio de tan gata flora que soy. ¡Que cantidad de sentimientos encontrados! ¿Cómo se hace para que se vaya esa sensación tan entreverada?