La máquina rota

Hace unas semanas se dio a conocer que, en la capital de mi país, el hospital público que se dedica a la maternidad e infancia tuvo cero de mortalidad materna el año pasado, por lo que mi país es el que tiene mortalidad materna más baja en América Latina, según la Organización Mundial de la Salud. Es una noticia maravillosa. Implica trabajo a muchos niveles, logros de todo tipo. Sobre todo en prevención y con la población más vulnerable.

Y eso me hizo preguntarme qué madres son las que se mueren, por qué causas. En el mismo resumen del informe de la OMS se indica que las muertes maternas que se dan en otros hospitales, como en el que me atiendo yo, son evitables. Y ahí nombra, por ejemplo, hemorragias, infección puerperial, eclampsia… Paro en seco.

Y ya no tengo que preguntarme mucho más. Yo ya les conté que el nacimiento de mi niña mayor fue en una cesárea de emergencia, con una preeclampsia tan avanzada que estuvo a poco y nada de la propia eclampsia. Mis interiores ya estaban amarillo flúo y mi madre doctora me ha recordado más de una vez lo afortunada que soy de estar bien atendida por el sistema médico.

Así que, a pocos días del nacimiento de la segunda, me doy cuenta: las madres que se mueren son las mujeres como yo, las que tienen alguna parte de la máquina rota, las que necesitan ayuda de la medicina para poder tener descendencia.

Porque para mi no sería posible reproducirme sin intervención profesional. Por más buscado y querido que es este embarazo, vino con un síndrome metabólico que incluye la diabetes (en nivel debo inyectarme insulina todos los días), una anemia que no cede y unos picos de presión sanguínea tan altos que ya me amenazaron con internarme desde el mes 4 y medicarme diariamente.

No me lo tomo a mal, en absoluto, sino todo lo contrario. Agradezco. Me siento feliz de haber nacido y querido ser madre en un momento de la historia en la que no me muero desangrada en una mesa, en la que se puede monitorear lo que le pasa a mi cuerpo en esta situación. Hay que saber aceptar la ayuda cuando es necesaria.

Gracias a eso puedo vivir y disfrutar de mi esposo y mi Maite adorada. Gracias a todo esto es que pude pensar en tener una segunda hija que espero con ansias. Agradezco  estar acá, sentada escribiendo, porque en el primer embarazo todo esto me tomó por sorpresa y no tenía idea que mi cuerpo reaccionaría así a este proceso.

Sólo me da mucha pena no poder vivir el embarazo de una manera más idea, saludable; haciendo pilates o natación o disfrutando tantas otras cosas. Perderme la conexión mágica de la que hablan cuando dicen “parto vaginal”. Sentirme controlada en mi vida cotidiana y mis horarios para todo, más medicada que en cualquier otro momento de mi vida, la extrañeza de que mi cuerpo parezca ajeno. Pero mi maternidad no es sólo esto, que es el período más corto, el arranque, con principio y fin.

Y, aunque me pone un pelo nerviosa pensar en qué sorpresas puede tener el lo que queda de este embarazo y, más que nada, el nacimiento de la menor, también confío en que sigo estando bien cuidada.

Creo que las mujeres en general (y más aún las mujeres como yo) debemos poner todas las fichas en la prevención en salud y el control del embarazo.

La vida se nos puede ir en ello.