Como la primera vez

Que primeriza que ando en la vida, ¡por favor!

Pero no lo digo en el sentido ese que una vez conté que tanto me molesta. Primeriza como sinónimo de insegura, contracturada, inexperiente, asustadiza.

Es solamente que está empezando este año con muchas “primeras veces”.

En la primera vez que me aparezco este año por el blog a escribir una publicación cortita cualunque y me aparece que va a ser el post número 100. O sea, mi primer centena. Puedo asegurar alguna continuidad y algo más de un año de crecimiento como persona y como madre. Me alegra saber que la base sigue estando y, como buena base, sigue siendo la misma. Porque, aunque ya no se me den las epifanías, sigo convencida de hacer lo mejor que pueda.

Es la primera vez que  estoy desempleada contra mi voluntad en mi vida (digamos) adulta, responsable y con niña y la mar en coche. Aunque en realidad quizás es incluso peor, es incierto. Ya no me pagan y “están evaluando” qué pasa. Limbo laboral sin salario. Es la primera vez que me enfrento a la necesidad de tomar decisiones que pospongo hace años y se me pone la piel de gallina. Escribir me hace recordar que pensé/pienso cosas sobre la conciliación y todo ese rollo.

Es la primera vez que soy madre de una niña. Si claro, hace 2 años y medio que nos conocemos como bebé y mamá, y desde entonces soy madre todo el tiempo.  Pero ella claramente en este verano dejó de ser bebé. Es una niña. O sea, en serio, soy madre de una niña (help!).

Es la primera vez que no me interesa mucho si cambió el año porque no estoy para resoluciones de un día para el otro, no tengo fe o confianza en el año que viene o en el futuro, lo tengo en mi misma y en lo que puedo hacer. Estoy en donde elegí estar y lo elijo todos los días. Sigo mi camino recontra bien acompañada, sobre todo y antes que nada por ese hombre que me las banca todas y que me hizo llevar a la práctica la flexibilidad mayúscula de los roles papá/mamá.

Lo que si no es la primera vez que me toca mirar a los ojos a mi niña que entiende todo-todo y que puedo decirle, firme y segura, que todo lo mejor estar por venir, que vamos a estar mas que bien. Pero, como todas las veces, se siente como si lo fuera.

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Mucha ruta

Algo mas de 450 km que recorrer en auto con una niña de 2 años.

No, mentira. Eso, a la ida y otro tanto a la vuelta. Así que 900 y algo de km de ruta para hacer, con una niña de 2 años.

Durante la semana previa, me dediqué a hacernos de estrategias de supervivencia. Porque la blogosfera maternal y paternal me decía que lo que se me venía por delante era una locura que me iba a hacer cuestionar volver a hacer un viajecito carreteril con la familia. Llegué a imaginarme el encierro del auto como un pequeño infierno, con la cachorra llorando y gritando, el maridete queriendo saltar por la ventana y yo agarrada del volante con las dos manos, como enajenada, rompiendo todos los límites de velocidad con tal de llegar y terminar con el dolor.

Así que salimos (según creímos) bien preparados: vasos con diversos contenidos, comestibles variados, el amiguito de apego, los juguetes favoritos (portables), y hasta el ipad; porque me imaginé que si faltando 200 km la cosa se ponía insufrible era capaz de rendir todas mis condiciones y enchufarla con unos videos.

Pero todos sabemos como es, si uno sale preparado para algo, la vida te da cualquier otra cosa. Y esto no fue excepción.

Salimos a las 6 de la mañana, así aprovechábamos bien todo, incluyendo las ganas de Maite de dormir hasta las 8 comodísima en su sillita del auto. Pero no. Apenas arrancamos, se despertó del todo. Y así seguimos:

– Desayuno en el auto con yogur y bizcochos. Y galletitas de chocolate, que aunque sea una sola, que nunca te falte.2015-08-03 10.12.23

– Siesta.

– Mirar por la ventana.

– Hablar y hablar y hablar y hablar. A nosotros, a las vacas, ovejas, caballos y pajaritos que se veían a lo lejos.

– Jugar con Winnie the Pooh. Hacerle bailar, cantarle, chocarle los 5, darle besos, mimosear en general.

– Volver a dormir.

A esa altura, entrando en una tormenta del mismísimo demonio, con viento, lluvia de frente y una ruta que no está en las mejores condiciones, íbamos muy entretenidos como para preguntarnos nada. Pero igual nos dimos cuenta que Maite estaba un pelo más tranquila de lo normal. Porque la niña es muy pancha, pero ya íbamos algo mas de 300 km sin cantar a viva voz (que es algo que le gusta hacer en el auto) y sin quejas de ningún tipo.

Atravesamos la tormenta y paramos a comer, porque el viento era tan fuerte y la lluvia caía tan como cortina de agua, que debimos ir bastante lento y ya se había hecho mediodía. Y ahí nos dimos cuenta: la niña estaba con un poco de fiebre. Menudo día para que le pegara el resfrío que yo estaba terminando de sufrir. “¡Con razón!”, pensamos.

Los últimos 100 km de ida los hicimos bien tranquilos, con Maite entredormida esperando que la medicación hiciera efecto.

Como la fiebre le bajó en seguida y en nuestro destino no había lluvia, pasamos como debíamos. Nos divertimos mucho y visitamos lugares que no conocíamos con el entusiasmo que se merecen. Hasta que hubo que volver.

“Esta vez, con la niña sin nada, ya vamos a ver lo que es viajar con una peque”, pensamos. Así que planeamos un par de paradas recreativas, para estirar los pies y ver cosas lindas… y calmar las ansias de bajarnos del auto. Nos imaginamos que, esta vez, Maite nos iba a hacer sentir el encierro. Porque, además, salíamos a una hora que no es la mejor para dormir.

Antes de agarrar ruta, pasamos por un parque enorme, pelota en mano a ver si, por lo menos, la dejábamos cansada por un rato. Recontra surtió efecto, porque el viaje siguió con estas actividades:

– Hablar y hablar y saludas a todas las cosas que dejábamos en el parque (“chau hamaca, chau pasto, chau pajarito…” y todo así.

– Dormir una siestita del burro; que a esta altura era casi mediodía y el lugar elegido para almorzar estaba a un buen trecho y con tanto animal autóctono, juego de pelota, tobogán y corretear por ahí…

– Despertar y gritar por almuerzo.

Con tanto grito paramos para almorzar, que total era una de las paradas previstas y encontramos una parrilladita de lo mas deliciosa.

– Retomar el camino feliz, mete cantar y aplaudir. Todas las de Hi-5, incluyendo “tipitóus mamáaaaa” (aka “Stand up tall in tippy toes”), todas las cortititas de Peppa, “Big balloon” y todo, y algunas otras en la lengua madre.

– Una vez mas, mimosear con el bichito de apego, que siempre es hora de cariño a uno mismo.

– Hablar y hablar y hablar y hablar y hablar…

– Agarrar los macacos que llevó y acomodarlos, hacerles mimos y conversar con cada uno, de a uno, por supuesto. Quedar encajada, rodeada de cosas como en una vidriera, abrazada a la pelota.

Acá se vino la segunda parada técnica, porque yo quería conocer un precioso parque con arboreto, animales autóctonos, una vista con bajada al al Río Negro increíble y juegos (¡”tobogán mamáaaaa!”). Pero antes de poder disfrutar de todo lo que yo quería, se nos hizo hora de volver; para no tener que hacer mucha ruta de noche y porque se largó una llovizna.

Volvimos al auto, solo para manejar derechito hacia una tormenta eléctrica, con rayos y centellas, el cielo negro y agua cayendo bien de frente por el viento. Con este panorama, ya se me habían pasado los nervios de “como encarará Maite los casi 300 kilómetros que quedan” para pasar a “como encararé yo con tan poca visibilidad”.  Arrancamos y seguimos con:

– Asombro por la tormenta gritando: “shooo shooo agua, shoo, shooooooo” (léase, “yú, yú”, que es como en inglés, Peppa espanta a las gallinas, por ejemplo).

Cómoda va... Pero con condiciones. Nada de lo que ven podía moverse del lugar. Sirve igual.
Cómoda va… Pero con condiciones. Nada de lo que ven podía moverse del lugar. Sirve igual.

– Dormir una siestita reponedora disfrutando del golpe de agua en las ventanas.

– Jugar con sus chiches.

– Leer.

¡¡¡Y llegamos a casa!!!

Tuvimos suerte ¿no? No me quiero entusiasmar, porque una excepción de principiantes la vive cualquiera. Digo principiantes porque fue la primera vez que había que hacer mas de 200 kilómetros, que eso si lo hemos hecho muchas veces.

Y porque ¿qué es la vida sin adrenalina? a la mañana siguiente nos volvimos a meter en el auto para andar 100 km hasta el cumpleaños de una persona amada. Y nos fue precioso también.

Así que, imaginensé… ya estamos planificando el próximo… y el siguiente…

¿Qué llevar a la playa?

Yo pensé que ir a la playa con una niña de un año iba a poder con mi paciencia y mi capacidad de mula de carga. Me dejé guiar y creí que iba a necesitar sacar excusas de la galera para evitar la playa porque iba a ser mas complicado que divertido. Me dejé llevar y llevar… y ¡como me hago la cabeza a veces!

Pero por ahora (si, digo por ahora, ya aprendí the hard way que todo es tan frágil y tan real como el segundo en el que pasa y nada más) viene siendo una ricura.

Como sigo de vacaciones, este post es para animarlos a todos, madres, padres y tutores, a arrancar con estos básicos. No vayan cargados hasta las manos de una, a ver que será que quiere la criatura; que capaz que se sorprenden con que disfrutan jugando con la arena y sintiendo al agua irse y volver, irse y volver.

Eso si, hay 5 cosas que no pueden faltar:

1. Protector/bloqueador solar. Cada pediatra con su librito, yo le recomiendo a cada uno que consulte al médico en el que confía. Nosotros usamos cualquier SPF 50+ para bebés o pieles muy sensibles.

2. Cambio de traje de baño/pañal/lo que sea que use. Dependiendo del tiempo que uno estime que va a pasar en la playa, obvio.

3. Una toalla o salida de baño.

4. Mamadera, bowl con fruta cortadita, galletitas, yogur, agua o lo que sea que la criatura vaya a consumir en ese mismo tiempo.

5. Un recipiente contenedor (uno y uno solo) que les permita transportar agua hacia la arena. Claro que por lo general esto no es solo un contenedor. Es mas bien conjunto balde-pala-rastrillito-formitas. Genial. A la playa  con mochilia

En nuestro caso era todo bárbaro porque además a la nena le gusta llevar sus cosas. Así que el baldecito con los accesorios dentro o su mochilita con muda los llevaba para acá y para allá sin chistar.

Y así arrancamos la primera vez que fuimos a la playa con intenciones de “ir a la playa”. Aclaro las intenciones porque en el país en el que vivo uno puede ser que esté yendo a caminar, tomar mate o andar en bici y termine en la playa. De jean y buzo en pleno marzo, igual. Acá se va a la playa.

Pisando la arena pensé: “pah, que linda está la playa… me quedaría hasta las mil. Que mal que no trajimos casi nada y Maite mucho no va a querer estar”. Me río de mi misma de la poca idea que me hago de algunas cosas.

Entre llegar a la playa, jugar un rato con arena seca y hacer un buen pozo, ir al agua, volver a revolcarse en la arena mojada, volver al agua, y pasar un rato leyendo mientras la niña juega sola, porque le gusta y se le da por jugar sola… pasaron poco más de 3 horas. Divertidas, relajadas, activas 3 horas.

Que repetiría hasta morir.

¡Y que lindo es verla jugar
¡Y que lindo es verla jugar

Divertida como niña

32 grados a la sombra + cientos de kilómetros de costa + tiempo libre + recientemente incorporado desinterés por lo que otros dirán de lo que parezco en traje de baño + mi Maite adorada con tanta energía = ¡playa!

Voy a a decir la verdad, desde que mi peso es casi el doble del que era hace menos de 10 años, hay actividades que no me copan. Y por actividades quiero decir simplemente existir en un caluroso y húmedo día de verano. Ni les cuento lo que opino de intentar verme cómoda y fresca en una tarde en la que veo salir vapor del pavimento.

Además, el padre de la criatura se estaba doctorando y siempre era mejor estar en algún lugar en el que el hombre pudiera sentarse a escribir.

Así que el año pasado no me costó nada mantenernos lejos de la playa para que la niña no tuviera mucho sol directo ya que no llegaba al año, como recomendó la pediatra. Fueron unas vacaciones diferentes; la playa siempre es un plan cuando uno piensa “vacaciones de verano” y ese fue el primer año que ni vimos la arena entre noviembre y febrero. Las disfruté mucho.

Pero este año no hubo excusas: el maridete tiene entregada la tesis y Maite ya puede untarse en un buen protector solar. Eso y que no podía ser que mi hija aún no hubiese descubierto lo divertido que es jugar con las olas.

Así que durante unos cuantos días la llevamos a varias playas distintas.

Maite, como siempre, como cada vez que entra a algo nuevo. Primero no le copa, mira, espera un poco antes de tirarse a su experiencia; prueba de a poco, va despacito.

Con la arena fue un poco así. Ya la tenía conocida de visitas primaverales a la playa. Así que no costó nada sentarse a jugar y quedarse pasando arena de un lado a otro, haciendo angelito o levantando un puñado y dejando escapar de a poco para medir el viento. En un par de horas ya caminaba por ahí cerquita con una clara intención exploratoria y listo.

Con el agua hay situaciones y momentos. Por ejemplo: lavarse las manos, si; lavarse los dientes, si; bañito, si; duchero, a veces. Jugar con agua en baldes, si; regar las plantas, si; piscina pequeña, depende del día, mejor si es conmigo adentro.

En la situación playa quedamos en que las olas que le revientan en la cara, si, mejor si además es contando hasta 3; sumergir, no, nada, ni hasta las piernas, salvo que sea cuando viene la ola. ¡Como goza cuando viene la ola!

Eso fue lo mejor que tuvo volver a la playa. Resulta que lo que se dice por ahí es verdad: uno vuelve a divertirse como cuando era niño, cuando revive ciertas cosas con sus niños. Me senté en la orilla, rodé por la arena, di vuelta varios baldes y usé la frase “pará que me enjuago la arena de un chapuzón y vuelvo” en reiteración real.

Hoy estamos en casita, preparando lentamente el retorno a las actividades de rutina. Ayer de noche, mientras miraba el cielo tomando el fresco en el balcón del cuarto se me ocurrió varias veces: “si esto es una muestra de lo que me espera vivir con esta niña hermosa, que lindo futuro tengo por delante”.

Y no puedo esperar a pasado mañana, que, si no llueve, vamos a la playa.

Le hecho la culpa a las vacaciones

¿En qué otro momento, si no, me dedico a hacer listas de cosas que no tengan plazo?

Si señores, estoy gozando las vacaciones. Gozando. Esa misma es la palabra. Así que mis pensamientos son idealistas, mis actividades ociosas y mis lecturas tienen a un mayordomo asesino.

Y hago listas que no tienen sentido. En esta oportunidad le toca a las actividades que me gusta hacer mientras Maite duerme las siesta en estos día que son una delicia.

1 – Dormir. Tiene y va a seguir teniendo el número 1 en casi todo tiempo libre disponible. Y si el tiempo es breve les digo que a veces con descansar, alcanza.

2 –  Sexo. Si, ya se, la lista se está volviendo predecible. Es que es verano y la ropa es liviana y el maridete y yo siempre nos entendimos bien en algunos temas. Pero no se crean que es tan fácil, porque las vacaciones tienen el asunto de que uno anda mucho por ahí. Así que tampoco es que en cada siesta de la criatura sale y vale. Digo, vean que hay otras cosas en la lista.

3 -Escribir. Es divertido, es catártico, es lo que necesito estas vacaciones. Ahora tengo que superar la etapa “borrador”, pero eso ya es tema de terapia.

4 – Leer. Es una actividad que yo solía hacer muy frecuentemente. Pero con Maite vino una incapacidad circunstancial de concentrarme en dos oraciones salvo que esto fuese con motivo laboral u algún otro asunto práctico. Pasé días en los que no pasaba la página. Aunque si les soy totalmente honesta les diría el primer párrafo. Hasta hace unos días. El maridete, que sabe lo que me gusta, me regaló un libro para leer en la playa.  Y reenganché con el hobby. ¡Viva las vacaciones!

5 – Home improvement. Los días que si estamos en casa, hay que aprovecharlos para mejorar la madriguera. Es como hacen las hormigas, preparando todo para el otoño que vendrá en algún momento.

6 – Mirar la tele. Preferentemente, cuando Maite duerme la siestita corta cerca del mediodía. Por supuesto, lejos del calor del mundo exterior con el cooling system que esté disponible. Preferentemente, algo que ya haya visto antes o que no requiera el menor esfuerzo de mi parte, lo que sea que deje que mis ojos se fijen en la pantalla, mi atención en la luna y mi mente haga ommmmmm….